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domingo, 13 de mayo de 2012

Por qué queremos tanto a Mario

Por Juan Cruz

Hay algo muy importante acerca de Mario Vargas Llosa, que reúne en su personalidad tantas cosas importantes. Ese algo tan importante que lo envuelve es la sencillez. Lo han calificado con todos los calificativos, los buenos y los malos; lo han acusado y lo han recusado; y también lo han glorificado. Entre los premios que ha recibido está el Nobel, que subrayó una literatura fuera de serie, testigo singular de su país y de sus países, pues es un escritor plenamente latinoamericano, aunque Europa (Francia, Inglaterra, sobre todo España) sea parte singular de su corazón cosmopolita y a la vez enraizado. A sus 76 años ha recorrido todos los puertos y ha visitado todos los aeropuertos; se ha encontrado con grandes mandatarios, que ahora lo reclaman más que nunca, y los escritores y los editores se lo rifan como compañero de baile e incluso de boda. Los periodistas lo buscamos también, a veces tan sólo con la excusa de preguntarle lo que el cotilleo profesional ya le preguntó un millón cien mil veces.
Empezó en el sueño de la literatura creyendo que vivía en el paraíso de los versos prohibidos, pero sobre todo en el paraíso de la madre, hasta que descubrió la literatura de verdad, la que visita el paraíso por detrás, y fue cuando supo que el jardín de la madre era un jardín doblemente habitado. Le preguntaron un día, en 1990: ¿Y por qué escribe? Dijo: «Para huir de la pena». Siempre pensé que jamás nadie hallaría de él una respuesta tan plena. El descubrimiento del padre como figura que iba a romper su idilio con el ensueño fue a la vez un castigo y una puerta, pues desde que se produjo ese encontronazo ya Mario Vargas Llosa, el Marito de entonces, tuvo que luchar contra la pena, para escapar de ella, para hallar en el fondo de los infiernos que suscita la vida materiales con los que edificar, a base de ficción (la verdad de las mentiras), nuevos paraísos, distintas vías de escape.
Al descubrimiento difícil del padre sucedieron los encuentros más placenteros, aquellos que le abrieron las puertas a los maestros: los suyos, los de Lima, pero también los parientes, pero sobre todo las lecturas, que empezaron a regar sus senderos que se bifurcaban con piedras a las que siempre ha regresado: Sartre, Camus, Malraux, Shakespeare, Cervantes, Onetti…, y así una amalgama en la que se alternó todo, las espigas y los trigos suaves, la poesía de Góngora y el polvo terrenal de Faulkner.
Se hizo, la vida lo hizo así, un hombre de la cultura; escribió en seguida libros en los que latía la ficción pero donde estaba también la no ficción, su propia vida traspuesta, desde La ciudad y los perros o Los cachorros hasta la muy reciente Las travesuras de la niña mala, pasando por la excepcional Conversación en la catedral, que es donde da comienzo su literatura comprometida con el mundo y con su país, y que lo consagró como un escritor de cuyo estilo no había dos. La vida lo condujo sucesivamente a luchas ideológicas y de pensamiento que lo pusieron en el lado de allá de lo que entonces era básico en la conversación contemporánea; la diatriba de Cuba (Revolución sí, Revolución no) destruyó amistades y viejos compromisos intelectuales. Como era tan fácil trazar la frontera para que el cristal cayera partiendo la crisma de los disidentes, a Mario le cayó toda una cristalería, y lo pusieron en el lado de los reaccionarios.
Luego vino la política propiamente dicha, y Mario halló ahí un frágil caballo de batalla, pues su opción política se fue deshaciendo, a veces por su ingenuidad de escritor que no maneja los hilos de ese otro oficio, y a veces porque él nunca se acostumbró a la marrullería que entonces parecía la marca de la política electoral peruana. Regresó de ese fracaso siendo un hombre asaltado, otra vez, por la melancolía que se encuentra más acá del paraíso, y durante algún tiempo paseó su desengaño entrando en un libro que yo aconsejo como un breviario para entenderlo: El pez en el agua. En ese libro está aquel Mario perplejo al descubrir que su padre muerto estaba vivo, y por tanto lo iba a sacar del paraíso, y derruido en sus ilusiones más patrióticas al descubrir que su idea de llegar a la presidencia de Perú era una utopía llena de zarzas. El estilo del libro era el estilo del hombre; parecía dictado por el crío que fue, y era tan noble en sus confesiones y en la crónica de sus propios disparates, era tan enorme ese autorretrato, digo, que el libro pasó desapercibido. Tengo mi teoría: ahí se presentaba ese ser sencillo del que la gente no habla, el habitante perplejo de todas las geografías, el tipo capaz de recorrer todo el mundo para apuntar un dato fiable que le deje escribir de verdad la ficción que se le ha ocurrido o el periodista que prefiere contar la guerra viéndola y no leyéndola en los periódicos.
Pero a ese tipo sencillo al que muchos quieren (queremos) tanto tuvo encima durante tantos años tantos sambenitos que era preferible ponerlo en el desván de los olvidados. Y por eso recibió la maldición de la maledicencia, y ahí estuvo, por un rato, en un purgatorio que a él no pareció afectarle demasiado. Hasta que apareció su novela más vibrante, acaso la mejor de su segunda época (la primera época fue la de Conversación…). La fiesta del chivo convirtió a Mario otra vez en un punto de referencia al que tuvieron que rendirse tirios y troyanos, ya no pudieron resistir los tópicos que cayeron sobre el personaje en función de su supuesto pensamiento de derechas.
La combinación de esos dos libros, Conversación en la catedral y La fiesta del chivo, fueron la piedra de toque sobre la que giró la conversación de los académicos del Nobel.
Un tipo que ha escrito esos dos monumentos de la ficción-no-ficción contemporánea era alguien que había rascado al fondo la pena de ser; había abrevado, para llegar a esa estatura moral de la literatura, en gente como Camus, Sartre y Malraux, y su formación se completaba con la calle, a la que sigue bajando como un obseso. ¿Cómo no iba, pues, a contar la epopeya contemporánea, la lucha del hombre contra el poder, conservando la certeza de que el alma no está sola en esa batalla si existe el consuelo de la palabra?
Su vida es la de un intelectual esforzado, y sus premios son los eslabones de sus merecimientos. Le premian en Suecia, en México, en Argentina y en Las Palmas de Gran Canaria, por ejemplo. Y como esos entorchados le caen sobre su chaqueta oscura de caballero del día y de la noche, la gente cree que eso lo envanece, lo hace más distante, más cercano a los astros que al suelo. Y no, eso no es así. Lo saben los jóvenes que se acercan a él con sus manuscritos, lo saben los periodistas que lo entrevistan, los estudiantes que le piden consejo sobre las escrituras incipientes, y lo saben quienes se sientan con él en las bibliotecas públicas, en los bares de Madrid o de Lima donde escribe con su bolígrafo-fetiche. En un universo donde el escritor se pone el ego como un escudo que lo salva pero también lo hunde, Mario Vargas Llosa sigue siendo aquel muchacho que, yendo de paseo con su madre, encuentra que el paraíso se diluye, y luego trata de reconstruirlo escribiendo y preguntando, como si estuviera tratando de desandar el camino que lo lleve otra vez a ser aquel niño que fue. Porque muchas veces se le ve en ese tránsito hacia ese niño que fue muchos queremos tanto a Mario Vargas Llosa.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

EL PERÚ SOY YO


Después de leer diversos artículos sobre la vida y obra de Mario Vargas Llosa, a raíz de recibir el Premio Nobel, no queda duda de que se trata de un peruano de pura cepa. Durante la campaña de 1990, curiosamente se vendió la idea de que era un peruano a medias, alto, blanco y pituco, radicado en Europa, que desconocía los dramas de su terruño. En cambio, Alberto Fujimori era presentado por la prensa oficial como un peruano auténtico, que conocía de nuestra idiosincrasia y se desenvolvía como pez en el agua en costa, sierra y selva. Nada más falso. Mario Vargas Llosa es, como él mismo lo afirma, el Perú.
El rey sol, Luis XIV, fue quien dijo: "el Estado soy yo", pero lo dijo como si fuese una apropiación del estamento político por naturaleza. "El Perú soy yo", pronunciado con emoción por Mario Vargas Llosa, alude a la idea de nación, a la diversidad cultural que nos constituye. Representa la figura del recipiente, que recibe una vasta tradición, una lengua que almacena, recrea y revive en la polémica intelectual.
La identidad, la historia y la posibilidad de futuro es un tema que nos concierne y ha sido abordado, como corresponde, en la obra de Mario Vargas Llosa. De todos los escritores peruanos solamente con uno mantiene una relación entrañable: con José María Arguedas, quizá el compatriota más sufrido y humillado, el único que tuvo una visión interior del indio. "Un escritor responsable –afirma Vargas Llosa– escribe siempre a partir de una experiencia y los modernistas no tenían la menor experiencia de lo indígena".
Si Zavalita, su personaje más cercano, es Vargas Llosa, su drama equivale al drama del Perú y el drama del Perú es el suyo propio. "Él era como el Perú, Zavalita, se había jodido en algún momento. Piensa: ¿en cuál?". "El Perú jodido, piensa, Carlitos jodido, todos jodidos. Piensa: no hay solución". Las reflexiones son ambivalentes, pues provienen tanto del narrador como del personaje, eso no queda del todo claro, pero lo cierto es que la interrogante atraviesa tanto el destino del país como el de Zavalita en un acoplamiento desgarrador.
Mario Vargas Llosa nos lo ha recordado una vez más: ser un peruano de corazón, un peruano bueno, significa hacerlo a través de nuestros ríos profundos, aquellos vasos comunicantes que permiten acercarnos a ese tronco común y existir, querernos y respetarnos.
Fuente: Abelardo Sánchez León (El Comercio, Lima)

jueves, 9 de diciembre de 2010

El día que Zavalita resucitó en Estocolmo 'El pez en el agua'

Peter Englund, secretario perpetuo de la Academia que concedió el Nobel a Mario Vargas Llosa, el hombre que le dio la noticia y que este martes le presentó ante el auditorio que escuchó su discurso marcado por las lágrimas, nos dio, antes de que hablara el Nobel, algunas claves que subyacen en las palabras que al mismo Vargas Llosa hicieron llorar.
Nos dijo Englund, en su despacho de la Academia, que, cuando sus compañeros discutían la candidatura de Vargas, él les dijo: "Lean en paralelo Conversación en La Catedral y El pez en el agua".
Englund, de 53 años, es académico desde 2002; es historiador (su último libro, sobre la I Guerra Mundial, está a punto de ser publicado en España); ha enseñado narratología, es un lector apasionado y resulta que, leído ahora el discurso del Nobel, ambas obras cuya lectura aconsejó a sus compañeros subyacen en el espíritu de la alocución emocionada del escritor peruano.
Conversación en La Catedral es la raíz histórica de la preocupación literaria del Nobel por la política y por su país, y El pez en el agua es la explicación escrita de una ansiedad autobiográfica, explicativa, que ha explotado en Estocolmo y en la que Mario cifró, a principios de los noventa, su resurrección literaria tras el fracaso político. En aquel libro que Englund mencionó como clave a sus colegas está "la esencia sentimental", como dice su hijo Álvaro, de la parte más política del discurso del Nobel, aquella en la que recorre las relaciones de su autobiografía con lo que ha venido sucediendo en su país y en el mundo ("En qué momento se jodió el Perú, Zavalita"); como si esa fuera la raíz, por otra parte, de una vocación política que le llevaría a aspirar a regir los destinos de su propio país, Conversación en La Catedral se configura como el instante en que el cadete se prepara para saber qué es eso de la política y qué es eso de las dictaduras. Y es, además, nos diría Englund, "la raíz más grande de su innovación literaria, el libro que le pone en el destino de los grandes".
Pero la vida de Vargas Llosa es una novela en sí misma, y aquí la ha contado así; cuando ya alcanza con los dedos la culminación de esa búsqueda, la política activa, el fracaso le espera en la otra esquina, y se viene a curar de él en París, en el año 1990. Ahí podría haberse quebrado, y es seguro que lo hubiera quebrado la presidencia; su hijo Álvaro dice que si su padre no escribe de inmediato, tras ese fracaso, El pez en el agua, nunca se hubiera quitado el nudo de la garganta. Ese exabrupto autobiográfico que es El pez en el agua ofrece algunas claves, desanda mezquindades, pone en su sitio a algunos elementos que "desde su propia pequeñez" juzgaron su ambición política y, sobre todo, muestra con palabras mojadas en una emoción herida lo que supone en su obra su autobiografía. Ese espíritu lo ha rescatado en Estocolmo, como si hubiera resucitado Zavalita.
En el discurso recuperó la esencia de aquel libro, y le dio otra vez la razón a un juicio con el que Englund complementó las esencias personales y literarias de ambos libros clave: "Lo que distingue a Mario Vargas Llosa es su valentía. En su valentía está la categoría de su arte, pues ningún gran artista es un cobarde".
Englund expresaba ese rasgo de Mario Vargas 24 horas antes de que este lo esgrimiera como un factor de su vida en ese discurso tan guardado de Estocolmo. La valentía. Ninguno de los títeres que siguen danzando desde el siglo XX al siglo XXI (los nacionalismos, las dictaduras, las mezquindades que sufrió mientras evolucionaba del marxismo al liberalismo democrático...) quedan fuera de su preocupación. Lo dijo todo como en un exabrupto, como si Zavalita respondiera en Conversación en La Catedral la famosa pregunta de la jodienda del Perú y como si el Mario de El pez en el agua reconstruyera pedazos que ese libro catártico no cerró del todo.
Lloró, claro; lo llevaba aguantando mucho tiempo, aunque todo estuviera, más o menos, como dice Englund, en esos dos libros que fueron decisivos en la larga historia (¿Era candidato desde los ochenta, señor Englund? "Yo creo que sí") de la candidatura del joven que fue Zavalita al premio Nobel de Literatura.
Juan Cruz (El País, Madrid)