sábado, 10 de octubre de 2020

Javier Cercas sobre Vargas Llosa

Javier Cercas (Ibahernando, Cáceres, 1962) se expresa con la claridad de un docente, y con su dramaturgia, sobre la trastienda de la literatura, propia y ajena. Sostiene un discurso infrecuente, una mezcla de determinación, profundidad y ricos matices. En el teléfono su voz adelgaza un poco, buscando intimidad, cuando relata la dureza de ciertos acosos sufridos en su entorno a cuenta de sus opiniones sobre la actualidad política. Sin embargo encarna y formula brillantemente el imperativo de la libertad autoral. Publicó en 2001 «Soldados de Salamina», una novela que giraba en torno a Rafael Sánchez Mazas, miembro fundador del partido Falange Española, y se convirtió desde entonces en un personaje público, escudriñado tanto por su obra literaria como por sus opiniones políticas. Volvió al asunto con «El monarca de las sombras», por la que le acusaron de «blanquear» el fascismo. Él dice que escribir es escribir con riesgo, y que el resto es palabrería.

El deber de la literatura

—Yo solo intento ser fiel a mis obsesiones. Nada más. Creo que es la obligación de un escritor. Y es verdad que algunas de mis obsesiones, de los temas de mis libros, son delicados. Pues sí. Pero las novelas deben provocar. Y las ideas. Proust decía que las buenas ideas no son aquellas que provocan el asentimiento, sino la reacción. La idea buena es la que te obliga a contestar. Porque eso genera más ideas. Un escritor que no corre riesgos no es un escritor, es un escribano. Un escritor cobarde es como un torero cobarde: se ha equivocado de oficio. Un escritor tiene que ir a fondo, a matar, como el torero. Si tú escribes una novela sobre la Guerra Civil y nadie te insulta es que la novela no es buena. Un escritor que se reserva, un escritor que dice «no voy a decir esto no vaya a ser que se enfade alguien, ese no es un escritor».

La verdad de las novelas

—El escritor, en sus novelas, tiende a la equidistancia. ¿Por qué? Porque da a sus personajes las mejores razones. Eso es el gran arte, el de verdad. El que no es pedagógico, el que no dice tú eres malo y tú eres bueno. En cambio, en la vida no ocurre esto. En la vida un escritor tiene sus opiniones, como cualquiera. Quiero decir que las verdades de la novela son siempre poliédricas, ambiguas, contradictorias. Don Quijote está loco y está cuerdo, es ridículo y es heroico: esas son las verdades de la literatura. En cambio, en la vida, Cervantes tenía sus ideas acerca del Imperio, y seguro que las exponía. Dicho de otra manera: el novelista nunca puede decir sí o no; en cambio, el intelectual, cuando interviene en el debate público, a menudo lo dice. El caso de Vargas Llosa es paradigmático. Es un escritor que está contra el nacionalismo. Considera que el nacionalismo está muy mal y lo dice con absoluta claridad en sus artículos y sus entrevistas y sus manifestaciones. Pero va y escribe «El sueño del celta», que es una novela sobre un nacionalista en la cual te pones de su parte, porque entiendes sus razones. Vargas Llosa está contra el fanatismo político y religioso, es un liberal que siempre está dispuesto a cambiar de opinión si los demás le convencen; pero va y escribe «La guerra del fin del mundo», que es la historia de unos fanáticos que acaban inmolándose. Y, mientras la lees, tú estás del lado de los fanáticos. Y los compadeces. Y pelearías con ellos. Es lo que hace la gran literatura.

El arte pedagógico

—Hay una tendencia hoy al arte pedagógico, y esa tendencia es la muerte del arte. Es catastrófico, un desastre. Shakespeare no es pedagógico, aunque puedes aprender una cantidad enorme de cosas de él. El arte y la literatura, a diferencia de lo que yo creía cuando era joven, feliz e indocumentado y quería ser un escritor posmoderno, son muy útiles. Siempre y cuando no se propongan ser útiles. En el momento en que la literatura se propone ser útil, se convierte en propaganda o pedagogía. Y la literatura convertida en propaganda o pedagogía es mala literatura. Ni es útil ni valiosa. No sirve para nada. A Woody Allen le reprochan que no aparecen suficientes negros en sus películas. Oiga, la obligación de Woody Allen es hacer buenas películas. Complejas. Divertidas. La igualdad es una cosa fantástica, pero no tiene nada que ver con la calidad del arte.

El coste de opinar libremente

—Mis opiniones como persona pública, como ciudadano –eso que antes se llamaba intelectual-, han tenido un coste altísimo. Son temas muy duros para mí y para mi familia, en los que prefiero no entrar. Yo no tengo ninguna red social. Yo solo me entero de lo que ocurre ahí cuando la mierda ya cae desde el tejado, cuando ya el escándalo es monumental; pero uno se tiene que acostumbrar a que le insulten, hacer oídos sordos. Aunque es mentira que las cosas no te afecten, es completamente falso. A mí me afectan, y quien diga lo contrario no me lo creo. Pero es un precio que tienes que pagar. Mis opiniones acerca de temas muy controvertidos me han costado muchas cosas: amigos, lectores, dinero... Pero qué voy a hacer, ¿callarme? Si viviese en un régimen totalitario, una dictadura, y me jugase la vida, a lo mejor no me quedaba más remedio. Pero vivo en una democracia y, mientras a mi alrededor el mundo se está yendo a la mierda, no me da la gana de fingir que no pasa nada. Cada uno tiene el carácter que tiene, y yo simplemente doy mi opinión, porque además de escritor soy un ciudadano que paga sus impuestos y vive en un país determinado, en unas circunstancias determinadas.

El intelectual contra el novelista

—Milan Kundera dice una cosa que está muy bien vista: el hecho de que un escritor intervenga en la vida pública con sus opiniones es muy perjudicial para la comprensión de su obra. Muy perjudicial. Porque la gente se agarra a sus opiniones y la obra la aparta. Y eso es fatal, porque lo mejor que tiene que decir un escritor lo dice en sus libros, no en sus opiniones políticas. De nuevo el ejemplo de Vargas Llosa. Lo mejor que tiene que decir Vargas Llosa está en sus novelas. Ahora, ¿por qué lo conoce el 90% de la gente? Por sus opiniones políticas. Y a mí me ocurre lo mismo. ¿Por qué me conocen muchos en Cataluñaa? No por mis novelas. Ahora me conocen porque soy el malo de la película. Esto es así. Es un precio que hay que pagar.

La muerte del debate

—Hay que entender que debate serio, en este país y en cualquier otro, hay muy poquito. Porque debate serio significa leer, reflexionar, argumentar. Y eso, desenganémonos, se da muy poquito. Y más en nuestro país, por motivos históricos. Aquí lo que se da es el duelo a garrotazos de toda la vida. Sobre todo, si es contra una persona conocida, porque así el que suelta el garrotazo se beneficia de su prestigio. Es así de burdo, así de bestia. Y así de abyecto. Son masas acéfalas, rebaños de gente acéfala que se lanza a hacer sangre porque es muy divertido. Ojalá hubiera más debate real. Ojalá las novelas provocaran reacciones. Yo no conozco novelas españolas que provoquen debates. ¿Por qué? Entre otras razones porque, para empezar, hay que leer la novela. Y los que insultan no leen novelas: sólo titulares.

Fuente:

https://www.abc.es/cultura/libros/abci-javier-cercas-escritor-cobarde-como-torero-cobarde-equivocado-oficio-202010110049_noticia.html


sábado, 4 de abril de 2020

El hermano Justiniano

EL HERMANO JUSTINIANO
Por Mario Vargas Llosa

Recuerdo con exactitud las diez cuadras que había entre la casa de los Llosa, en la calle de Ladislao Cabrera, y el colegio de La Salle. Yo tenía cinco años y, sin duda, estaba muy nervioso. Ese día, mi primer día de colegio, las recorrí con mi madre que, incluso, me acompañó hasta el aula y me dejó en manos del hermano Justiniano. Este me presentó a quienes serían mis amigos cochabambinos desde entonces: Artero, Román, Gumucio, Ballivián. Al más querido de ellos, Mario Zapata, el hijo del fotógrafo que había documentado todas las bodas y primeras comuniones de la ciudad, lo matarían de una puñalada, años después, en una picantería de Cala-Cala. Como era el niño más pacífico del mundo, siempre he pensado que su horrible muerte fue por defender el honor de una muchacha.
El hermano Justiniano era un ángel caído en la tierra. Tenía los cabellos blancos y unos ojos dulces y entrañables. Nos tomaba de la mano y con él cantábamos y bailábamos rondas repitiendo el abecedario y las conjugaciones, y así, jugando, a los seis meses sabíamos leer. El cartero depositaba cada semana cuatro revistas en la casa, tres argentinas y una chilena: Leoplán, para el abuelo Pedro, Para Ti, que leían la abuelita Carmen, la Mamaé, mi mamá y la tía Lala, y, para mí, Billiken y El Peneca. Esperaba esas revistas como maná del cielo y las leía de principio a fin, incluidos los avisos.
Mi mamá tenía un profesor de guitarra y era una lectora empedernida. Me prestó El árabe y El hijo del árabe, pero me tenía prohibido que leyera Veinte poemas de amor y una canción desesperada, de Pablo Neruda, un libro azul de letras amarillas que escondía en su velador y releía en las noches: entre bostezos, yo la oía. Por supuesto que lo leí, a escondidas, y allí había unos versos que, yo estaba seguro (“Mi cuerpo de labriego salvaje te socava / y hace saltar el hijo del fondo de la tierra”), eran pecado mortal.
Aprender a leer es lo más importante que me ha pasado en la vida y, por eso, siempre recuerdo con gratitud al hermano Justiniano y las rondas entre las carpetas cantando y bailando mientras memorizábamos las conjugaciones. Debido a la lectura, ese mundo pequeñito de Cochabamba se volvió el universo. Gracias a los signos que convertía en palabras y en ideas, viajaba por el planeta y podía, incluso, retroceder en el tiempo y convertirme en mosquetero, cruzado, explorador, o viajar por el espacio hacia el futuro en naves silenciosas. Mi mamá dice que la primera manifestación de lo que, con los años, sería una vocación literaria, fue que, cuando los finales de los cuentos y novelas que leía no me gustaban, con mi letra torpe de entonces los cambiaba. Yo no lo recuerdo, pero sí las horas que me pasaba leyendo cada día, después de volver de La Salle y tomar mi vaso de leche fría con canela, mi alimento preferido. El abuelito Pedro se burlaba de mí: “Para el poeta la comida es prosa”. Pero yo no escribía versos todavía en Cochabamba; eso vendría luego, en Piura.
Ahora que, por culpa del coronavirus y el aislamiento forzoso al que estamos sometidos los madrileños, leo desde el amanecer hasta el anochecer, diez horas diarias en un estado de felicidad absoluta (morigerada por el miedo a la plaga), aquellos días cochabambinos vuelven a mi memoria con los fantasmas borrosos de las primeras lecturas que me devuelve el subconsciente: la orgullosa Diana Mayo caía rendida en brazos de su secuestrador Ahmed ben Hassan en los desiertos de Argelia; el espadachín que nació en una celda y, como los gatos, veía en la oscuridad; el Judío Errante y su peregrinación incesante por el mundo. Los niños de entonces —por lo menos en Cochabamba— no leíamos tiras cómicas sino libros, y, sin duda, por eso jamás contraje la adicción al Pato Donald o al Ratón Mickey ni a Popeye, el marinero musculoso. Pero sí a Tarzán y a Jane, con los que volé, de árbol en árbol, por las selvas del África.
En la biblioteca con telarañas de la Universidad de San Marcos leí mi primera obra maestra: el Tirant lo Blanc, en la edición de Martín de Riquer de 1948. Antes todavía, cuando cadete del Leoncio Prado, devoré la serie de los mosqueteros de Alejandro Dumas, y soñaba con D’Artagnan todas las noches.

Nada me ha dado tanto placer y felicidad como los buenos libros; nada me ha ayudado tanto como ellos a sortear los momentos difíciles. Sin la literatura me habría suicidado en ese periodo atroz en que supe que mi padre estaba vivo, cuando me llevó a vivir con él y me hizo descubrir la soledad y el miedo. William Faulkner me cambió la vida en plena adolescencia; lo leí con lápiz y papel para identificar sus cambios de narrador, los saltos temporales, los remolinos de esa prosa que mezclaba personajes, tiempos y lugares y aparecía, de pronto, en la novela un reordenamiento de la historia todavía mejor que el cronológico.
Para leer a Sartre, Camus, Merleau-Ponty, Simone de Beauvoir y demás colaboradores de Les Temps Modernes, aprendí francés, e inglés para entender a Hemingway, a Dos Passos, a Orwell y a Virginia Woolf, y descifrar el Ulises de Joyce (lo conseguí a la tercera vez). En una cabañita de Perros-Guirec, en Bretaña, en el verano de 1962 leí el tomo de La Pléiade dedicado a Tolstói y desde entonces Guerra y paz me parece la cumbre de la novelística, con el Quijote y Moby Dick. Entre las del siglo XX, nadie ha superado, a mi juicio, La condición humana, de Malraux, con excepción de La montaña mágica de Thomas Mann. En París, el primer día que llegué, en agosto de 1959, descubrí a Flaubert y me pasé toda la noche, en el Wetter Hotel, leyendo Madame Bovary. Fue para mí el más fructífero de los descubrimientos: gracias a Flaubert supe el escritor que quería ser y el que no quería ser.
Las buenas lecturas no sólo producen felicidad; enseñan a hablar bien, a pensar con audacia, a fantasear, y crean ciudadanos críticos, recelosos de las mentiras oficiales de ese arte supremo del mentir que es la política. La vida que no vivimos podemos soñarla, leer los buenos libros es otra manera de vivir, más libre, más bella, más auténtica. Esa vida alternativa tiene, además, la suerte de estar fuera del alcance de las plagas demoníacas que aterraron siempre a los seres humanos porque en ellas veían a los diablos, que, a diferencia de los enemigos de carne y hueso, eran difíciles de derrotar.
Un buen lector es el ciudadano ideal de una sociedad democrática: nunca se conforma con aquello que tiene, siempre aspira a más o a cosas distintas de las que le ofrecen. Sin esos inconformes sería imposible el progreso verdadero, el que, además de enriquecer la vida material, aumenta la libertad y el abanico de elecciones para ajustar la vida propia a nuestros sueños, deseos e ilusiones. Karl Popper tenía razón: nunca hemos estado mejor que ahora (en los países libres, se entiende).
El coronavirus ha resucitado la barbarie en lo que creíamos la civilización y la modernidad. Hemos visto en Madrid cosas horribles, como en las residencias: ancianos abandonados al parecer por cuidadores que no tenían mascarillas ni remedios ni ayuda alguna. Los muertos conviviendo con los vivos, durmiendo en las mismas camas. El horror siempre supera al horror, no importa el tiempo histórico. Aun así, con toda la ruina económica y social que traerá al país esta plaga inesperada, si, luego de sobrevivir a ella, hay en España un millón más de españoles, o por lo menos cien mil, ganados a la buena lectura gracias a la cuarentena forzada, los demonios de la peste habrán hecho un buen trabajo.

Fuente: Diario El País