sábado, 1 de diciembre de 2012

La leyenda del peruano que trabaja

POR Juan Cruz Ruiz

Hay muchas leyendas sobre Mario Vargas Llosa, ese trotamundos, y sólo algunas se corresponden con la realidad de su vida. Entre éstas, que es un hombre que ha fiado su vida a la influencia del esfuerzo y al método. Alguna vez ha dicho que como no tiene talento, trabaja. Y trabaja desplegando un rigor que no admite componendas. De sol a sol, o más bien del sol de la mañana al sol de después del mediodía. Siempre se levanta temprano, corre (ahora trota, los años marcan el paso) con su mujer, Patricia Llosa, y luego, truene, nieve o haga un calor extenuante, espera, como Picasso, que la inspiración lo agarre trabajando. Su escritorio ha sido visto en todos los soportes posibles (la televisión, la fotografía, la narración de los que lo han visto ahí) es el escenario de un alcohólico del trabajo que, por cierto, bebe con moderación y no fuma nunca, aunque hubo una época en que fumó como un carretero. Ahí, en el escritorio, hay algunas metáforas de sus convicciones, todas ellas relacionadas con su amor al papel, a los libros, a los periódicos, a los cuadernos, a las plumas… No son sólo instrumentos de trabajo, pueden ser fetiches: hace años se dejó olvidada en manos de un fotógrafo de Tenerife, Carlos A. Schwartz, la pluma Montblanc de siempre, y removió todos los sistemas de transporte urgente hasta que el artilugio del que se sirve su arte fue depositado en su mesa de París. Lee, incluso cuando escribe, y subraya, subraya sin parar, como si la memoria no pudiera subsistir sin ese elemento en el que declara su fascinación o simplemente su interés o su desacuerdo. Así pues, la leyenda más divulgada sobre Mario Vargas Llosa es verdad: es un trabajador infatigable, y gracias a ello ha llevado a cabo la obra que la academia sueca consideró merecedora del Nobel, en 2010, pero sobre todo ha conseguido, como advertía en una entrevista de 1990, después de haber perdido las elecciones presidenciales a las que concurrió en Perú, “huir de la pena”. Pues todo escritor, por feliz que parezca, y aunque parezca indestructible y lo ataquen además por parecer feliz, y este es el caso, tiene en el fondo de su alma el material, que no es pluma ni papel ni mesa, inasible del que se agarra para narrar qué pasa o qué le pasa: la melancolía… De cerca, y leyéndolo, a Vargas Llosa se le puede advertir esa realidad de su espíritu, pero muchos de sus críticos la borran, para quedarse con un tópico que les conviene y que forma parte de otra leyenda, la falsa: que el autor de La civilización del espectáculo es un tipo arrogante y fatuo que desde hace mucho tiempo carece de sencillez. Eso es mentira; algunos cruzados intentamos, con éxito desigual, desmentir esa imagen, pero como conviene a los que la inventaron sigue su curso con el beneplácito (y la malevolencia) de los que la alientan. Digámoslo una vez más: si te encuentras con él, en una exposición, en la cola del cine, en la biblioteca donde escribe o en el café donde toma notas, es probable que termines siendo interrogado por él, sobre tu trabajo, sobre tus aficiones, sobre tu procedencia; y si algún colega suyo, un chiquillo que quiera escribir un libro y quiera una ayuda o un consejo, se dirige a él, en la presentación de un libro, en una firma, o en cualquiera de las otras circunstancias que ya se indicaron, es más que posible que al fin parezca que el principiante es el novelista de Conversación en La Catedral… Como esto es verdad, pues no se ha abierto paso con éxito. Pero lo digo otra vez por si alguno termina dando crédito a este desmentido de una leyenda falsa de toda falsedad. En todo caso, digamos que cuando fui a cumplir el encargo de Ñ de conversar con él sobre su último libro tan polémico sobre la banalización de la cultura ya se había ocultado el sol (casi), el escritorio lo tenía lejos, leía la prensa extranjera (por la mañana temprano lee la prensa del país donde esté, y estaba en Madrid) y escuchaba a Glenn Gould interpretando a Bach… Aquí, un inciso para los incrédulos: ¿quién, hoy, en su sano juicio, y en estado adecuado de vanidad cultural, diría que no conoce a Glenn Gould? Pocos, y gente de la cultura, tan dada a conocerlo todo antes de conocerlo, muchos menos. Pues mientras hablábamos ante el micrófono lo dijo Vargas Llosa: nunca había escuchado a Glenn Gould… Más allá, en la conversación, confesó que no había leído hasta ahora el Gibbon, que es como el chocolate de todos los desayunos de los que hablan hoy del devenir de la civilización… Son pequeños detalles de los que él no hace alarde... Porque, lo quieras o no, lo leas o no, estés de acuerdo con él o no, Vargas Llosa no anda en la vida ni presumiendo ni con otras pamplinas. Pero, ¿a quién le explicas esto si el mundo está lleno de lugares comunes y a él le llueven generalmente diluvios de tópicos que nunca trató de atajar? Porque los tópicos lo agarran siempre trabajando, y esa es la leyenda más verdadera. 

Mario Vargas Llosa: “Los bárbaros ahora somos nosotros”

El uso amoral de ciertos avances tecnológicos y los peligros que esto conlleva para la democracia, el periodismo, la lectura, la identidad individual o la cultura cada vez más banalizada, son algunas de las amenazas que el Premio Nobel peruano subraya en esta extensa charla que mantuvo en su casa de Madrid con el periodista y novelista español Juan Cruz Ruiz.

En marzo de este año, cuando cumplía 76 años, el combativo novelista de La ciudad y los perros , Mario Vargas Llosa, removió, con la autoridad de un Nobel pero también con la fuerza de un guerrillero que previene contra la banalización de la cultura, las aguas que dicen sí a todos los efectos de cualquier renovación tecnológica. Su libro La civilización del espectáculo (Alfaguara, 2012) fue recibido en medio de la crisis de los medios y de los instrumentos clásicos de la cultura, la literatura, la música, las artes plásticas, y fue visto como la intromisión de un defensor de lo clásico frente a la irrupción inevitable de un mundo nuevo. Vargas Llosa arrostró las críticas, puso en remojo los elogios (no es, y es raro entre escritores, el vanidoso que algunos pintan) y se dispuso a proseguir su lucha por advertir que él no está diciendo nada contra los avances tecnológicos, sino contra la perversión que el uso de las nuevas tecnologías pone en manos de vividores a tiempo completo de los beneficios que da la banalización rampante de la cultura. En eso sigue, y meses después regresa a su libro para destacar algunos de los elementos en que basa la vigencia de sus convicciones. El dice que ahora somos nosotros los bárbaros que queremos hacer de la cultura un fenómeno que se diluya en medio de la trituradora del consumo veloz.

Dijiste que tu libro, “La civilización del espectáculo”, era también un libro de las desapariciones, de las cosas que se suponía que podían desaparecer: el libro, la música, los derechos de autor…

…la desaparición de la identidad. Ahora he publicado en mi columna quincenal en el diario El País un artículo en el que justamente hablaba de la identidad perdida. La evolución tecnológica ha venido acompañada de un desplome absoluto de toda forma de valores y de moral, y está acabando con cosas que parecían absolutamente invulnerables, entre ellas la identidad personal.
No sé si has visto en The New Yorker una carta de Philip Roth, una carta abierta a Wikipedia. Cuenta que él descubrió cómo Wikipedia describía su novela La mancha humana de manera totalmente equivocada porque decía que estaba inspirada en la vida de un crítico de The New York Times. Y él explica en su artículo que no es así, que apenas vio a ese señor una vez, que no sabía nada de su vida personal y que la novela estaba basada en un íntimo amigo suyo al que le ocurrió todo aquello. Wikipedia le contestó que todo autor tiene derecho a hablar sobre su libro pero que mientras no hubiera otras fuentes secundarias que corroboraran lo que él decía, iban a mantener lo que ya habían publicado. Por tanto, Philip Roth ha quedado totalmente disociado de poder opinar sobre su libro porque Wikipedia llega a millones de millones de personas y da una versión de él mismo que está en contradicción flagrante con lo que él cree ser, pero no tiene el peso suficiente como para poder contrarrestar esa especie de fuerza torrencial que es la tecnología. Es un síntoma interesantísimo de cómo hoy en día puedes ser despojado de tu identidad y quedar en la impotencia más absoluta frente a eso.

Te ha pasado a ti. Tú nunca has tenido Twitter. Y muchas veces Twitter ha reproducido cosas que tú has dicho en ese sistema de 140 caracteres.

En una  Piedra de toque cuento que una señora me felicitó en una calle de Buenos Aires por otro artículo sobre la mujer que yo jamás he escrito, pero pensé que se trataba de una equivocación, que ella creía que yo era otra persona. Después resulta que me descubren ese artículo, de una cursilería absolutamente estridente, y no hay manera de que yo niegue a la fuente y de que sepa quién ha falsificado y usurpado mi nombre. Meses después aparece en Internet una diatriba de un mal gusto pestilencial contra los argentinos, que también me atribuyen a mí, algo que yo nunca he escrito y que es absolutamente perverso porque recoge cosas que efectivamente yo he dicho (críticas a Cristina F. de Kirchner, por ejemplo) y lo adoba con insultos y me hace decir vulgaridades espantosas. ¿Qué puedes hacer frente a eso? Absolutamente nada, ni siquiera hay manera de llegar a la fuente porque quien te inventa una calumnia semejante lo lanza desde un cibercafé cualquiera, no lo lanza desde su propio ordenador.
Hemos llegado a una situación en la que uno puede ser despojado de su identidad y le puede ser impuesta otra absolutamente distinta a través de una tecnología completamente amoral. Por una parte se utiliza de manera formidable para aumentar la comunicación y para combatir las censuras, pero por otra es utilizada por pillos, por gente amoral que la convierten en un arma destructiva terrible.
Creo que este es un problema cultural, no es un problema de pura delincuencia o criminalidad, hay detrás una cultura que no sólo permite estos fraudes sino que de alguna manera los alienta y los atiza porque son formas extremas, y por supuesto depravadas, de diversión, de entretenimiento.

Cuando publicaste tu libro hace unos meses dijiste que no habías hecho un libro pesimista sino preocupado. Lo que ocurre es que la realidad…
… va agravando el fenómeno, tiene unas manifestaciones mucho más peligrosas de lo que parecía. Por ejemplo, en el campo del periodismo es clarísimo. Por un lado los periódicos serios, o que tratan de serlo, van siendo derrotados por un mercado que simplemente los margina, los acorrala o los mata. Y lo que queda es un tipo de periodismo que halaga los peores instintos porque encuentra una supervivencia en el mercado.
Me parece absolutamente trágico porque el periodismo ha sido una de las manifestaciones culturales más importantes para la formación de una sociedad y si lo que finalmente lee el gran público es la prensa amarilla, lo escandaloso, la prensa chismográfica, ¿cuál es el futuro de una sociedad formada con ese tipo de alimentos “intelectuales”? Es inquietante.

Un síntoma mayor es esa noticia de que Newsweek desaparece…
…y sólo queda la edición digital.

Tú advertías de que el sistema de comunicación digital está sometido a ataques y pirateos y que el papel sigue siendo un sustento mucho más serio.
Además, no creo que sea cierto que el soporte no tenga un efecto sobre el contenido. En un momento de transición sí, cuando estás trasvasando los contenidos del papel a la pantalla, puedes pasar contenidos que tengan el mismo rigor, la misma profundidad que tenían en el papel. Pero cuando las pantallas y las tabletas hayan derrotado directamente al libro y se escriba directamente para las pantallas, creo que el contenido va a experimentar el mismo proceso que han experimentado los contenidos de la televisión, se van a simplificar y a banalizar para alcanzar al mayor público posible y ganar el mercado, simplemente.

Y para desconcentrar. Decías que las redes sociales, Internet en general, contribuyen a la desconcentración de la época y que la falta de lectores viene de ahí.
Claro, porque hay más espectadores. Esta es una cultura que crea espectadores más que lectores. No creo que la imagen y la palabra sean la misma cosa, no creo que tengan la misma función. La imagen entretiene mucho, es a veces mucho más intensa que la palabra, pero muchísimo más efímera y no estimula el esfuerzo intelectual para nada, al contrario. Mientras que la palabra, como tienes que traducirla y convertirla en conceptos y articular los conceptos dentro de un argumento, tienes un trabajo intelectual que te hace participar de la creatividad de cualquier objeto literario o artístico.
La pura imagen no tiene ese efecto, afecta muy intensamente a la emotividad, los sentimientos, los instintos, pero no a la razón, tiende más bien a embotarla. Puede ser enormemente entretenida, sin ninguna duda, pero no creo que de la imagen resulte un ciudadano con espíritu crítico, con imaginación o con una sensibilidad que puedas llamar disconforme o díscola. Creo que la imagen tiende a crear públicos muchísimo más conformistas y pasivos y ese es para mí uno de los aspectos inquietantes de la nueva orientación que tiene la cultura en nuestro tiempo.
Es verdad que es una cultura más democrática, como dicen sus defensores, y llega a un público muchísimo más amplio, sin ninguna duda, pero precisamente llega porque exige muchísimo menos esfuerzo intelectual. Al mismo tiempo, en lugar de alentarlo, aleja el espíritu crítico y tiende a crear espectadores. La sola definición de la palabra significa una cierta aquiescencia conformista.
Como espectador recibes algo, como lector tienes que actuar, salir al frente de lo que lees para transformarlo en razones, en ideas, en sentimientos o emociones. Por eso me parece tan importante que digamos que las pantallas deben convivir con los libros y no arrinconarlos y acabar con ellos.

Eso afecta directamente a los periódicos.
El papel no es sólo el papel, el papel para mí es fundamentalmente palabras que se convierten en conceptos, razones, argumentos y reflexiones, fuente primordial del conocimiento y de la evolución de una sociedad hacia formas cada vez más participativas y democráticas. La cultura del puro entretenimiento y espectáculo no crea ese tipo de ciudadanos, nos retrotrae un poco a la época del pan y circo, el gran instrumento que han tenido todas las dictaduras a lo largo de la historia para tener aplacada y domesticada a la sociedad. Curiosamente la tecnología está creando unos instrumentos que en un mundo moderno pueden permitir crear otra vez sociedades completamente conformistas.

Dices en tu libro: “El empuje de la civilización del espectáculo ha anestesiado a los intelectuales, desarmado al periodismo y sobre todo devaluado la política, un espacio donde gana terreno el cinismo y se extiende la tolerancia hacia la corrupción”. La política ha dejado de ser un fenómeno importante para ser también un fenómeno banalizado...
Y entretenido. Ese desprecio que hay hacia la política es peligrosísimo. Puedes decir que anda muy mal, que hay mucha corrupción, sí, todo esto es cierto pero empezar a despreciarla es acercarse al ideal de toda sociedad autoritaria. Todos los sistemas autoritarios o totalitarios lo que quieren es que la sociedad se adocene, sea obediente, esté entregada a sus ocupaciones profesionales, técnicas y no se ocupe de la política, que la deje a los políticos, a quienes tienen el poder. Esa es la negación y desaparición de la democracia.
La democracia no sólo puede desaparecer por golpes de estado pretorianos, puede desaparecer también por indiferencia y desprecio a la política y a los políticos. Convertir a la política en una actividad despreciable es fantástico, es resignarse a dejar el poder en manos de los vivos, los pillos y los audaces. La creación de lo que es la democracia, que es la participación, tener unos representantes a los que puedes fiscalizar a través de la crítica, de las elecciones, o sancionarlos y premiarlos a través de tu voto se puede depravar extraordinariamente con ese desprecio a la política que hoy se está extendiendo de manera impresionante.
Todas las encuestas dicen que hay un desprecio por la política, que la política es algo cada vez menos respetable y la verdad es que está siendo así porque atrae cada vez menos a la gente de mayor talento. Los jóvenes más brillantes generalmente no se orientan hacia la política, se orientan hacia la economía, la empresa, hacia profesiones donde pueden tener mayor éxito económico y la política va quedando en manos de gente menos talentosa, menos preparada, más mediocre y a veces también menos honesta. Es un fenómeno peligrosísimo y todo es un problema cultural básicamente, ni siquiera es un problema de tecnología.

También está siendo sustituida por distintas formas de demagogia y la demagogia reside también en periódicos, en televisiones o en radio. La demagogia es la falta de respeto por la razón.
La demagogia ha existido siempre pero lo importante es que tuviera como contrapartida un sector, a veces muy amplio, de la sociedad impregnada de una cultura que la defendía contra la demagogia y que permitía que la razón se impusiera siempre sobre la pasión. Pero es un fenómeno cultural, si la cultura se desploma porque se convierte en una forma más de entretenimiento, se banaliza, se simplifica y se frivoliza, la demagogia puede llegar a reemplazar enteramente a la democracia… Hay ahí un peligro de decadencia.
Estoy leyendo un libro absolutamente extraordinario, Historia de la decadencia y caída del imperio romano , de Edward Gibbon. Tenía una edición muy bonita y muy antigua, que compré en Inglaterra, pero como no puedo leer sin anotar y sin subrayar no quería estropearlo y por eso he estado años sin leerlo hasta que finalmente he encontrado una edición subrayable. Es extraordinario, desde el punto de vista literario por la maravillosa descripción de lo que es una sociedad que entra en un periodo de decadencia. He leído unas 200 páginas y con verdadero horror veo las semejanzas y similitudes con la sociedad de nuestros días. El desplome de los valores por ejemplo, que él describe maravillosamente bien, cuando ya no existe esa jerarquía entre las cosas que están muy bien vistas, aceptables, no aceptables o execrables, perfectamente claros para los romanos pero que en un momento dado empiezan a dejar de serlo y comienza a haber una confusión absoluta de esos valores.
Detrás de esto lo que viene es una especie de putrefacción que va cubriéndolo todo poco a poco, que tiene su vértice en el poder pero que llega hasta los estratos más alejados del mismo y es lo que va debilitando tremendamente al Estado. Y al final, simplemente, la invasión de los bárbaros. Es un libro fascinante para leer en esta época.

Estamos ya en el tiempo de la invasión de los bárbaros.
Los bárbaros ahora somos nosotros, eso es lo terrible. El bárbaro que todos llevamos dentro, como decía Bataille: “El ser humano es una jaula de ángeles y de demonios”. A veces prevalecen los ángeles pero ahora, claramente, prevalecen los demonios.

En tu libro, aunque como decía Víctor de la Concha es “un manifiesto moral” en el que muestras tu combatividad habitual, te paras y dices: “Lo peor es que probablemente este fenómeno [la banalización de la cultura] no tenga arreglo y lo que yo añoro sea polvo y cenizas sin reconstitución posible”. Hoy, leyendo lo de la desaparición de Newsweek, me dije: se cumple la profecía de Mario.
¡Esperemos que sea una profecía equivocada! Lo importante es estar convencido de que la historia no está escrita, que puede cambiar y que depende enteramente de nosotros. Si llegamos a ser conscientes de que ese proceso puede ser trágico para la humanidad, reaccionamos y cambiamos la orientación, es perfectamente posible. Lo que no veo son muchos síntomas de querer rectificar esa orientación sino al contrario, hay una especie de abandono del espíritu crítico, ese espíritu crítico tan importante para que la cultura tome otro sesgo, empiece a renovarse a sí misma, a rejuvenecer y a cobrar otro tipo de ímpetu.
Desgraciadamente yo no lo veo, quizá esté ahí pero yo no percibo esos síntomas sino un gran conformismo respecto a lo que está ocurriendo, y lo percibo al mismo tiempo con mucha inquietud y desesperación porque la situación es muy difícil, con terribles sacrificios que hacen que la gente esté abrumada y desconcertada. Pero al final, lo que mejor te permite enfrentar ese tipo de desafíos es la cultura, te da unas armas para enfrentarte a ellos de una manera más creativa. Creo que enfrentar la crisis con el caos o la anarquía no resuelve los problemas.

Decías que las sociedades totalitarias siempre vieron la cultura como una amenaza o un peligro. Lo que es extraordinario es que la sociedad democrática ha hecho exactamente lo mismo.
Exactamente. Y de una manera no premeditada, esto no ha sido premeditado por nadie, ha habido una evolución que nos ha ido empujando en una dirección en la que estamos sacrificando las mejores conquistas de la humanidad, la libertad, la democracia, la creación de un individuo más o menos soberano que puede elegir su propio destino… Todas estas son las grandes conquistas de la cultura y fundamentalmente de la occidental, no hay que tener complejos y decirlo.
De pronto todo esto está siendo amenazado desde dentro por fenómenos que tienen que ver curiosamente con el progreso, el gran progreso tecnológico que ha traído beneficios admirables, pero al mismo tiempo con el desplome de cosas muy importantes que sujetaban, que eran una especie de armazón invisible del progreso de la sociedad. Lo puedes llamar de distintas maneras pero básicamente creo que son valores, jerarquías, órdenes de prelación que tienen que ver con la conducta y con ciertas actitudes de respeto que han empezado a descalabrarse de una manera casi insensible hasta que de pronto nos hemos encontrado con que ya están ahí.
Es lo que ha ocurrido con España, un país que había deslumbrado al mundo por la sabiduría de una transición pacífica, tan rápida que convierte a un país pobre en un país próspero, a una dictadura en una democracia moderna y de pronto, de la noche a la mañana, se ve envuelta en una crisis que no entendemos. ¿Qué ha pasado en este país que es un ejemplo para que el ejemplo derive en una crisis espantosa que parece no tener fondo? No encuentras explicación, nadie lo explica, todas las explicaciones son superficiales o coyunturales, pero una explicación profunda de qué es lo que ha pasado con España no la da absolutamente nadie. Yo no la he encontrado.
Has declarado que quizá seguir leyendo, leer a Proust, a Gide, a Kant, a Popper…
...o a Borges…
O a Borges…, sirva para que la sociedad del futuro, esta sociedad, sea menos infeliz de lo que es hoy pero que también puede servir para interpretar qué nos pasa. Si supiéramos más, si leyéramos más, quizá nos entenderíamos mejor.
Entenderíamos mejor lo que nos pasa y podríamos reaccionar de una manera más eficiente frente al problema que vivimos. Para esas cosas sirve la cultura, esa es la gran función de la cultura, divierte también, por supuesto, cómo no va a divertir leer un buen libro, ir a ver una exposición o un concierto, pero es que la función de largo alcance de la cultura era darte respuestas frente a esas grandes incógnitas de las que está hecha la vida, y para darte por lo menos una preocupación respecto a esa problemática, lo que ya es una manera de buscar soluciones a la misma.
Leer buena literatura, escuchar buena música, ser sensible a las artes plásticas, significaba que tu horizonte crecía de una manera muy notable, que entendías muchísimo mejor las imperfecciones humanas, las mediocridades, las visiones pequeñas o los prejuicios. La cultura te daba esa visión enriquecedora de la existencia, mejoraba muchísimo tu relación con los demás y hacía que rompieras ese estrecho caparazón de la ignorancia. Si la cultura se convierte en pura diversión, en puro entretenimiento, la función que tenía no la llena nada porque puedes tener una tecnología avanzadísima que te permite hablar con Nueva Guinea y enterarte al mismo tiempo de lo que pasa en las Antípodas, pero al final no te arma, te entretiene pero es pasajero, efímero. Si no preservamos la cultura “tradicional” va a quedarnos un vacío terrible del que pueden resultar toda clase de catástrofes.
Dices que no se puede leer a Flaubert sin darse cuenta de que el mundo está mal hecho.
Así es. Escuchas una sinfonía de Mahler o escuchas a Bach tocado por Glenn Gould y descubres lo que es la belleza y también lo que es feo. Son diferencias muy importantes que mejoran extraordinariamente tu vida. Si eres capaz de percibir la belleza y detectar más rápidamente la fealdad, educas la sensibilidad de forma extraordinaria y te sirve para todo, para las relaciones humanas, para que a la hora de enamorarte vivas el amor de una manera mucho más intensa, más rica, más profunda que hace que ese amor sea menos superficial y no sólo algo puramente subordinado al momento del instante.
La cultura abarca todo, abarca enteramente la vida en sus expresiones mínimas y en las más complejas, no es una forma de llenar el ocio, no, es algo que tiene efecto directo y muy profundo en todas las cosas importantes de la vida humana. Creo que era muy claro en el pasado. Aunque todo el mundo no podía acceder a la cultura, desgraciadamente, y llegaba a minorías, esas minorías por lo menos eran muy conscientes de la importancia que tenía.
Esto es lo que se está perdiendo y creo que muchas de las crisis espantosas que estamos viviendo, que nos dejan totalmente aturdidos y desconcertados, vienen de esa carencia, de ese vacío que resulta de convertir la cultura en un entretenimiento pasajero.

Te indignaste con el proceso de banalización de las artes plásticas. Destacas en tu libro ese proceso como distintivo de los efectos de la civilización del espectáculo.
Porque es lo más visible. Ocurre en todos los campos pero creo que en las artes plásticas es donde el embauque es más flagrante, donde vividores completamente amorales se convierten de pronto en las figuras icónicas de la época. Ahí es clarísimo el fraude, el embuste y el extraordinario papanatismo al que hemos llegado.
Pero no es un fenómeno que se pueda concentrar en las artes plásticas, se da prácticamente en todos los ámbitos, en el de la reflexión de la filosofía, que pasa de una oscuridad que quiere parecer profundidad y no es más que una trampa, es una oscuridad puramente formal que lo que disimula es un gran vacío. Esos embustes en este mundo son perfectamente posibles porque son aceptables, se ha estimulado por el tipo de cultura que tenemos.
Es muy adecuada la metáfora de la trampa: la pisas y te caes en el hoyo…
No solamente eso, es que en el mundo de la cultura la gente parece estar diciendo: ¡Engáñeme! Y ahí tienes a los estructuralistas que te responden y te engañan (risas). Si el engaño se vuelve una necesidad, habrá gente que creará el engaño como producto cultural.

jueves, 22 de noviembre de 2012

El último sobreviviente operativo del 'boom'

La noche de ayer, Mario Vargas Llosa recibió en México el Premio Internacional Carlos Fuentes a la Creación Literaria 2012. Al inicio de su discurso se consideró el último sobreviviente "operativo" del boom, en -me parece- clara alusión a García Márquez, quien sufre del mal de Alzheimer y, por lo que se dijo este año, no volverá a escribir (debido a esta enfermedad y no a una decisión meditada como ocurre en el caso del norteamericano Philip Roth).

Soy muy consciente de que esta generosa decisión del jurado se debe, en buena medida, a ser yo algo así como el último sobreviviente operativo de ese movimiento, grupo o promoción de escritores que a partir de los años sesenta dio brillo y difusión, por buena parte del mundo, a la narrativa latinoamericana. Me refiero al llamado boom”, dijo el autor de Elogio de la madrastra.



Así informa el diario El País de Madrid:


La primera alusión la hizo Jaime Labastida, director de la Academia Mexicana de la Lengua: “Vargas Llosa ha criticado todas las dictaduras, perfectas o imperfectas”. Labastida lo miró con complicidad y el escritor peruano se sonrió. Más tarde cerró el acto el presidente de México, Felipe Calderón, que fue directo al grano y recordó la célebre definición que hizo Mario Vargas Llosa en 1990 del antiguo gobierno del PRI: “La dictadura perfecta”.
El premio Nobel de Literatura no estaba ayer en Ciudad de México para hablar de aquellas palabras. Estaba allí para recoger el primer Premio Carlos Fuentes, creado en nombre del escritor mexicano fallecido en mayo. Vestido con un traje oscuro y con una corbata morada, peinado con su característica onda de pelo cano plateado sobre la frente, Vargas Llosa sacó de un portafolios negro un buen número de hojas y ofreció un largo discurso en el que contó su relación con Fuentes,explicó la importancia de este autor en el boom de la literatura latinoamericana en los años sesenta y tan solo en un tramo de referencias históricas mencionó de pasada “el largo predominio del PRI”.
Pero el presidente sí hizo hincapié en aquellas palabras. “Mágicas palabras”, dijo, “que sonaron fuertes y estridentes, como cuando se rompe un gran cristal”. En uno de sus últimos actos antes de dejar el poder de nuevo en manos del PRI el uno de diciembre, Calderón, del PAN, ensalzó la histórica sentencia de Vargas Llosa, o “Don Mario”, como le llamó durante su discurso. Calderón dijo que aquellas famosas palabras “retumbaron” tanto que cambiaron a México.
Carlos Fuentes y el 'boom'
Antes de que Calderón hiciese resonar el eco de la crítica de Vargas Llosa al PRI del siglo pasado, el escritor, de 76 años, había leído un texto en el que con sentido del humor comenzó calificándose a sí mismo como el “último superviviente operativo” del boom de la novela de América Latina.
Vargas Llosa recogió el guante del cincuenta aniversario del inicio de aquel fenómeno literario y se ocupó de precisar la influencia de Carlos Fuentes en este movimiento. Aunque primero contó cómo vio al autor mexicano por primera vez en su vida: “Empinado sobre una mesa, zapateando y creo que hasta cantando un corrido a voz en cuello y con algunos gallos”. Era el año 1962. Vargas Llosa, con sus impecables modales, aclaró que aquello había sido “insólito” para la forma de ser de Fuentes: “él no solía dar ese género de espectáculos. Por el contrario, cuidaba mucho las formas, la elegancia y el esmero en el hablar, el actuar y el vestir”.
Citada aquella “noche de tequila, mariachis y efusiones”, Mario Vargas Llosa se centró en la parte seria del asunto. Afirmó que Fuentes fue tal vez el principal promotor del boom latinoamericano tanto en su difusión como en su cohesión. “Se esforzó para acercarnos y amigarnos, hacernos sentir parte de una aventura intelectual común y para que nuestros libros rompieran el confinamiento al que hasta entonces estaban condenados casi todos los escritores latinoamericanos”. El novelista peruano elogió la decisión con la que Fuentes, “un escritor universal”, luchó por exportar una imagen de la literatura de América Latina que no fuese la de una región “pintoresca y bárbara, de dictadores, revolucionarios, mambos y rumberas”.
Vargas Llosa también subrayó la tenacidad de trabajo de Fuentes. Según contó, otro de los puntales del boom, el colombiano Gabriel García Márquez solía bromear con la productividad del mexicano: “Y eso que teclea la máquina de escribir con un solo dedo, que si lo hiciera con los diez…”.
En el discurso del Nobel hubo una mención detallada de la relevancia de una de las principales novelas de Fuentes, La región más transparente. Para Vargas Llosa este libro de 1958 fue “el anunciador del boom”. En su opinión fue “la primera novela latinoamericana que rompió el aislamiento”, aunque se suela decir que la obra que detonó el fenómeno literario latinoamericano fuera La ciudad y los perros, del propio Vargas Llosa.

sábado, 17 de noviembre de 2012

Los generales y las faldas

David H. Petraeus. Hasta hace poco fue Director de la Agencia Central de Inteligencia (CIA). Presentó su dimisión como director de la Agencia tras descubrirse una relación extramatrimonial.


La CIA, el FBI y los más altos jerarcas militares de los Estados Unidos están descubriendo sólo ahora lo que cualquier lector de literatura ha sabido desde siempre: que una amante celosa es de temer y puede provocar grandes catástrofes.
Estos son, hasta ahora, los hechos conocidos del extraordinario culebrón que remece al país más poderoso de la tierra. La señora Jill Kelley, una vistosa morena, esposa de un respetado cardiólogo de Tampa (Florida), empezó a recibir hace algunos meses unos e-mails anónimos amenazantes, acusándola de coquetear con el general David H. Petraeus, jefe de la Agencia Central de Inteligencia y el militar más condecorado, distinguido y admirado del país. Uno de los e-mails responsabilizaba a la señora Kelley de haber “tocado” al general por debajo de la mesa. Alarmada con este hostigamiento, la señora Kelley alertó a un agente del FBI, que era su amigo y que, sea dicho de paso, acostumbraba enviarle fotos cibernéticas con el pecho desnudo y luciendo sus bíceps. El agente informó a sus jefes y el FBI inició una investigación a resultas de la cual descubrió que la anónima fuente de los e-mails era la señora Paula Broadwell, también esposa de médico, madre de dos hijos, antigua reina de belleza, campeona deportiva en la Academia Militar de West Point, con una maestría en Harvard y autora de una ditirámbica biografía del general Petraeus.
Interrogada por los agentes del FBI, Paula reconoció los hechos y entregó su ordenador a los investigadores. En él estos descubrieron documentos clasificados relativos a la seguridad nacional y abundantes e-mails del general Petraeus a Mrs. Broadwell de, señala el informe, “exaltada sexualidad”. La dama en cuestión negó que hubiera recibido esos documentos secretos del jefe de la CIA, pero reconoció que ambos habían sido amantes. Los investigadores entrevistaron al general quien, negando también categóricamente haber suministrado información confidencial a su biógrafa, admitió el adulterio. (Paula Broadwell viajó seis veces a Afganistán, documentándose para su biografía, cuando el general Petraeus era allí el jefe militar de todas las fuerzas de la OTAN). Aunque no se haya podido probar falla alguna en el ejercicio de sus funciones como consecuencia de su relación con Paula Broadwell, el general Petraeus renunció a su cargo, el Presidente Obama aceptó su renuncia y, de la noche a la mañana, una de las figuras más prestigiosas de Estados Unidos y poco menos que un ídolo para los oficiales y reclutas de sus Fuerzas Armadas, quedó desacreditado, bañado en la mugre de la prensa escandalosa y, probablemente, con un serio contencioso conyugal por resolver.
Esta es sólo una de las ramas de la historia. Porque ésta se bifurca, a partir de su punto de partida, es decir, de Mrs. Jill Kelley, la que recibía los anónimos belicosos de la amante celosa. Cuando los investigadores del FBI la entrevistaron, Jill accedió a entregarles su ordenador, y, allí, aquellos se encontraron un tesoro chismográfico-sexual de proporciones ciclópeas: decenas de miles de e-mails de picante retórica enviados a Jill nada menos que por el general John Allen, que desde hace año y medio sucedió al general Petraeus como Comandante en Jefe de las fuerzas militares en Afganistán y a quien el Gobierno de Estados Unidos había propuesto para ser el próximo comandante supremo de la OTAN (esta propuesta ha sido suspendida a raíz del escándalo). El Ministerio de Defensa, que investiga estos e-mails, los califica provisionalmente de “indebidos e impropios”.
El general John Allen, un marine lleno de condecoraciones y de guerras a cuestas, ha negado haber tenido jamás relaciones adúlteras con la señora Kelley y sus amigos y defensores alegan que el general lo más que se permitía, en estos intercambios cibernéticos con Jill, eran picardías verbales. Esto, si es verdad, en vez de exonerarlo, agrava su culpa y demuestra que, aunque no sea un adúltero, sí es, sin la menor duda, un cacaseno. Porque, según The New York Times de esta mañana (14 de noviembre), el número de páginas de los textos requisados de la computadora de la señora Jill Kelley que proceden del general Allen oscila entre “20 mil a 30 mil páginas”. Yo me paso la vida escribiendo y sé el tiempo que toma redactar una página. Para borronear de 20 a 30 mil el general Allen, aunque escribiera con la velocidad del viento que se atribuye a Alexander Dumas, debe haber dedicado varias horas diarias de los 16 meses que lleva en Afganistán. ¡Y lo hacía sólo para matar el tiempo y provocar sonrisas y algún sonrojo a una dama a la que ni siquiera amaba! No me extraña que la guerra en Afganistán ande como anda, que cada día los fanáticos talibanes cometan atentados más exitosos. Pero lo que es desolador es que a diario caigan víctimas de esos horrores tantos jóvenes soldados enviados allí por los Estados Unidos y sus aliados a defender unas ideas y unos valores que ciertos jerarcas militares parecen tomar muy poco en serio.

Siempre me ha impresionado en los países de tradición protestante y puritana, como Inglaterra y Estados Unidos, la exigencia de que las figuras públicas no sólo cumplan con sus deberes oficiales sino, además, sean en su vida privada ejemplos de virtud. Escándalos como el que protagonizó el Presidente Clinton con la famosa becaria de la Casa Blanca, que estuvo a punto de ser depuesto por ello de su cargo, serían poco menos que imposibles en la mayor parte de los países europeos y no se diga en los latinoamericanos, donde se suele diferenciar claramente la vida privada de los políticos de su actuación pública. A menos que la incontinencia y los desafueros del personaje repercutan directamente en su función oficial, aquella se respeta y presidentes, ministros, parlamentarios, generales, alcaldes lucen a veces a sus amantes con total desenfado puesto que, ante cierto público machista, ese exhibicionismo, en vez de desprestigiarlos, los prestigia. Pero ahora, gracias a la gran revolución audiovisual y cibernética, lo privado ya no existe, en todo caso nadie lo respeta, y transgredirlo es un deporte que practican a diario los medios de comunicación ante un público que ávidamente se lo exige. Desde que estalló este escándalo, las televisiones, las radios, los periódicos y no se digan las redes sociales explotan lo ocurrido de una manera incesante y frenética, hasta la náusea. Esto es la civilización del espectáculo cruda y dura, vomitando insidia a raudales por supuesto, pero, también, hay que reconocerlo, sometiendo al sistema a una autocrítica despiadada, implacable, mostrando la fragilidad que esconde detrás de su aplastante poderío, y cómo las miserias y debilidades humanas encuentran siempre la manera de enquistarse en los reductos que parecen mejor defendidos contra ellas.
¿Qué conclusiones sacar de esta historia? Que ella tiene para rato y que mucha gente sacará buen partido del interés enorme que despierta en el gran público. Habrá libros, números especiales de revistas, programas de televisión y películas que la aprovechen. Es seguro que la biografía del general David H. Petraeus escrita por Paula Broadwell entrará en las listas de libros más vendidos y acaso la haga rica. Apuesto que Jill Kelley será tentada por algún editor oportunista para que escriba su propia versión de la historia (que ni siquiera tendrá que escribir ella misma, pues lo hará por ella un polígrafo profesional que la aderezará con todos los condimentos adecuados para que parezca —sólo parezca— más pecaminosa y grave de lo que fue). Si el libro tiene éxito, servirá para que el señor y la señora Kelley amorticen sus deudas, pues una de las cosas que este escándalo ha sacado a la luz, es que los negocios de la pareja están al borde de la ruina. Probablemente el general John Allen se quedará sin el formidable nombramiento que iba a convertirlo en el comandante supremo de la OTAN. Su caso no me apena para nada y no creo que las fuerzas militares del mundo libre perderían con él a un gran estratega. En cambio, el caso del general Petraeus sí es trágico. Ha sido un gran militar, con una hoja de servicios impecable y que consiguió algo que parecía imposible: darle la vuelta a la guerra de Irak en la última etapa y permitir que Estados Unidos saliera de esa trampa diabólica si no victorioso, por lo menos airoso. Un “error de juicio” que duró cuatro meses lo ha hundido en la ignominia y, si es recordado en el futuro, no lo será por todas las guerras en que se jugó la vida, ni por las heridas que recibió, ni por las vidas que ayudó a salvar, sino por una furtiva aventura sexual.
© Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2012.
© Mario Vargas Llosa, 2012.

miércoles, 7 de noviembre de 2012

El canon del boom


Por:  06 de noviembre de 2012
Mario Vargas Llosa tiene una técnica muy propia, y muy reconocible, de hacer discursos. Se sitúa ante el atril, si lo hay, simula mentalmente que tiene delante un papel, un folio o una tarjeta, y se lanza a hablar como si mirara a un punto fijo, hacia el horizonte o hacia atrás. No hay papel alguno, ni tarjeta. Desde ese vacío pronuncia sus palabras, que a veces duran diez minutos, un cuarto de hora o 45 minutos, que es, con altibajos, su marca más habitual.
En Estocolmo, cuando recibió el Nobel en 2010, Vargas Llosa habló durante 45 minutos, y anoche, ante "los escritores embarazados" (así los llamó Armas Marcelo, director de la Cátedra Vargas Llosa) que concurren en la Casa de América y en muchas universidades españolas a la celebración del medio siglo del boom, habló también durante ese tiempo ante un atril vacío y ante cientos de personas entre las cuales estaban (como cuenta la crónica de Silvia Hernando en El País) los príncipes de Asturias...
Hay muchos discursos que el autor de La ciudad y los perros (cuyo sonido dio inicio al boom hace medio siglo) ha hecho así a lo largo de ese tiempo. El de Estocolmo lo hizo leyendo, y ahí lloró cuando habló de Patricia, su mujer, pero aquí se lanzó al vacío en el que encontró recuerdos que no le hicieron llorar pero que seguramente lo aventuraron, a veces, en una melancolía infinita, pues en 45 minutos contó toda una vida de relaciones, de amistades y de rupturas, generacionales, amistosas o políticas, que han marcado a la gente de su tiempo con uno de los estigmas contemporáneos más sobresalientes, las consecuencias de la desilusión cubana.
Ese periodo, señalado desde La Habana por el caso Padilla y sus huellas desastrosas en la experiencia de la revolución que habíamos escrito con mayúsculas, fue un punto de inflexión y en seguida un punto y aparte en la historia personal del boom para muchos de ellos. Antes, América Latina se había reconocido a sí misma, desde el exterior muchas veces, gracias a los escritores que acompañaron en el viaje del boom a lectores cada vez más sorprendidos de la capacidad que tiene la literatura para contar mundos que no existen pero que están en este.
Entre esos escritores, el propio Vargas Llosa; él fue desgranando experiencias con sus contemporáneos, desde Julio Cortázar, el primero al que conoció, hasta Gabriel García Márquez, con el que alguna vez quiso escribir un libro a cuatro manos, proyecto que se quedó en las manos de cada uno; Fuentes, que fue el más activo de todos ellos, ideó un proyecto: que cada uno escribiera la novela del dictador de cada uno de sus países... No lo hicieron, pero cada uno, es cierto, y a su manera, hizo la novela de un dictador...  El recuento de Vargas Llosa (como diría Donoso, su historia personal del boom) se extendió a escritores como Guillermo Cabrera Infante, con quien tuvo una entrañable relación amistosa y cuyos Tres tristes tigres fueron una celebración de la vida y de la risa de la noche en La Habana. 
Al final del acto cayó en la cuenta de un olvido que no se perdonó: no mencionó a Onetti. Le dijeron que como lo había citado tantas veces (e incluso lo ha interpretado, en el teatro), el viejo maestro uruguayo lo habrá perdonado desde donde observe la vida que ya no contará. Además, Onetti está, con García Márquez, Víctor Hugo y Flaubert, entre los autores que han merecido un libro del escritor que puso al boom en la pista de salida hace medio siglo. Una distancia que Vargas Llosa cubrió en 45 minutos de un discurso al que no le faltó ni una coma, aunque le hubiera faltado Onetti.

martes, 6 de noviembre de 2012

Las huellas del salvaje


Paul Gauguin asumió su vocación de pintor a una edad tardía, los treinta y cinco años, y casi sin haber recibido una formación técnica, pues tanto su paso por la Academia Colarossi como las clases que le dio su amigo y maestro Camille Pissarro fueron breves y superficiales. Y es posible que con Pissarro hablaran más de anarquismo que de arte. Pero nada de eso le impidió llegar a ser el gran renovador de la pintura de su tiempo y dejar una marca indeleble en las vanguardias artísticas europeas. Así lo muestra, de manera inequívoca, la espléndida exposición “Gauguin y el viaje a lo exótico” que presenta el Museo Thyssen-Bornemisza, de Madrid.
Cuando lo dejó todo, para dedicarse a pintar, Paul Gauguin era un próspero burgués. Le había ido muy bien como agente de bolsa en la firma de Monsieur Bertin, vivía en un barrio elegante, sin privarse de nada, con su bella esposa danesa y sus cinco hijos. El futuro parecía ofrecerle solo nuevos triunfos. ¿Qué lo llevó a cambiar de oficio, de ideas, de costumbres, de valores, de la noche a la mañana? La respuesta fácil es: la búsqueda del paraíso. En verdad, es más misterioso y complejo que eso. Siempre hubo en él una insatisfacción profunda, que no aplacó ni el éxito económico ni la felicidad conyugal, un disgusto permanente con lo que hacía y con el mundo del que vivía rodeado. Cuando se volcó en el quehacer artístico, como quien entra en un convento de clausura –despojándose de todo lo que tenía– pensó que había encontrado la salvación. Pero el anarquista irremediable que nunca dejó de ser se decepcionó muy pronto del canon estético imperante y de las modas, influencias, patrones, que decidían los éxitos y los fracasos de los artistas de su tiempo y se marginó también de ese medio, como había hecho antes del de los negocios.
Así fue gestándose en su cabeza la teoría que, de manera un tanto confusa pero vivida a fondo, sin vacilaciones y como una lenta inmolación, haría de él un extraordinario creador y un revolucionario en la cultura occidental. La civilización había matado la creatividad, embotándola, castrándola, embridándola, convirtiéndola en el juguete inofensivo y precioso de una minúscula casta. La fuerza creativa estaba reñida con la civilización, si ella existía aún había que ir a buscarla entre aquellos a los que el Occidente no había domesticado todavía: los salvajes. Así comenzó su búsqueda de sociedades primitivas, de paisajes incultos: Bretaña, Provenza, Panamá, la Martinica. Fue aquí, en el Caribe, donde por fin encontró rastros de lo que buscaba y pintó los primeros cuadros en los que Gauguin comienza a ser Gauguin.
Pero es en la Polinesia donde esa larga ascesis culmina y lo convierte por fin en el salvaje que se empeñaba en ser. Allí descubre que el paraíso no es de este mundo y que, si quería pintarlo, tenía que inventarlo. Es lo que hace y, por lo menos en su caso particular, su absurda teoría sí funcionó: sus cuadros se impregnan de una fuerza convulsiva, en ellos estallan todas las normas y principios que regulaban el arte europeo, este se ensancha enormemente en sus telas, grabados, dibujos, esculturas, incorporando nuevos patrones estéticos, otras formas de belleza y de fealdad, la diversidad de creencias, tradiciones, costumbres, razas y religiones de que está hecho el mundo. La obra que realiza primero en Tahití y luego en las islas Marquesas es original, coherente y de una ambición desmedida. Pero es, también, un ejemplo que tiene un efecto estimulante y fecundo en todas las escuelas pictóricas de las primeras décadas del siglo XX.
Hay que felicitar a Paloma Alarcó, la comisaria de la exposición del Thyssen y a todos sus colaboradores, por haber reunido ese conjunto de obras que, empezando con los expresionistas alemanes y terminando con surrealistas como Paul Klee y artistas no figurativos como Kandinsky y Robert Delaunay, muestran la enorme irradiación que tuvo la influencia de Gauguin casi inmediatamente después de su muerte, desde la primera exposición póstuma de sus cuadros que hizo en París, en 1903, Ambroise Vollard. El grupo de artistas que conformaron el movimiento alemán Die Brücke no solo adopta su colorido, las desfiguraciones físicas, el trasfondo mítico del paisaje y los contenidos indígenas, sino, asimismo, sus ideales de vida: el retorno a la naturaleza, la fuga del medio urbano, el primitivismo, la sexualidad sin trabas. Por lo menos dos de los expresionistas alemanes, Max Pechstein y Emil Nolde, emprenden también el ‘viaje a lo exótico’, como lo haría en 1930 Henri Matisse, y, aunque no los imita, Ernst Ludwig Kirchner, sin salir de Europa, se compenetra de tal modo con la pintura de Gauguin que algunos de sus cuadros, sin perder su propio perfil, aparecen como verdaderas glosas o recreaciones de ciertas pinturas del autor de Noa Noa. En Francia, la huella de Gauguin es flagrante en los colores flamígeros de los fauves y ella llega, muy pronto, incluso a la Europa Oriental y a la misma Rusia.
Tal vez el aporte más duradero de Gauguin a la cultura occidental, a la que él decía tanto despreciar y de la que se empeñó en huir, es haberla sacado de las casillas en que se había confinado, contribuido a universalizarla, abriendo sus puertas y ventanas hacia el resto del mundo, no solo en busca de formas, objetos y paisajes pintorescos, sino para aprender y enriquecerse con el cotejo de otras culturas, otras creencias, otras maneras de entender  y de vivir la vida. A partir de Gauguin, el arte occidental se iría abriendo más y más hacia el resto del planeta hasta abarcarlo todo, dejando en todas partes, por cierto, el impacto de su poderoso y fecundo patrimonio, y, al mismo tiempo, absorbiendo todo aquello que le faltaba y renunciando a lo que le sobraba para expresar de manera más intensa y variada la experiencia humana en su totalidad.
Es imposible gozar de la belleza que comunican las obras de Gauguin sin tener en cuenta la extraordinaria aventura vital que las hizo posibles, su desprendimiento, su inmersión en la vida vagabunda y misérrima, sus padecimientos y penurias físicas y psicológicas, y también, cómo no, sus excesos, brutalidades y hasta las fechorías que cometió, convencido como estaba de que un salvaje de verdad no podía someter su conducta a las reglas de la civilización sin perder su poderío, esa fuerza ígnea de la que, según él, han surgido todas las grandes creaciones artísticas.
Cuando fui a buscar las huellas que habían quedado de él en la Polinesia me sorprendió la antipatía que despertaba Gauguin tanto en Tahití como en Atuona. Nadie negaba su talento, ni que su pintura hubiera descubierto al resto del mundo las bellezas naturales de esas islas, pero muchas personas, los jóvenes sobre todo, le reprochaban haber abusado de las nativas pese a saber muy bien que la sífilis que padecía era contagiosa y haber actuado con sus amantes indígenas haciendo gala de un innoble machismo. Es posible que así sea; no sería el primero ni el último gran creador cuya vida personal fuera muy poco digna.
Pero, a la hora de juzgarlo, y sin excusar sus desafueros con el argumento en que él sí creía –que un artista no puede ni debe someterse a la estrecha moral de los seres comunes y corrientes-, hay que considerar que en esta vida poco encomiable hubo también sufrimientos sin cuento, desde la pobreza y la miseria a que se sometió por voluntad propia, el desdén que su trabajo mereció del establishment cultural y de sus propios colegas, las enfermedades, como las terribles fiebres palúdicas que contrajo cuando trabajaba como peón en el primer Canal de Panamá y que no acabaron con su vida de milagro, así como sus últimos años en Atuona, su cuerpo destrozado por el avance de la sífilis y la semiceguera con la que pintó sus últimos cuadros. Hay que recordar, incluso, que si no hubiera muerto a tiempo, hubiera ido a parar a la cárcel por las intrigas y el odio que despertó entre los colonos de Atuona, sobre todo el del obispo Joseph Martin, junto al que –paradojas que tiene la vida– está enterrado, en el rústico cementerio de la islita que escogió para pasar la última etapa de su vida.    
Mario Vargas Llosa
Madrid, noviembre de 2012

sábado, 25 de agosto de 2012

Crónica de los años sesenta: Gabo, Mario y yo

Por José Miguel Oviedo

José Miguel Oviedo fue testigo y cómplice del inicio de la amistad entre Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa y, por lo tanto, de uno de los posibles orígenes del boom. Vemos aquí a estos autores en carne y hueso, despojados de la distorsión que entraña la celebridad.

La isla prohibida
Le debo a Álvaro Mutis que Gabo obtuviese mi dirección en Lima y que este me mandase una breve carta manuscrita que contenía un pedido específico: quería tener la dirección de Mario en París (que pronto abandonaría para irse a vivir a Londres) y entrar en contacto con él; para vergüenza mía, he perdido esa carta que daría inicio a la relación entre estos dos hombres. Recuerdo con precisión cuándo y dónde conocí a Gabo: tiene relación con mi viaje a Cuba en 1967. Probablemente desde 1963, yo había empezado a recibir la revista Casa de las Américas, directamente desde La Habana, y llegué a colaborar en ella algunas pocas veces. En esos momentos, debido al apoyo más o menos notorio de Cuba a los larvales movimientos guerrilleros en el Perú (aventuras y fantasías revolucionarias, uno de cuyos más penosos sacrificios fue la muerte del joven poeta Javier Heraud, baleado en un remoto lugar de la selva peruana), todo lo que venía de Cuba era visto como algo sospechoso o francamente subversivo. Así lo consideró el gobierno de Fernando Belaúnde, quien, uniéndose al rechazo continental del régimen cubano orquestado por Estados Unidos, cortó relaciones diplomáticas con la isla y prohibió los viajes a ese destino. Mi pasaporte tenía un gran matasellos cuadrado en que aparecían los nombres de los países prohibidos: Corea del Norte, Camboya, Vietnam, China, Cuba por supuesto y otros. “Cuba” se convirtió en una palabra maldita, que marcaba todas las diferencias en el vocabulario político. Hubo una especie de paranoia al respecto; recuerdo que las cajetillas de los populares cigarrillos Inca, que orgullosamente proclamaban en un membrete que estaban manufacturados con “rama de Cuba” –lo que era, por supuesto, falso–, desaparecieron y fueron reemplazadas por “tabacos selectos” o algo parecido, igualmente falso. Pero nada de eso nos detenía a los que por entonces sufríamos el espejismo de creer que la Revolución cubana era “humana” y distinta de las otras; por lo menos, en el campo estético nos parecía bastante liberal; al contrario, la prohibición de viajar allí, como de costumbre, estimulaba nuestra rebeldía y nuestra imaginación. México, siguiendo una pauta tradicional de su política exterior, fue el único país que se resistió a la proscripción y mantuvo relaciones con Cuba.
Esa excepción era providencial porque se podía llegar a La Habana vía México, donde la oficina consular cubana convenientemente otorgaba visas en una hoja suelta para no mancillar nuestro pasaporte. Pero ese apoyo estratégico mexicano tenía sus límites: uno podía ir a la isla desde ese suelo amigo, pero no regresar a él, supuestamente con el contagioso virus cubano en la sangre o en la mente. Para volver al Perú había que dar una vuelta inmensa cuyo punto extremo era Praga. Laberintos o circuitos sinuosos de los tratos diplomáticos... Yo sabía todo eso gracias a amigos escritores y artistas que habían hecho el mismo periplo. El propio Mario me envió una larga carta en que –temiendo la censura peruana– hablaba entusiastamente de la necesidad de llegar a la tropical “Última Thule” y me estimulaba a viajar. Por eso, cuando recibí a fines de 1966 la invitación de Casa de las Américas como miembro de un jurado para uno de los premios que organizaba (el de teatro), acepté encantado, consciente de lo que eso significaba; además, con una generosidad infrecuente, me invitaban con mi esposa, que hasta entonces nunca había salido del Perú. Lo tomamos como una especie de luna de miel con elementos de aventura revolucionaria y desafío a todos los tropiezos.

El hombre de la ruana
Anuncié a Álvaro, sin explicarle la razón (él la intuyó, según me dijo después) que viajaría a México. Álvaro me llamó y me dijo que iría al aeropuerto a recibirme: yo le hice ver que eso suponía un desagradable madrugón: el avión llegaba a las seis y media de la mañana. Él, estoicamente, insistió y yo acepté agradecido. Habría una gran sorpresa en sus planes de recepción. Un frío amanecer de enero descendimos, medio dormidos, del avión y, en la sucia bruma del día, vi la alta y sonriente figura de Álvaro, abriéndonos los brazos; a su lado había alguien más: un hombre de contextura mediana, ensortijado pelo negro y espesos bigotes, que trataba de combatir el frío andino con una colorida ruana. No tuve dificultad en reconocerlo aunque nunca lo había visto: era Gabo. Allí, de inmediato, comenzó nuestra amistad y empecé a ser testigo de la entrañable relación entre estos dos hombres –tan distintos en verdad– que es ahora bien conocida.
Pasamos unos días frenéticos y rodeados del constante afecto de ambos y de Carmen y Mercedes, sus respectivas esposas. El mismo día de nuestra llegada, que es el que recuerdo mejor, Gabo nos invitó a comer en su casa, donde, por el frío, seguía tan arropado como podía. Entendí bien lo que era, para él, hombre del trópico, pasar los inviernos de México, que pueden ser algo severos. Para mí, Colombia era Bogotá, casi siempre fría bajo un cielo nublado; para Gabo, la Colombia verdadera era la del trópico, la costa atlántica, la cumbia y la cultura negra. Yo no tenía ni idea entonces de dónde quedaba su Aracataca natal, de la que todos saben exclusivamente gracias a él.
Yo aproveché esa y otras ocasiones para averiguar tantas cosas que no sabía de Gabo. El primer día me hizo pasar a la pequeña pieza que fungía de escritorio donde había escrito durante varios meses, casi sin parar, Cien años de soledad, de la que ya se conocían (ante la admiración general) algunos capítulos en revistas y cuyo original estaba ya en manos de la editorial Sudamericana, listo para salir a producir la conmoción que causaría. Contó por primera vez cosas que ahora todos conocen de sobra como parte de su leyenda: su costumbre de escribir en su vieja máquina páginas sin correcciones, pues apenas hacía alguna tiraba el papel y copiaba la página de nuevo; el carácter obsesivo de las imágenes centrales de la novela, pues lo acompañaban desde la infancia y solo esperaban el momento propicio para surgir; los duros años de París, mientras redactaba El coronel no tiene quien le escriba y cómo mantuvo guardado el original atado con una cuerda esperando que un editor se interesase (en su libro de relatos Pobre gente de París, Sebastián [Salazar Bondy] mencionó esta anécdota sin identificar al protagonista); la triste historia de la primera edición de La mala hora, cuyo texto fue expurgado por un corrector purista que suprimió los modismos o giros que no le gustaban, etcétera.
La historia editorial de Gabo previa a Cien años... es muy reveladora de cuáles eran los canales habituales para la difusión literaria en nuestra América y el enorme salto que se produjo desde poco antes de aparecer ese libro. Los que habíamos leído algo de Gabo éramos relativamente pocos fuera de Colombia y su nombre era solo ocasionalmente mencionado cuando se hablaba de novelistas entre nosotros, aunque en su lenguaje narrativo percibíamos la promesa de algo sustancialmente nuevo, porque eran los libros preliminares que conducirían a la gran obra. Había una razón para ese semidesconocimiento: sus primeras ediciones fueron de tirada limitadísima. De las que publicó en México se hicieron dos mil ejemplares o menos de cada una para toda América. No solo eso: cuando le pedí a Gabo que me diera un ejemplar de Los funerales de la Mamá Grande, me hizo una pregunta que me dejó algo desconcertado: “¿Cuántos quieres?” Yo, modestamente, le dije que uno y él me reveló que había cientos en los almacenes de la Universidad Veracruzana, que lo había publicado. Hoy esos libros siguen apareciendo en ediciones masivas. Se podría haber hecho una consulta antes de esa fecha y preguntar a los lectores de todo el continente: “¿Ha leído usted a García Márquez?” Me temo que el número total habría sido muy inferior a los que solían asistir a sus raras presentaciones públicas. Eran como un club de lectores selectos y dispersos con miembros que no se conocían entre sí.
Los rasgos característicos de Gabo eran su informalidad y sencillez, la forma precisa y franca de hablar, el escaso “intelectualismo” de su conversación, llena de frases e imágenes que eran como fulgurantes instantáneas de la realidad, del todo semejantes a los famosos one-liners de sus novelas: síntesis verbales que resumen con gracia un antiguo saber (y sabor) popular. Hablamos, por supuesto, de Mario y él expresó de muchos modos su afecto y admiración. Dijo, con sana envidia: “Pero es que Mario ya comenzó escribiendo bien, ya sabía cómo hacerlo. Yo, en cambio, tuve que aprender durante años. Por eso solo ahora pude escribir Cien años de soledad: no podía con el ‘paquete’.” Era muy campechano en su modo de vestir (creía que el overol era la prenda más cómoda de todas y jamás usaba corbata) y solía andar con una rústica casaca a cuadros y blue jeans. Emir [Rodríguez Monegal] escribió alguna vez que tenía algo de “bongocero cubano” y lo contrastó con el impecable aspecto de Vargas Llosa, siempre “perfectamente planchado”. En estos tiempos, los unía, además, la causa cubana, que defendían de modos distintos pero con el mismo entusiasmo. Luego, como todo el mundo sabe (lo que me ahorra entrar aquí en detalles), las cosas serían muy distintas...
Pasamos días felices y agitados en México: obtuvimos nuestras visas (la oficina respectiva quedaba entonces en la calle Tacuba); fuimos con Álvaro al Palacio de Hierro en busca de ropa para el temible invierno checo que nos esperaba a la vuelta; conocimos a Juan García Ponce (ya en una silla de ruedas debido a una extraña enfermedad), a Gustavo Sainz (que tenía con su esposa de entonces un departamento decorado con espléndidas fotos del clásico cine norteamericano), Emmanuel Carballo, Huberto Batis, Vicente Rojo y tantos otros que olvido.
Gabo y Mario
Dos grandes acontecimientos ocurrieron a mediados del año clave de 1967: la aparición de Cien años... y el Premio Rómulo Gallegos otorgado a La casa verde. Tras una creciente expectativa creada por los capítulos adelantados en revistas, más reportajes y crónicas aparecidas en distintos países hispanoamericanos, la novela de Gabo apareció en Buenos Aires en junio de 1967 (el pie de imprenta de la edición reza “se terminó de imprimir el día 30 de mayo”) y causó de inmediato una verdadera conmoción, que cambiaría para siempre el curso de nuestra literatura. La primera edición se agotó en pocas semanas y fue reimpresa varias veces ese mismo año en tiradas cada vez mayores: todo el mundo, incluso los que no habían leído antes una novela hispanoamericana, querían leerla. La gente trataba de saber quién era este autor, que se convirtió –para bien y para mal– en eso que hoy se llama una “celebridad”, un motivo de interés o curiosidad general en periódicos, televisión y radio. Conservo esa primera edición con un autógrafo de Gabo que dice: “Para Martha y José Miguel, en memoria de los días inolvidables en esta ciudad espantosa, y por la amistad que no se acaba nunca.” Lo de “ciudad espantosa” es, por cierto, una referencia a Lima, donde firmó el libro ese mismo año. Junto con el ejemplar, tuve la buena idea de guardar la carátula de la revista Primera Planacorrespondiente a la semana del 20 de junio de 1967, en la que aparece una foto a color de Gabo vistiendo la consabida casaca de leñador a cuadros en una calle presuntamente bonaerense, y al costado el titular “La gran novela de América”. Quizá por primera vez la literatura era la noticia del día –ya no solo los últimos chismes sobre bailarinas y cantantes de boleros– y nadie quería perdérsela. Ese recorte, que aún conservo, me recuerda siempre el momento exacto en el que las cosas dejaron de ser como eran.
Yo había recibido la novela desde Buenos Aires y la leí de inmediato, con la misma admiración y entusiasmo que el resto. De todas sus virtudes, creo que la primera es el tono y la perspectiva narrativa, que no cambia un ápice (aunque ocurren mil cosas diversas en ella) a lo largo de sus trescientos cincuenta páginas. Su magia estaba en que era, a la vez, simple y compleja, tramposa y transparente, rectilínea y circular, como un cuento de hadas que alguna vez nos hubiera ocurrido en nuestra vida real. ¿Cómo olvidar el perfecto acorde inicial: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”? Todo está encapsulado allí, como un rizo que la historia va a ir desenredando en un calculado juego de avances y expectativas.
Traté de razonar mis impresiones en un texto que comenzó como una simple reseña y adquirió las dimensiones de un modesto ensayo. Se titulaba “Macondo: un territorio mágico y americano”. El problema era que ocupaba dos páginas enteras del Dominical de El Comercio, donde yo era colaborador regular, lo que nunca antes había ocurrido. Semejante extensión era letal en los términos periodísticos de costumbre, y tuve que librar una verdadera batalla con Paco Miró Quesada para que autorizase su publicación. Argumenté: “Esto no es un libro: es un acontecimiento.” No solo eso: para orientación del lector se me ocurrió incorporar al texto el árbol genealógico de la incestuosa y larga estirpe de los Buendía con su sistemática repetición de los nombres Arcadio y Aureliano; ese diagrama fue aprovechado por otros críticos, que tal vez no sabían quién era su autor ni cuál era la fuente, y hasta ha sido incorporado incluso en edición conmemorativa que la Real Academia Española hizo de la obra. Finalmente, logré convencer al director del Dominical y el artículo apareció tal cual y, por sus mismas dimensiones físicas, llamó un poco la atención; lo supe porque amigos y desconocidos me llamaron para preguntarme dónde podían conseguir la obra.
Un año antes, en 1966, Mario había publicado La casa verde, en Barcelona. Era su segunda novela y superó las expectativas que ya había despertado con la primera; de hecho, es indudable que es una de sus obras maestras y un claro indicio de las proporciones épicas y abarcadoras de su proyecto narrativo general. Cuando el jurado del Premio de Novela Rómulo Gallegos, establecido en Caracas, así lo reconoció, casi nadie se sorprendió, pues su virtuosismo y hondura la habían convertido en un paradigma de la década. El premio acababa de crearse, en homenaje a los ochenta años del venerado Rómulo Gallegos, para distinguir cada cinco años a la mejor novela escrita en castellano (como era la primera vez que se otorgaba solo se consideró la producción del trienio 1964-1966). La recompensa económica era considerada entonces muy alta: 22,000 dólares. Tras el anuncio del fallo a fines de julio, se realizó una ceremonia para la entrega del premio. El acto fue un acontecimiento desbordante que nadie pudo ignorar, gracias sobre todo al estilo apasionado y la atmósfera, casi eléctrica, que el temperamento caraqueño le imprimió: todo fue tumultuoso porque, al lado de los escritores e intelectuales, estaba el público general y los curiosos que no querían dejar de ser parte del acontecimiento del día. La noticia era doble: el premio de Mario y la presencia de Gabo, ya cubierto de gloria tras Cien años... Lo sé bien porque tuve la suerte de ser invitado a la ceremonia y me vi envuelto en el mar de gente que se peleaba los mejores asientos; allí pude reencontrarme con mis dos amigos. Esta ocasión, en la que al fin ellos se conocieron personalmente, puede considerarse como el primer gran acto celebratorio del llamado boom como algo difícil de ignorar.

El discurso
La noche del 4 de agosto fue como una apoteosis, bulliciosa y casi delirante, de la que participó todo Caracas o poco menos. Existía además una gran tensión respecto a lo que diría Mario en su discurso al recibir del premio. Había un contexto político que no podía ignorarse alrededor de la ceremonia literaria; por un lado, Mario y Gabo estaban, como ya dije, alineados en defensa de la Revolución cubana y no perdían ocasión de hacerlo notar; por otro, Venezuela atravesaba un período difícil, con una violenta guerrilla apoyada o financiada por Cuba como parte de una estrategia continental. ¿Cómo iba a manejar el galardonado su lealtad revolucionaria al socialismo cubano sin provocar una situación ingrata o bochornosa en una sala llena de dignatarios y autoridades del gobierno venezolano?
Mario logró aislarse por unas horas la noche anterior para darle los toques finales a su texto, que todos esperábamos casi aguantando la respiración. Poco antes de la ceremonia, me crucé con Gabo, quien había leído la versión final. Le pregunté que qué le parecía. “Es perfecta”, me contestó, sin revelar nada del contenido. Hoy, a la distancia de más de cuarenta y cinco años, puede decirse que ese texto tiene dos cualidades contradictorias: muestra que sus convicciones profundas como novelista siguen siendo básicamente las mismas, al mismo tiempo que el cambio radical que han sufrido sus ideas políticas. En eso reside precisamente su importancia definitoria de un momento preciso de nuestro acontecer literario, histórico y social; es decir, nos permite ver que el escritor es el de siempre y es distinto. Lo hizo, además, en un tono cuyo equilibrio entre pasión y lucidez era –como me había anunciado Gabo– perfecto. Para defender su causa, Mario eligió como paradigma a Carlos Oquendo de Amat, un poeta peruano de vanguardia casi totalmente desconocido fuera de su país (desde entonces no lo fue más) que escribió un único y bello libro titulado Cinco metros de poemas –cuyas páginas plegadas formaban una especie de acordeón anticipatorio de Blancode Paz– y que, fiel a su convicción revolucionaria, había llegado a España a pelear al lado de los republicanos, tras lo cual sus rastros se perdieron por mucho tiempo. Era una hermosa parábola de la doble fidelidad del escritor a su oficio y a su responsabilidad social, a las que debe entregarse sin concesiones. Al invocar esta historia trágica y “aguar mi propia fiesta”, Mario quería subrayar, en medio de la celebración y los elogios, que la sociedad trata de seducir al escritor haciendo de él un conformista o lo margina a un rincón muy oscuro de ella misma; pero no importa cómo, el escritor debe perseverar y ejercer su oficio de la única manera posible: “como una diaria y furiosa inmolación”. Así, el autor, rodeado de todo el establishment venezolano, le informaba –con cortesía pero con firmeza– que el premio no lo iba a acallar y que tendría que aceptar la difícil situación de estar homenajeando a alguien que no pensaba precisamente como la mayoría de ellos. Los aplausos fueron tempestuosos. Apropiadamente, el discurso, que fue publicado en muchas partes, adquirió el título que le impuso Mundo Nuevo: “La literatura es fuego”. Aparte de definir las responsabilidades del escritor frente a su oficio y la historia de su tiempo, el texto debe considerarse también una sólida reafirmación de la literatura como una conducta, como un código moral que implica una renuncia a la actitud bohemia o amateurque arrastraba del pasado. Un distinto concepto había sido redefinido: la profesionalidad literaria. Los comentarios orales y escritos al día siguiente fueron variados pero abrumadoramente favorables y entusiastas: la honda convicción de esas palabras tenía una fuerza casi irresistible.
Luego vino la catarata de entrevistas, mesas redondas, crónicas, reacciones, más invitaciones. Mario no era el único centro de este interés: el otro era Gabo, que era como un ganador sin premio pues su nombre estaba en la boca de todos cuando se hablaba de novela. Como estaban presentes otros escritores (entre ellos Miguel Otero Silva, Emir y creo que Jorge Edwards), a alguien se le ocurrió convocar una mesa redonda sobre la novela hispanoamericana en el Ateneo de Caracas. El acto volvió a llenar una gran sala y reunió públicamente, quizá por primera vez, a los dos aclamados escritores. Eso me permitió comprobar algo sobre lo cual ya había tenido indicios: mientras Mario era un expositor nato, claro y organizado, Gabo –aun en esa época– rehuía ese tipo de compromisos porque se comunicaba mejor en la conversación privada e informal. (Tiempo después, en Barcelona, José Donoso diría –o dicen que dijo– una gran verdad respecto del rigor expositivo de Mario: “Además de ser un gran novelista, es el primero de la clase.”) Lo curioso es que, a su modo, Gabo también sabía brillar y vencer su curiosa timidez oral recurriendo a su prodigioso don narrativo. De hecho no recuerdo lo que dijo Mario en esa mesa redonda, pero sí la historia que contó Gabo para salir del paso. Aquí la cuento con mis palabras, o sea, irremediablemente mal: en un pobre pueblo colombiano, una mujer se levanta después de haber tenido un tormentoso sueño y dice: “Hoy va a ocurrir algo terrible en este pueblo.” Su madre la escucha y repite lo mismo en el círculo de sus amigas. Un hombre, que las ha escuchado, va al billar y reitera el vaticinio: “Hoy va a ocurrir algo terrible en el pueblo.” El cura, el barbero, el policía también dicen: “Algo terrible...” Los chicos del barrio repiten la frase hasta que todos la conocen. Al caer la tarde, la mujer que tuvo el sueño ve desfilar ante su casa una interminable procesión de gente que abandona el pueblo ante el temor de lo que puede ocurrir. La mujer confirma: “Yo sabía que algo terrible iba a pasar en el pueblo.” El relato no es parte de Cien años..., pero parece sacado de una de sus páginas. Cuando terminó de contar su historia, la gente deliraba entre carcajadas.

Cuadros deliciosos
El gran coleccionista venezolano Inocente Palacios nos invitó a una cena en su lujosa mansión donde abundaban los calders, los matisses y los picassos. La cena estuvo precedida por interminables ruedas de whisky (para los venezolanos, esta es casi una bebida nacional y la consumen con fervor patriótico), otros finos licores y los más deliciosos bocaditos; creo que pasamos horas en ese caótico festín antes de sentarnos a la mesa. Recuerdo que entre los invitados estaba Germán Arciniegas; al saludarlo, Gabo le dijo: “Tengo que darle un encargo de Marta Traba, pero en este momento no recuerdo qué era. Déjeme pensarlo un rato.” Gabo se acercó después a nosotros y nos hizo una confidencia: “Lo recordé más tarde, pero me di cuenta de que no podía decírselo a Arciniegas. El encargo de Marta Traba era: ‘Dile que es un hijo de puta’.” El sentencioso ingenio de Gabo (bromas hechas con frases inmortales) tuvo muchas ocasiones para exhibirse, pero hay una que se me quedó grabada para siempre en medio de esos días vertiginosos. Ocurrió en esa misma cena. Después del fastuoso despliegue de bebidas y entremeses, la cena misma no pudo ser más convencional y carente de imaginación –tal vez porque la cocinera titular estaba de salida o porque había una nueva–: ensalada de lechuga y tomate, pollo al horno con papas fritas, duraznos al jugo de lata. Cuando, ya a altas horas de la madrugada y medio cayéndonos por los tragos y la fatiga, nos despedíamos de los dueños de casa, la suerte quiso que Gabo estuviese justo delante de mí, lo que me permitió escuchar lo que le decía a la señora Palacios: “Señora, sus cuadros han estado deliciosos.”
Hubo para Mario y Gabo una invitación a la provincia de Mérida mientras estaban en Caracas, invitación que también recibí junto con algunos otros huéspedes extranjeros. La celebración del premio continuó en la montañosa provincia agitada por la presencia de esas dos grandes figuras, con más actos, entrevistas y recepciones. El único recuerdo vivo que me ha dejado esa visita es el curioso hecho de que, por motivos que nunca pude entender, nos colocaron a Mario, Gabo y a mí en una misma inmensa habitación, rodeada por jardines, con viejos catres de hierro y austero mobiliario. ¿Tal vez porque pensaron que éramos muy amigos? No lo sé, pero lo cierto es que cuando nos retiramos a esa pieza con dimensiones casi tan grandes como patio de convento, charlamos por horas pese a nuestra fatiga, hasta que, ya pasada la medianoche, nos derribamos en nuestros respectivos camastros hasta el día siguiente. El primero en despertar fue Mario, lo que provocó el inmediato comentario de Gabo: “El cadete Vargas Llosa se levanta siempre con la diana.” Y todavía echado en su cama, lanzó un grito al aire: “¡Café! ¡Café!”, como si alguien pudiera oírlo.
Nuestra peregrinación conjunta continuó cuando a Gabo se le ocurrió que debíamos acompañarlo a Bogotá, donde no le fue difícil conseguir invitaciones para nosotros. Los viajes en avión lo asustaban bastante en esa época; observando el dudoso aspecto del aparato que nos llevaría a su tierra, me dijo: “No está probado que estos aparatos vuelen...” En un momento, al subir, Mario se separó de nosotros y Gabo pudo hacerme una confidencia que nunca he revelado: “Mario no es mi amigo: es mi hermano.” En pleno vuelo, Mario me mostró el tubo forrado en terciopelo –que no soltaba para nada– con el diploma y creo que la medalla correspondientes al premio, y luego el jugoso cheque que lo acompañaba. Me dijo: “¿Sabes lo que significa esto? Por lo menos dos años sin hacer otra cosa que escribir.” En efecto, poco después renunciaría a su puesto en la Radiodifusión Francesa, que le había permitido sobrevivir durante sus primeros años en París. No puedo afirmar con certeza si en esa misma ocasión o posteriormente me contó una historia secreta tras la entrega del premio. Los cubanos, creo que a través de Carpentier, le hicieron una insólita propuesta: la de anunciar públicamente que entregaba el dinero íntegro a la causa de la revolución en América Latina, con el compromiso de la dirigencia cubana de darle el mismo dinero en una operación privada. Sospecho que la propuesta debió haber incomodado a Mario por el doble juego que implicaba; rechazó la oferta aunque sin hacer escándalo. ¿Habrá comenzado allí mismo su malestar con la política cultural cubana? Lo que bien sabemos es que la crisis demoró unos años más.
Cuando llegamos a Bogotá, la gente nos recibió a todos con entusiasmo, pero a Gabo con júbilo patriótico. El Espectador traía la noticia de su llegada en primera página y un editorial titulado “Bienvenido, Gabito”. Pasamos allí unos días intensos y divertidos; una de las cosas que más recuerdo es el extraño amanecer de Mario, que nos lo contó mientras desayunábamos. Cuando se despertó, todavía entre las nieblas del sueño, le pareció notar que había alguien en su cuarto, sentado en un sillón al costado de su cama. Se alarmó, prendió la luz, preguntó quién era. Era un periodista, que pidió disculpas, con la característica cortesía colombiana, por esta invasión de su privacidad y le dijo que había sido encargado de hacerle el primer reportaje en la ciudad “antes de que le caiga la ‘lagartería’”. El tipo había sobornado a un botones para introducirse clandestinamente en su cuarto al amanecer. No sé cómo hizo Mario para hacerlo salir a montar guardia afuera mientras se duchaba y vestía. Gabo celebró con carcajadas la increíble historia y nos explicó que “lagarto” es, en su país, el pesado, el tonto impertinente; y agregó: “Lo más importante es entender que el lagarto nunca sabe que es lagarto.” Siempre he pensado que esta es una gran verdad y que el periodismo alberga a una buena cantidad de ellos. (Una vez, un periodista se acercó a mí después de haber dado una conferencia para pedirme que le hiciese un resumen de ella. Cuando le pregunté por qué no vino a escucharla, me contestó con gran sinceridad: “Era el cumpleaños de mi hijo.” Creo que le hice un resumen lo más disparatado y breve que pude.)
Esta ya larga crónica de Gabo, Mario y yo tiene su punto culminante en Lima. Como ya he contado [en otra parte], yo era por entonces director de Extensión Cultural de la Universidad Nacional de Ingeniería, cargo que me propuso desempeñar su nuevo rector el arquitecto Santiago Agurto, un hombre de contextura recia, voluntad de hierro y sensibilidad para el arte, que se convertiría luego en un buen amigo mío. Un día, paseando por el campus donde había obreros manejando maquinaria pesada, señaló a un bulldozer y me dijo: “No sabes cómo me gustaría manejar ese aparato.” Santiago transformó la universidad, que yo nunca antes había pisado y donde ya trabajaba Abelardo enseñando lengua y literatura, en un lugar donde había cabida para las artes y humanidades. Más tarde lograría algo casi imposible: que el poeta Emilio Adolfo Westphalen, que apenas salía de su casa en un viejo Jaguar que manejaba con una prudencia peligrosa en el salvaje tráfico limeño, dirigiese la que sería la mejor revista cultural peruana de la segunda mitad del siglo: Amaru, que circuló entre 1967 y 1971.
Gabo se esconde
En septiembre de 1967, sabiendo que nadie se atrevería a objetarlo “ideológicamente”, se me ocurrió organizar un diálogo sobre novela entre Gabo y Mario, aprovechando que el primero pasaba de viaje por Lima y que Mario se encontraba también allí, tras el nacimiento de Gonzalo, su segundo hijo. El campus estaba en una zona alejada de Lima, rodeada de barriadas miserables y feas construcciones industriales; el único lugar disponible era el auditorio de Arquitectura, con duras sillas de madera, un suelo polvoriento y paredes pintarrajeadas con propaganda política. Sabía que, pese a todo eso, habría mucho público estudiantil, pero no estaba preparado para lo que realmente ocurrió. Yo había instalado a Gabo en el Hotel Crillón, entonces floreciente, y le dije que pasaría con tiempo a recogerlo y hacer el largo viaje hacia la universidad, mientras alguien se ocupaba de Mario. Sabiendo de los resquemores de Gabo en compromisos públicos como ese, yo había rebajado la importancia del asunto diciéndole que todo lo que tenía que hacer era charlar con Mario, sin pensar en la audiencia. Cuando lo llamé a su habitación, no contestó nadie; pedí que lo llamasen al bar o al lobby. Nadie apareció. Esperé, un poco preocupado, que algo pasase y di vueltas cerca de la entrada el hotel pensando que había salido y que estaba retrasado. En una de esas vueltas, rodeé una de las gruesas columnas del lobby y vi a Gabo semiescondido detrás de ella. “Esperaba que no me encontrases”, dijo decepcionado de que hubiese dado con su escondite: estaba realmente tenso y quizá con ganas de no ir al compromiso. Lo arrastré como pude.
Cuando nos acercamos al auditorio, había una gran multitud expectante e inquieta. En medio de ese mar humano, un hombre de aspecto distinguido, impecable traje azul y camisa blanca, se acercó a él y se presentó: “Soy el embajador de Colombia.” En ese momento, me di cuenta de que no habíamos reservado asientos para nadie. Cuando entramos, el ambiente hervía. No solo no había ningún asiento libre, sino que algunos habían traído sus propios bancos o taburetes y bloqueaban entradas y salidas. Recuerdo que algunos atléticos estudiantes se habían puesto en puntas de pie en el borde de esos mismos bancos para alcanzar con las yemas de los dedos una viga de la cual precariamente se sostenían; estuvieron así durante dos horas... Miré desconsolado al embajador y le ofrecí un lugar privilegiado: el asqueroso suelo del mismo estrado, que él aceptó con gran dignidad y gratitud.
Presenté brevemente a los dos y los dejé frente a frente. No tiene ningún sentido que resuma aquí lo que fue ese diálogo porque la versión grabada fue publicada al año siguiente bajo el nombre de los dos y con el título La novela en América Latina: diálogo. Un día, mucho tiempo después, pensando que era solo una coedición universitaria con un editor local, de escasa circulación, le dije a Mario que ese libro era inencontrable. Me sacó de mi error: “Es el libro que más nos han pirateado”, precisamente porque el carácter doméstico de la edición permitía la total impunidad.
Solo me referiré a un episodio entre la larga serie de preguntas del público que siguió al diálogo. Un hombre joven, con un tono algo arrogante, elogió la novela pero se quejó ante Gabo de que casi todos los personajes masculinos se llamasen Aureliano o Arcadio, lo que –según él– complicaba innecesariamente la lectura. Gabo esperó unos segundos y le preguntó: “¿Cómo se llama usted?” “Enrique”, contestó el interrogador. “Como su papá, ¿verdad?”, replicó Gabo al instante y la sala se vino abajo en carcajadas. En efecto: nuestros nombres suelen ser una mezcla de reiteraciones y variantes: yo me llamo José Miguel porque mi padre se llamaba Grimaldo Miguel y mi tío materno José Francisco; hay dos “Gabriel” en la familia de Gabo, por decisión de la madre cuando el primero, Gabo, se fue de la casa y sintió la necesidad de tener otro con el mismo nombre; mi segundo hijo se llama José Gabriel por mí y por Gabo, etcétera.
Hay un último documento de ese encuentro: la foto que un periodista nos tomó en el aeropuerto de Lima, cuando Gabo y Mario partían con rumbos distintos, acompañados por Mercedes, Patricia, Martha y yo, que fuimos a despedirlos. Con esa foto se cierra el momento en el que estuve físicamente más cerca de Gabo, y bien puede cerrar también este capítulo sobre una década digna de ser recordada y en la que –al parecer– todos éramos felices. ~