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sábado, 1 de diciembre de 2012

La leyenda del peruano que trabaja

POR Juan Cruz Ruiz

Hay muchas leyendas sobre Mario Vargas Llosa, ese trotamundos, y sólo algunas se corresponden con la realidad de su vida. Entre éstas, que es un hombre que ha fiado su vida a la influencia del esfuerzo y al método. Alguna vez ha dicho que como no tiene talento, trabaja. Y trabaja desplegando un rigor que no admite componendas. De sol a sol, o más bien del sol de la mañana al sol de después del mediodía. Siempre se levanta temprano, corre (ahora trota, los años marcan el paso) con su mujer, Patricia Llosa, y luego, truene, nieve o haga un calor extenuante, espera, como Picasso, que la inspiración lo agarre trabajando. Su escritorio ha sido visto en todos los soportes posibles (la televisión, la fotografía, la narración de los que lo han visto ahí) es el escenario de un alcohólico del trabajo que, por cierto, bebe con moderación y no fuma nunca, aunque hubo una época en que fumó como un carretero. Ahí, en el escritorio, hay algunas metáforas de sus convicciones, todas ellas relacionadas con su amor al papel, a los libros, a los periódicos, a los cuadernos, a las plumas… No son sólo instrumentos de trabajo, pueden ser fetiches: hace años se dejó olvidada en manos de un fotógrafo de Tenerife, Carlos A. Schwartz, la pluma Montblanc de siempre, y removió todos los sistemas de transporte urgente hasta que el artilugio del que se sirve su arte fue depositado en su mesa de París. Lee, incluso cuando escribe, y subraya, subraya sin parar, como si la memoria no pudiera subsistir sin ese elemento en el que declara su fascinación o simplemente su interés o su desacuerdo. Así pues, la leyenda más divulgada sobre Mario Vargas Llosa es verdad: es un trabajador infatigable, y gracias a ello ha llevado a cabo la obra que la academia sueca consideró merecedora del Nobel, en 2010, pero sobre todo ha conseguido, como advertía en una entrevista de 1990, después de haber perdido las elecciones presidenciales a las que concurrió en Perú, “huir de la pena”. Pues todo escritor, por feliz que parezca, y aunque parezca indestructible y lo ataquen además por parecer feliz, y este es el caso, tiene en el fondo de su alma el material, que no es pluma ni papel ni mesa, inasible del que se agarra para narrar qué pasa o qué le pasa: la melancolía… De cerca, y leyéndolo, a Vargas Llosa se le puede advertir esa realidad de su espíritu, pero muchos de sus críticos la borran, para quedarse con un tópico que les conviene y que forma parte de otra leyenda, la falsa: que el autor de La civilización del espectáculo es un tipo arrogante y fatuo que desde hace mucho tiempo carece de sencillez. Eso es mentira; algunos cruzados intentamos, con éxito desigual, desmentir esa imagen, pero como conviene a los que la inventaron sigue su curso con el beneplácito (y la malevolencia) de los que la alientan. Digámoslo una vez más: si te encuentras con él, en una exposición, en la cola del cine, en la biblioteca donde escribe o en el café donde toma notas, es probable que termines siendo interrogado por él, sobre tu trabajo, sobre tus aficiones, sobre tu procedencia; y si algún colega suyo, un chiquillo que quiera escribir un libro y quiera una ayuda o un consejo, se dirige a él, en la presentación de un libro, en una firma, o en cualquiera de las otras circunstancias que ya se indicaron, es más que posible que al fin parezca que el principiante es el novelista de Conversación en La Catedral… Como esto es verdad, pues no se ha abierto paso con éxito. Pero lo digo otra vez por si alguno termina dando crédito a este desmentido de una leyenda falsa de toda falsedad. En todo caso, digamos que cuando fui a cumplir el encargo de Ñ de conversar con él sobre su último libro tan polémico sobre la banalización de la cultura ya se había ocultado el sol (casi), el escritorio lo tenía lejos, leía la prensa extranjera (por la mañana temprano lee la prensa del país donde esté, y estaba en Madrid) y escuchaba a Glenn Gould interpretando a Bach… Aquí, un inciso para los incrédulos: ¿quién, hoy, en su sano juicio, y en estado adecuado de vanidad cultural, diría que no conoce a Glenn Gould? Pocos, y gente de la cultura, tan dada a conocerlo todo antes de conocerlo, muchos menos. Pues mientras hablábamos ante el micrófono lo dijo Vargas Llosa: nunca había escuchado a Glenn Gould… Más allá, en la conversación, confesó que no había leído hasta ahora el Gibbon, que es como el chocolate de todos los desayunos de los que hablan hoy del devenir de la civilización… Son pequeños detalles de los que él no hace alarde... Porque, lo quieras o no, lo leas o no, estés de acuerdo con él o no, Vargas Llosa no anda en la vida ni presumiendo ni con otras pamplinas. Pero, ¿a quién le explicas esto si el mundo está lleno de lugares comunes y a él le llueven generalmente diluvios de tópicos que nunca trató de atajar? Porque los tópicos lo agarran siempre trabajando, y esa es la leyenda más verdadera. 

Mario Vargas Llosa: “Los bárbaros ahora somos nosotros”

El uso amoral de ciertos avances tecnológicos y los peligros que esto conlleva para la democracia, el periodismo, la lectura, la identidad individual o la cultura cada vez más banalizada, son algunas de las amenazas que el Premio Nobel peruano subraya en esta extensa charla que mantuvo en su casa de Madrid con el periodista y novelista español Juan Cruz Ruiz.

En marzo de este año, cuando cumplía 76 años, el combativo novelista de La ciudad y los perros , Mario Vargas Llosa, removió, con la autoridad de un Nobel pero también con la fuerza de un guerrillero que previene contra la banalización de la cultura, las aguas que dicen sí a todos los efectos de cualquier renovación tecnológica. Su libro La civilización del espectáculo (Alfaguara, 2012) fue recibido en medio de la crisis de los medios y de los instrumentos clásicos de la cultura, la literatura, la música, las artes plásticas, y fue visto como la intromisión de un defensor de lo clásico frente a la irrupción inevitable de un mundo nuevo. Vargas Llosa arrostró las críticas, puso en remojo los elogios (no es, y es raro entre escritores, el vanidoso que algunos pintan) y se dispuso a proseguir su lucha por advertir que él no está diciendo nada contra los avances tecnológicos, sino contra la perversión que el uso de las nuevas tecnologías pone en manos de vividores a tiempo completo de los beneficios que da la banalización rampante de la cultura. En eso sigue, y meses después regresa a su libro para destacar algunos de los elementos en que basa la vigencia de sus convicciones. El dice que ahora somos nosotros los bárbaros que queremos hacer de la cultura un fenómeno que se diluya en medio de la trituradora del consumo veloz.

Dijiste que tu libro, “La civilización del espectáculo”, era también un libro de las desapariciones, de las cosas que se suponía que podían desaparecer: el libro, la música, los derechos de autor…

…la desaparición de la identidad. Ahora he publicado en mi columna quincenal en el diario El País un artículo en el que justamente hablaba de la identidad perdida. La evolución tecnológica ha venido acompañada de un desplome absoluto de toda forma de valores y de moral, y está acabando con cosas que parecían absolutamente invulnerables, entre ellas la identidad personal.
No sé si has visto en The New Yorker una carta de Philip Roth, una carta abierta a Wikipedia. Cuenta que él descubrió cómo Wikipedia describía su novela La mancha humana de manera totalmente equivocada porque decía que estaba inspirada en la vida de un crítico de The New York Times. Y él explica en su artículo que no es así, que apenas vio a ese señor una vez, que no sabía nada de su vida personal y que la novela estaba basada en un íntimo amigo suyo al que le ocurrió todo aquello. Wikipedia le contestó que todo autor tiene derecho a hablar sobre su libro pero que mientras no hubiera otras fuentes secundarias que corroboraran lo que él decía, iban a mantener lo que ya habían publicado. Por tanto, Philip Roth ha quedado totalmente disociado de poder opinar sobre su libro porque Wikipedia llega a millones de millones de personas y da una versión de él mismo que está en contradicción flagrante con lo que él cree ser, pero no tiene el peso suficiente como para poder contrarrestar esa especie de fuerza torrencial que es la tecnología. Es un síntoma interesantísimo de cómo hoy en día puedes ser despojado de tu identidad y quedar en la impotencia más absoluta frente a eso.

Te ha pasado a ti. Tú nunca has tenido Twitter. Y muchas veces Twitter ha reproducido cosas que tú has dicho en ese sistema de 140 caracteres.

En una  Piedra de toque cuento que una señora me felicitó en una calle de Buenos Aires por otro artículo sobre la mujer que yo jamás he escrito, pero pensé que se trataba de una equivocación, que ella creía que yo era otra persona. Después resulta que me descubren ese artículo, de una cursilería absolutamente estridente, y no hay manera de que yo niegue a la fuente y de que sepa quién ha falsificado y usurpado mi nombre. Meses después aparece en Internet una diatriba de un mal gusto pestilencial contra los argentinos, que también me atribuyen a mí, algo que yo nunca he escrito y que es absolutamente perverso porque recoge cosas que efectivamente yo he dicho (críticas a Cristina F. de Kirchner, por ejemplo) y lo adoba con insultos y me hace decir vulgaridades espantosas. ¿Qué puedes hacer frente a eso? Absolutamente nada, ni siquiera hay manera de llegar a la fuente porque quien te inventa una calumnia semejante lo lanza desde un cibercafé cualquiera, no lo lanza desde su propio ordenador.
Hemos llegado a una situación en la que uno puede ser despojado de su identidad y le puede ser impuesta otra absolutamente distinta a través de una tecnología completamente amoral. Por una parte se utiliza de manera formidable para aumentar la comunicación y para combatir las censuras, pero por otra es utilizada por pillos, por gente amoral que la convierten en un arma destructiva terrible.
Creo que este es un problema cultural, no es un problema de pura delincuencia o criminalidad, hay detrás una cultura que no sólo permite estos fraudes sino que de alguna manera los alienta y los atiza porque son formas extremas, y por supuesto depravadas, de diversión, de entretenimiento.

Cuando publicaste tu libro hace unos meses dijiste que no habías hecho un libro pesimista sino preocupado. Lo que ocurre es que la realidad…
… va agravando el fenómeno, tiene unas manifestaciones mucho más peligrosas de lo que parecía. Por ejemplo, en el campo del periodismo es clarísimo. Por un lado los periódicos serios, o que tratan de serlo, van siendo derrotados por un mercado que simplemente los margina, los acorrala o los mata. Y lo que queda es un tipo de periodismo que halaga los peores instintos porque encuentra una supervivencia en el mercado.
Me parece absolutamente trágico porque el periodismo ha sido una de las manifestaciones culturales más importantes para la formación de una sociedad y si lo que finalmente lee el gran público es la prensa amarilla, lo escandaloso, la prensa chismográfica, ¿cuál es el futuro de una sociedad formada con ese tipo de alimentos “intelectuales”? Es inquietante.

Un síntoma mayor es esa noticia de que Newsweek desaparece…
…y sólo queda la edición digital.

Tú advertías de que el sistema de comunicación digital está sometido a ataques y pirateos y que el papel sigue siendo un sustento mucho más serio.
Además, no creo que sea cierto que el soporte no tenga un efecto sobre el contenido. En un momento de transición sí, cuando estás trasvasando los contenidos del papel a la pantalla, puedes pasar contenidos que tengan el mismo rigor, la misma profundidad que tenían en el papel. Pero cuando las pantallas y las tabletas hayan derrotado directamente al libro y se escriba directamente para las pantallas, creo que el contenido va a experimentar el mismo proceso que han experimentado los contenidos de la televisión, se van a simplificar y a banalizar para alcanzar al mayor público posible y ganar el mercado, simplemente.

Y para desconcentrar. Decías que las redes sociales, Internet en general, contribuyen a la desconcentración de la época y que la falta de lectores viene de ahí.
Claro, porque hay más espectadores. Esta es una cultura que crea espectadores más que lectores. No creo que la imagen y la palabra sean la misma cosa, no creo que tengan la misma función. La imagen entretiene mucho, es a veces mucho más intensa que la palabra, pero muchísimo más efímera y no estimula el esfuerzo intelectual para nada, al contrario. Mientras que la palabra, como tienes que traducirla y convertirla en conceptos y articular los conceptos dentro de un argumento, tienes un trabajo intelectual que te hace participar de la creatividad de cualquier objeto literario o artístico.
La pura imagen no tiene ese efecto, afecta muy intensamente a la emotividad, los sentimientos, los instintos, pero no a la razón, tiende más bien a embotarla. Puede ser enormemente entretenida, sin ninguna duda, pero no creo que de la imagen resulte un ciudadano con espíritu crítico, con imaginación o con una sensibilidad que puedas llamar disconforme o díscola. Creo que la imagen tiende a crear públicos muchísimo más conformistas y pasivos y ese es para mí uno de los aspectos inquietantes de la nueva orientación que tiene la cultura en nuestro tiempo.
Es verdad que es una cultura más democrática, como dicen sus defensores, y llega a un público muchísimo más amplio, sin ninguna duda, pero precisamente llega porque exige muchísimo menos esfuerzo intelectual. Al mismo tiempo, en lugar de alentarlo, aleja el espíritu crítico y tiende a crear espectadores. La sola definición de la palabra significa una cierta aquiescencia conformista.
Como espectador recibes algo, como lector tienes que actuar, salir al frente de lo que lees para transformarlo en razones, en ideas, en sentimientos o emociones. Por eso me parece tan importante que digamos que las pantallas deben convivir con los libros y no arrinconarlos y acabar con ellos.

Eso afecta directamente a los periódicos.
El papel no es sólo el papel, el papel para mí es fundamentalmente palabras que se convierten en conceptos, razones, argumentos y reflexiones, fuente primordial del conocimiento y de la evolución de una sociedad hacia formas cada vez más participativas y democráticas. La cultura del puro entretenimiento y espectáculo no crea ese tipo de ciudadanos, nos retrotrae un poco a la época del pan y circo, el gran instrumento que han tenido todas las dictaduras a lo largo de la historia para tener aplacada y domesticada a la sociedad. Curiosamente la tecnología está creando unos instrumentos que en un mundo moderno pueden permitir crear otra vez sociedades completamente conformistas.

Dices en tu libro: “El empuje de la civilización del espectáculo ha anestesiado a los intelectuales, desarmado al periodismo y sobre todo devaluado la política, un espacio donde gana terreno el cinismo y se extiende la tolerancia hacia la corrupción”. La política ha dejado de ser un fenómeno importante para ser también un fenómeno banalizado...
Y entretenido. Ese desprecio que hay hacia la política es peligrosísimo. Puedes decir que anda muy mal, que hay mucha corrupción, sí, todo esto es cierto pero empezar a despreciarla es acercarse al ideal de toda sociedad autoritaria. Todos los sistemas autoritarios o totalitarios lo que quieren es que la sociedad se adocene, sea obediente, esté entregada a sus ocupaciones profesionales, técnicas y no se ocupe de la política, que la deje a los políticos, a quienes tienen el poder. Esa es la negación y desaparición de la democracia.
La democracia no sólo puede desaparecer por golpes de estado pretorianos, puede desaparecer también por indiferencia y desprecio a la política y a los políticos. Convertir a la política en una actividad despreciable es fantástico, es resignarse a dejar el poder en manos de los vivos, los pillos y los audaces. La creación de lo que es la democracia, que es la participación, tener unos representantes a los que puedes fiscalizar a través de la crítica, de las elecciones, o sancionarlos y premiarlos a través de tu voto se puede depravar extraordinariamente con ese desprecio a la política que hoy se está extendiendo de manera impresionante.
Todas las encuestas dicen que hay un desprecio por la política, que la política es algo cada vez menos respetable y la verdad es que está siendo así porque atrae cada vez menos a la gente de mayor talento. Los jóvenes más brillantes generalmente no se orientan hacia la política, se orientan hacia la economía, la empresa, hacia profesiones donde pueden tener mayor éxito económico y la política va quedando en manos de gente menos talentosa, menos preparada, más mediocre y a veces también menos honesta. Es un fenómeno peligrosísimo y todo es un problema cultural básicamente, ni siquiera es un problema de tecnología.

También está siendo sustituida por distintas formas de demagogia y la demagogia reside también en periódicos, en televisiones o en radio. La demagogia es la falta de respeto por la razón.
La demagogia ha existido siempre pero lo importante es que tuviera como contrapartida un sector, a veces muy amplio, de la sociedad impregnada de una cultura que la defendía contra la demagogia y que permitía que la razón se impusiera siempre sobre la pasión. Pero es un fenómeno cultural, si la cultura se desploma porque se convierte en una forma más de entretenimiento, se banaliza, se simplifica y se frivoliza, la demagogia puede llegar a reemplazar enteramente a la democracia… Hay ahí un peligro de decadencia.
Estoy leyendo un libro absolutamente extraordinario, Historia de la decadencia y caída del imperio romano , de Edward Gibbon. Tenía una edición muy bonita y muy antigua, que compré en Inglaterra, pero como no puedo leer sin anotar y sin subrayar no quería estropearlo y por eso he estado años sin leerlo hasta que finalmente he encontrado una edición subrayable. Es extraordinario, desde el punto de vista literario por la maravillosa descripción de lo que es una sociedad que entra en un periodo de decadencia. He leído unas 200 páginas y con verdadero horror veo las semejanzas y similitudes con la sociedad de nuestros días. El desplome de los valores por ejemplo, que él describe maravillosamente bien, cuando ya no existe esa jerarquía entre las cosas que están muy bien vistas, aceptables, no aceptables o execrables, perfectamente claros para los romanos pero que en un momento dado empiezan a dejar de serlo y comienza a haber una confusión absoluta de esos valores.
Detrás de esto lo que viene es una especie de putrefacción que va cubriéndolo todo poco a poco, que tiene su vértice en el poder pero que llega hasta los estratos más alejados del mismo y es lo que va debilitando tremendamente al Estado. Y al final, simplemente, la invasión de los bárbaros. Es un libro fascinante para leer en esta época.

Estamos ya en el tiempo de la invasión de los bárbaros.
Los bárbaros ahora somos nosotros, eso es lo terrible. El bárbaro que todos llevamos dentro, como decía Bataille: “El ser humano es una jaula de ángeles y de demonios”. A veces prevalecen los ángeles pero ahora, claramente, prevalecen los demonios.

En tu libro, aunque como decía Víctor de la Concha es “un manifiesto moral” en el que muestras tu combatividad habitual, te paras y dices: “Lo peor es que probablemente este fenómeno [la banalización de la cultura] no tenga arreglo y lo que yo añoro sea polvo y cenizas sin reconstitución posible”. Hoy, leyendo lo de la desaparición de Newsweek, me dije: se cumple la profecía de Mario.
¡Esperemos que sea una profecía equivocada! Lo importante es estar convencido de que la historia no está escrita, que puede cambiar y que depende enteramente de nosotros. Si llegamos a ser conscientes de que ese proceso puede ser trágico para la humanidad, reaccionamos y cambiamos la orientación, es perfectamente posible. Lo que no veo son muchos síntomas de querer rectificar esa orientación sino al contrario, hay una especie de abandono del espíritu crítico, ese espíritu crítico tan importante para que la cultura tome otro sesgo, empiece a renovarse a sí misma, a rejuvenecer y a cobrar otro tipo de ímpetu.
Desgraciadamente yo no lo veo, quizá esté ahí pero yo no percibo esos síntomas sino un gran conformismo respecto a lo que está ocurriendo, y lo percibo al mismo tiempo con mucha inquietud y desesperación porque la situación es muy difícil, con terribles sacrificios que hacen que la gente esté abrumada y desconcertada. Pero al final, lo que mejor te permite enfrentar ese tipo de desafíos es la cultura, te da unas armas para enfrentarte a ellos de una manera más creativa. Creo que enfrentar la crisis con el caos o la anarquía no resuelve los problemas.

Decías que las sociedades totalitarias siempre vieron la cultura como una amenaza o un peligro. Lo que es extraordinario es que la sociedad democrática ha hecho exactamente lo mismo.
Exactamente. Y de una manera no premeditada, esto no ha sido premeditado por nadie, ha habido una evolución que nos ha ido empujando en una dirección en la que estamos sacrificando las mejores conquistas de la humanidad, la libertad, la democracia, la creación de un individuo más o menos soberano que puede elegir su propio destino… Todas estas son las grandes conquistas de la cultura y fundamentalmente de la occidental, no hay que tener complejos y decirlo.
De pronto todo esto está siendo amenazado desde dentro por fenómenos que tienen que ver curiosamente con el progreso, el gran progreso tecnológico que ha traído beneficios admirables, pero al mismo tiempo con el desplome de cosas muy importantes que sujetaban, que eran una especie de armazón invisible del progreso de la sociedad. Lo puedes llamar de distintas maneras pero básicamente creo que son valores, jerarquías, órdenes de prelación que tienen que ver con la conducta y con ciertas actitudes de respeto que han empezado a descalabrarse de una manera casi insensible hasta que de pronto nos hemos encontrado con que ya están ahí.
Es lo que ha ocurrido con España, un país que había deslumbrado al mundo por la sabiduría de una transición pacífica, tan rápida que convierte a un país pobre en un país próspero, a una dictadura en una democracia moderna y de pronto, de la noche a la mañana, se ve envuelta en una crisis que no entendemos. ¿Qué ha pasado en este país que es un ejemplo para que el ejemplo derive en una crisis espantosa que parece no tener fondo? No encuentras explicación, nadie lo explica, todas las explicaciones son superficiales o coyunturales, pero una explicación profunda de qué es lo que ha pasado con España no la da absolutamente nadie. Yo no la he encontrado.
Has declarado que quizá seguir leyendo, leer a Proust, a Gide, a Kant, a Popper…
...o a Borges…
O a Borges…, sirva para que la sociedad del futuro, esta sociedad, sea menos infeliz de lo que es hoy pero que también puede servir para interpretar qué nos pasa. Si supiéramos más, si leyéramos más, quizá nos entenderíamos mejor.
Entenderíamos mejor lo que nos pasa y podríamos reaccionar de una manera más eficiente frente al problema que vivimos. Para esas cosas sirve la cultura, esa es la gran función de la cultura, divierte también, por supuesto, cómo no va a divertir leer un buen libro, ir a ver una exposición o un concierto, pero es que la función de largo alcance de la cultura era darte respuestas frente a esas grandes incógnitas de las que está hecha la vida, y para darte por lo menos una preocupación respecto a esa problemática, lo que ya es una manera de buscar soluciones a la misma.
Leer buena literatura, escuchar buena música, ser sensible a las artes plásticas, significaba que tu horizonte crecía de una manera muy notable, que entendías muchísimo mejor las imperfecciones humanas, las mediocridades, las visiones pequeñas o los prejuicios. La cultura te daba esa visión enriquecedora de la existencia, mejoraba muchísimo tu relación con los demás y hacía que rompieras ese estrecho caparazón de la ignorancia. Si la cultura se convierte en pura diversión, en puro entretenimiento, la función que tenía no la llena nada porque puedes tener una tecnología avanzadísima que te permite hablar con Nueva Guinea y enterarte al mismo tiempo de lo que pasa en las Antípodas, pero al final no te arma, te entretiene pero es pasajero, efímero. Si no preservamos la cultura “tradicional” va a quedarnos un vacío terrible del que pueden resultar toda clase de catástrofes.
Dices que no se puede leer a Flaubert sin darse cuenta de que el mundo está mal hecho.
Así es. Escuchas una sinfonía de Mahler o escuchas a Bach tocado por Glenn Gould y descubres lo que es la belleza y también lo que es feo. Son diferencias muy importantes que mejoran extraordinariamente tu vida. Si eres capaz de percibir la belleza y detectar más rápidamente la fealdad, educas la sensibilidad de forma extraordinaria y te sirve para todo, para las relaciones humanas, para que a la hora de enamorarte vivas el amor de una manera mucho más intensa, más rica, más profunda que hace que ese amor sea menos superficial y no sólo algo puramente subordinado al momento del instante.
La cultura abarca todo, abarca enteramente la vida en sus expresiones mínimas y en las más complejas, no es una forma de llenar el ocio, no, es algo que tiene efecto directo y muy profundo en todas las cosas importantes de la vida humana. Creo que era muy claro en el pasado. Aunque todo el mundo no podía acceder a la cultura, desgraciadamente, y llegaba a minorías, esas minorías por lo menos eran muy conscientes de la importancia que tenía.
Esto es lo que se está perdiendo y creo que muchas de las crisis espantosas que estamos viviendo, que nos dejan totalmente aturdidos y desconcertados, vienen de esa carencia, de ese vacío que resulta de convertir la cultura en un entretenimiento pasajero.

Te indignaste con el proceso de banalización de las artes plásticas. Destacas en tu libro ese proceso como distintivo de los efectos de la civilización del espectáculo.
Porque es lo más visible. Ocurre en todos los campos pero creo que en las artes plásticas es donde el embauque es más flagrante, donde vividores completamente amorales se convierten de pronto en las figuras icónicas de la época. Ahí es clarísimo el fraude, el embuste y el extraordinario papanatismo al que hemos llegado.
Pero no es un fenómeno que se pueda concentrar en las artes plásticas, se da prácticamente en todos los ámbitos, en el de la reflexión de la filosofía, que pasa de una oscuridad que quiere parecer profundidad y no es más que una trampa, es una oscuridad puramente formal que lo que disimula es un gran vacío. Esos embustes en este mundo son perfectamente posibles porque son aceptables, se ha estimulado por el tipo de cultura que tenemos.
Es muy adecuada la metáfora de la trampa: la pisas y te caes en el hoyo…
No solamente eso, es que en el mundo de la cultura la gente parece estar diciendo: ¡Engáñeme! Y ahí tienes a los estructuralistas que te responden y te engañan (risas). Si el engaño se vuelve una necesidad, habrá gente que creará el engaño como producto cultural.

miércoles, 7 de noviembre de 2012

El canon del boom


Por:  | 06 de noviembre de 2012
Mario Vargas Llosa tiene una técnica muy propia, y muy reconocible, de hacer discursos. Se sitúa ante el atril, si lo hay, simula mentalmente que tiene delante un papel, un folio o una tarjeta, y se lanza a hablar como si mirara a un punto fijo, hacia el horizonte o hacia atrás. No hay papel alguno, ni tarjeta. Desde ese vacío pronuncia sus palabras, que a veces duran diez minutos, un cuarto de hora o 45 minutos, que es, con altibajos, su marca más habitual.
En Estocolmo, cuando recibió el Nobel en 2010, Vargas Llosa habló durante 45 minutos, y anoche, ante "los escritores embarazados" (así los llamó Armas Marcelo, director de la Cátedra Vargas Llosa) que concurren en la Casa de América y en muchas universidades españolas a la celebración del medio siglo del boom, habló también durante ese tiempo ante un atril vacío y ante cientos de personas entre las cuales estaban (como cuenta la crónica de Silvia Hernando en El País) los príncipes de Asturias...
Hay muchos discursos que el autor de La ciudad y los perros (cuyo sonido dio inicio al boom hace medio siglo) ha hecho así a lo largo de ese tiempo. El de Estocolmo lo hizo leyendo, y ahí lloró cuando habló de Patricia, su mujer, pero aquí se lanzó al vacío en el que encontró recuerdos que no le hicieron llorar pero que seguramente lo aventuraron, a veces, en una melancolía infinita, pues en 45 minutos contó toda una vida de relaciones, de amistades y de rupturas, generacionales, amistosas o políticas, que han marcado a la gente de su tiempo con uno de los estigmas contemporáneos más sobresalientes, las consecuencias de la desilusión cubana.
Ese periodo, señalado desde La Habana por el caso Padilla y sus huellas desastrosas en la experiencia de la revolución que habíamos escrito con mayúsculas, fue un punto de inflexión y en seguida un punto y aparte en la historia personal del boom para muchos de ellos. Antes, América Latina se había reconocido a sí misma, desde el exterior muchas veces, gracias a los escritores que acompañaron en el viaje del boom a lectores cada vez más sorprendidos de la capacidad que tiene la literatura para contar mundos que no existen pero que están en este.
Entre esos escritores, el propio Vargas Llosa; él fue desgranando experiencias con sus contemporáneos, desde Julio Cortázar, el primero al que conoció, hasta Gabriel García Márquez, con el que alguna vez quiso escribir un libro a cuatro manos, proyecto que se quedó en las manos de cada uno; Fuentes, que fue el más activo de todos ellos, ideó un proyecto: que cada uno escribiera la novela del dictador de cada uno de sus países... No lo hicieron, pero cada uno, es cierto, y a su manera, hizo la novela de un dictador...  El recuento de Vargas Llosa (como diría Donoso, su historia personal del boom) se extendió a escritores como Guillermo Cabrera Infante, con quien tuvo una entrañable relación amistosa y cuyos Tres tristes tigres fueron una celebración de la vida y de la risa de la noche en La Habana. 
Al final del acto cayó en la cuenta de un olvido que no se perdonó: no mencionó a Onetti. Le dijeron que como lo había citado tantas veces (e incluso lo ha interpretado, en el teatro), el viejo maestro uruguayo lo habrá perdonado desde donde observe la vida que ya no contará. Además, Onetti está, con García Márquez, Víctor Hugo y Flaubert, entre los autores que han merecido un libro del escritor que puso al boom en la pista de salida hace medio siglo. Una distancia que Vargas Llosa cubrió en 45 minutos de un discurso al que no le faltó ni una coma, aunque le hubiera faltado Onetti.

domingo, 13 de mayo de 2012

Por qué queremos tanto a Mario

Por Juan Cruz

Hay algo muy importante acerca de Mario Vargas Llosa, que reúne en su personalidad tantas cosas importantes. Ese algo tan importante que lo envuelve es la sencillez. Lo han calificado con todos los calificativos, los buenos y los malos; lo han acusado y lo han recusado; y también lo han glorificado. Entre los premios que ha recibido está el Nobel, que subrayó una literatura fuera de serie, testigo singular de su país y de sus países, pues es un escritor plenamente latinoamericano, aunque Europa (Francia, Inglaterra, sobre todo España) sea parte singular de su corazón cosmopolita y a la vez enraizado. A sus 76 años ha recorrido todos los puertos y ha visitado todos los aeropuertos; se ha encontrado con grandes mandatarios, que ahora lo reclaman más que nunca, y los escritores y los editores se lo rifan como compañero de baile e incluso de boda. Los periodistas lo buscamos también, a veces tan sólo con la excusa de preguntarle lo que el cotilleo profesional ya le preguntó un millón cien mil veces.
Empezó en el sueño de la literatura creyendo que vivía en el paraíso de los versos prohibidos, pero sobre todo en el paraíso de la madre, hasta que descubrió la literatura de verdad, la que visita el paraíso por detrás, y fue cuando supo que el jardín de la madre era un jardín doblemente habitado. Le preguntaron un día, en 1990: ¿Y por qué escribe? Dijo: «Para huir de la pena». Siempre pensé que jamás nadie hallaría de él una respuesta tan plena. El descubrimiento del padre como figura que iba a romper su idilio con el ensueño fue a la vez un castigo y una puerta, pues desde que se produjo ese encontronazo ya Mario Vargas Llosa, el Marito de entonces, tuvo que luchar contra la pena, para escapar de ella, para hallar en el fondo de los infiernos que suscita la vida materiales con los que edificar, a base de ficción (la verdad de las mentiras), nuevos paraísos, distintas vías de escape.
Al descubrimiento difícil del padre sucedieron los encuentros más placenteros, aquellos que le abrieron las puertas a los maestros: los suyos, los de Lima, pero también los parientes, pero sobre todo las lecturas, que empezaron a regar sus senderos que se bifurcaban con piedras a las que siempre ha regresado: Sartre, Camus, Malraux, Shakespeare, Cervantes, Onetti…, y así una amalgama en la que se alternó todo, las espigas y los trigos suaves, la poesía de Góngora y el polvo terrenal de Faulkner.
Se hizo, la vida lo hizo así, un hombre de la cultura; escribió en seguida libros en los que latía la ficción pero donde estaba también la no ficción, su propia vida traspuesta, desde La ciudad y los perros o Los cachorros hasta la muy reciente Las travesuras de la niña mala, pasando por la excepcional Conversación en la catedral, que es donde da comienzo su literatura comprometida con el mundo y con su país, y que lo consagró como un escritor de cuyo estilo no había dos. La vida lo condujo sucesivamente a luchas ideológicas y de pensamiento que lo pusieron en el lado de allá de lo que entonces era básico en la conversación contemporánea; la diatriba de Cuba (Revolución sí, Revolución no) destruyó amistades y viejos compromisos intelectuales. Como era tan fácil trazar la frontera para que el cristal cayera partiendo la crisma de los disidentes, a Mario le cayó toda una cristalería, y lo pusieron en el lado de los reaccionarios.
Luego vino la política propiamente dicha, y Mario halló ahí un frágil caballo de batalla, pues su opción política se fue deshaciendo, a veces por su ingenuidad de escritor que no maneja los hilos de ese otro oficio, y a veces porque él nunca se acostumbró a la marrullería que entonces parecía la marca de la política electoral peruana. Regresó de ese fracaso siendo un hombre asaltado, otra vez, por la melancolía que se encuentra más acá del paraíso, y durante algún tiempo paseó su desengaño entrando en un libro que yo aconsejo como un breviario para entenderlo: El pez en el agua. En ese libro está aquel Mario perplejo al descubrir que su padre muerto estaba vivo, y por tanto lo iba a sacar del paraíso, y derruido en sus ilusiones más patrióticas al descubrir que su idea de llegar a la presidencia de Perú era una utopía llena de zarzas. El estilo del libro era el estilo del hombre; parecía dictado por el crío que fue, y era tan noble en sus confesiones y en la crónica de sus propios disparates, era tan enorme ese autorretrato, digo, que el libro pasó desapercibido. Tengo mi teoría: ahí se presentaba ese ser sencillo del que la gente no habla, el habitante perplejo de todas las geografías, el tipo capaz de recorrer todo el mundo para apuntar un dato fiable que le deje escribir de verdad la ficción que se le ha ocurrido o el periodista que prefiere contar la guerra viéndola y no leyéndola en los periódicos.
Pero a ese tipo sencillo al que muchos quieren (queremos) tanto tuvo encima durante tantos años tantos sambenitos que era preferible ponerlo en el desván de los olvidados. Y por eso recibió la maldición de la maledicencia, y ahí estuvo, por un rato, en un purgatorio que a él no pareció afectarle demasiado. Hasta que apareció su novela más vibrante, acaso la mejor de su segunda época (la primera época fue la de Conversación…). La fiesta del chivo convirtió a Mario otra vez en un punto de referencia al que tuvieron que rendirse tirios y troyanos, ya no pudieron resistir los tópicos que cayeron sobre el personaje en función de su supuesto pensamiento de derechas.
La combinación de esos dos libros, Conversación en la catedral y La fiesta del chivo, fueron la piedra de toque sobre la que giró la conversación de los académicos del Nobel.
Un tipo que ha escrito esos dos monumentos de la ficción-no-ficción contemporánea era alguien que había rascado al fondo la pena de ser; había abrevado, para llegar a esa estatura moral de la literatura, en gente como Camus, Sartre y Malraux, y su formación se completaba con la calle, a la que sigue bajando como un obseso. ¿Cómo no iba, pues, a contar la epopeya contemporánea, la lucha del hombre contra el poder, conservando la certeza de que el alma no está sola en esa batalla si existe el consuelo de la palabra?
Su vida es la de un intelectual esforzado, y sus premios son los eslabones de sus merecimientos. Le premian en Suecia, en México, en Argentina y en Las Palmas de Gran Canaria, por ejemplo. Y como esos entorchados le caen sobre su chaqueta oscura de caballero del día y de la noche, la gente cree que eso lo envanece, lo hace más distante, más cercano a los astros que al suelo. Y no, eso no es así. Lo saben los jóvenes que se acercan a él con sus manuscritos, lo saben los periodistas que lo entrevistan, los estudiantes que le piden consejo sobre las escrituras incipientes, y lo saben quienes se sientan con él en las bibliotecas públicas, en los bares de Madrid o de Lima donde escribe con su bolígrafo-fetiche. En un universo donde el escritor se pone el ego como un escudo que lo salva pero también lo hunde, Mario Vargas Llosa sigue siendo aquel muchacho que, yendo de paseo con su madre, encuentra que el paraíso se diluye, y luego trata de reconstruirlo escribiendo y preguntando, como si estuviera tratando de desandar el camino que lo lleve otra vez a ser aquel niño que fue. Porque muchas veces se le ve en ese tránsito hacia ese niño que fue muchos queremos tanto a Mario Vargas Llosa.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Si Borges viviera...


Que Jorge Luis Borges ya no esté entre nosotros al menos permite que a nadie se le ocurra discutir su bien ganado prestigio de ser considerado unánimemente el mejor escritor argentino.

Pero si Borges viviera, otras pasiones más tempestuosas girarían a su alrededor, porque ante sus filosas ocurrencias el humor de algunos hacia el autor de Ficciones se mostraría un tanto más acuoso.

Si Borges estuviese aquí opinando, en serio o en broma, de ciertas exuberancias kirchneristas, 678 lo tendría a maltraer y la intelligentzia oficialista lo estaría castigando en declamaciones histriónicas o solicitadas henchidas de fervor gubernamental.

¿Que a Borges no le habría pasado? Si tras la asunción de Juan Domingo Perón a la presidencia de la Nación, en 1946, se lo humilló con el cargo de "inspector de mercados de aves de corral", arrancándolo de una biblioteca municipal, no es difícil imaginar qué habrían hecho con él estos hijos y nietos de la gran familia peronista fundada hace más de 60 años.

Atacar a Mario Vargas Llosa parece más fácil todavía: primero, porque es extranjero (y eso abroquela voluntades con encendido espíritu chauvinista); segundo, porque su adhesión a la democracia liberal y su declarada alergia a cualquier tipo de autoritarismo personalista lo convierten automáticamente en un enemigo al que conviene mantener a distancia. Y tercero, y crucial punto clave: Vargas Llosa ha sido muy duro y categórico a la hora de catalogar a los Kirchner. Querrían que sólo hable de literatura y no de política.

Por cierto no hay obligación, ni mucho menos, de acordar con las opiniones del último premio Nobel de Literatura en este o cualquier otro tema. Pero parece triste papel, tan luego para intelectuales, que se comploten para intentar amordazarlo. Porque de eso se trata cuando hierve un puñado de ellos para expresar su "profundo desagrado y malestar", al blandir la espada de la censura previa (aunque ni siquiera hay certeza de lo que Vargas Llosa vendrá a decirnos).

Reprueban por "inoportuna" y "agraviante" que se lo haya convocado a la apertura de la Feria del Libro porque consideran que irá en contra de "las preferencias democráticas y mayoritarias de nuestro pueblo". ¿Pero no es, acaso, el papel del intelectual ser un revulsivo de la sociedad, un atrevido agitador de neuronas que pone patas arriba los principios para ver qué tan sólidos o hipócritas son?

El intelectual que únicamente aplaude y lisonjea al poder de turno, advirtiendo alarmado sobre los que se desvían de ese monótono libreto, es un mero propagandista y ya no merece ser llamado intelectual. Menos todavía si para entrar en razones tiene que intervenir la mismísima presidenta de la Nación.

Los ahora frustrados aprontes están paradójicamente emparentados con otro tipo de represiones más nefastas que ya Vargas Llosa sufriera en nuestro país, cuando la dictadura militar prohibió su novela El escribidor y la tía Julia tan sólo porque en su trama sobresalía demasiado un personaje que hablaba muy mal de los argentinos.

Hablando de Borges, viene al caso recordar que opinaba que las dictaduras fomentan la opresión, el servilismo y la crueldad, pero que lo más abominable que hacen es fomentar la idiotez.

Si estuviese ahora entre nosotros, asistiendo a este nuevo sainete protagonizado por sus ex colegas, Borges comprobaría que la idiotez es imperecedera y atraviesa a la condición humana.

Pablo Sirven (La Nación, Buenos Aires, Argentina).

LA VERDAD DE LAS MENTIRAS

Si Borges y Onetti se hubieran juntado para describir lo que acaba de suceder con Vargas Llosa y la Feria del Libro de Buenos Aires no habrían encontrado este argumento en la mezcla de sueño y desgano con la que ambos se enfrentaron al desdén del mundo.

Pero sí, ha sucedido. No están ellos y sin embargo se ha producido este cuento. Es extraordinario, en el sentido literal de la palabra. Se piensa que estas cosas no van a pasar y de pronto ahí están, acechando a la puerta de los absurdos para ponerse en el primer lugar y abrirse paso como una más de las historias universales, y en este caso latinoamericanas, de la infamia.

Ignoro cómo se lo habrá tomado Mario Vargas Llosa; los que lo conocen bien pueden saber que cuando se produce a su alrededor una atmósfera como la que ahora se ha declarado suele mirar como si fuera con otro; lo vi en Bogotá resistir a cuerpo limpio una enorme silbatina en la que le reprochaban no sé qué palabras "ponzoñosas contra Cuba y contra Fidel". Y lo vi en muchos otros lugares girando la cabeza a ver si los denuestos de veras iban contra él. Pero nunca lo escuché responder con las mismas monedas. Nunca.

Lo que ocurre ahora es más insólito, pero él está acostumbrado a lo insólito, desde chiquito; su libro El pez en el agua está repleto de experiencias que él no entendía, y al final fueron las que lo hicieron escritor. Si ahora no entiende lo que ha pasado seguramente sacará también consecuencia literaria de lo inexplicable.

En todo caso, los que no entendemos lo que pasa somos nosotros, pues es la primera vez en la historia conocida que a un lector se le dice que no vaya a hablar a una Feria del Libro, y además a una feria de las ferias, acaso la feria más rabiosamente literaria del mundo de habla española, en uno de los países más rabiosamente literarios del mundo.

Un lector como Mario Vargas Llosa, el autor de La verdad de las mentiras , proscripto de la Feria del Libro de Buenos Aires. Eso sólo lo puede inventar, como argumento, algún ignorante suelto. Pero es verdad, ha sucedido, se pellizca uno hasta que es consciente de que ha ocurrido. En fin. Hubiera entendido que le hubieran impedido el acceso a una feria de teléfonos celulares, pues ha acreditado su inutilidad legendaria ante cualquier aparato. Pero que le quiten la palabra en una feria del libro? Me pregunto qué dirán sus colegas a los que sí han invitado cuando sepan que para entrar en ese recinto un lector como Vargas Llosa no tiene credenciales?

El ha dicho muchas veces que la literatura se basa en la ley de la mentira; digamos de momento que parece mentira, que es ficción, que la feria despertará de este mal sueño que se parece a las pesadillas de Onetti, y termine desandando el mundo de su propio disparate para darse cuenta de que con esta proclama han abierto un agujero oscuro en la reputación de esa feria excepcional.

Cuando acabo de escribir me entero de que Vargas Llosa está volando a México. De allí lo echó Octavio Paz, o casi, porque dijo que el PRI era la dictadura perfecta. Luego Paz se amistó otra vez, no quedaba otra. Este Mario, empeñado en seguir siendo él mismo.

Juan Cruz



domingo, 26 de diciembre de 2010

El escritor que nunca quiso ser otra cosa

Hubo un instante de estupor en el rostro de Mario Vargas Llosa en medio del "loquerío" que ha sido su vida desde que el secretario perpetuo de la Academia Sueca, Peter Englund, le sacó de las ensoñaciones en que le tenía metido, en la madrugada de Nueva York, El reino de este mundo de Alejo Carpentier.
Ese fue el inicio de un torbellino que no ha cesado aún pero que esa mañana del martes 7 de diciembre, cuando tenía que decir su discurso de aceptación en la sede de la Academia, hizo crack en el ánimo y en la salud del autor de Los cachorros.

Había llegado a Estocolmo el 5 de diciembre, rodeado de familiares, parientes y amigos, "para festejar", una palabra muy de los Vargas Llosa. Al torbellino, como en Nueva York, le ponía orden Patricia, la prima "de nariz respingada" con la que está casado desde hace 45 años.

Y como Patricia, la que le dice "Mario, solo sirves para escribir", no podía estar en todo, él hizo muchas cosas que no tendría que hacer un Nobel. Así que caminó por las calles heladas, sin la protección que se requeriría para una garganta que tiene que oficiar un discurso clave en su vida, dejó que los periodistas lo manejaran a su antojo y, en fin, creyó que todo el monte es orégano. Hasta que la salud se le indispuso, y él se enfrentó a la evidencia de que estaba mudo con el estupor que convirtió su cara en un poema que enunciaba una tragedia.

Ahí estaba, hundido por una afonía, el hombre que surcó el Amazonas para escribir La guerra del fin del mundo, el que se adentró como un soldado en las selvas peligrosas del Congo, el que fue a Irak a ver qué pasaba en la última guerra.

Lo sacaron a toda prisa del Grand Hotel, camino de un hospital; cuando salía estaba, en efecto, pálido, ojeroso, como si hubiera pasado por encima de él un tren de preocupaciones; hizo un gesto con la mano, pero no fue ese gesto de confirmación de que se le había fastidiado la voz del todo lo que llamaba la atención de su mirada. Era como si, desde el fondo del alma adolescente que sin duda le queda, el muchacho que una vez perdió el paraíso, para no reencontrarlo sino mucho más tarde, quizá ahora, tuviera en ese rostro blanqueado por el miedo todas las miradas de sus miedos sucesivos.

Esa era la mirada de Vargas Llosa; lo que no sabíamos es que esa mirada estaba sacada del fondo de su discurso. Su discurso (Elogio de la lectura y la ficción) es un hito histórico en su bibliografía, y no solo porque le haya servido para estar, en la lista de los que recibieron el Nobel, entre autores tan significativos para él como Camus o como Faulkner, sino porque verdaderamente ahí el creador del personaje Zavalita puso toda su carne en el asador hasta hacerse sangre, por decirlo así.

En primer lugar, era un discurso sobre el paraíso (su madre), y sobre la pérdida del paraíso (el encuentro con su padre), era un discurso sobre su encuentro con el marxismo (y con Jean Paul Sartre), y su desdén por ese sistema totalitario de la política y de la vida, y su apuesta por el liberalismo democrático; era un discurso sobre la familia, que en su caso tiene un valor determinante y sin duda simbólico, tanto en la vida, como es lógico, como en la literatura; y era un discurso sobre varias vocaciones, pero sobre todo por una vocación que le han querido discutir o ningunear para dejarlo sin patria.

Esos son nudos de la vida de Mario Vargas Llosa. Pero vayamos al nudo peruano. Cuando él perdió las elecciones peruanas de 1990 fue después de una campaña en la que se portó como un forzado y como un ingenuo. Su amigo Fernando de Szyszlo, uno de los artistas más importantes de América, y también una de sus amistades decisivas, decía en Estocolmo que aquellas elecciones las perdió Vargas Llosa porque es incapaz de mentir. Dijo lo que iba a hacer, y jamás dijo lo que la demagogia aconseja decir en periodo electoral. Eso tumbó al candidato liberal y puso el país en manos de Fujimori, que luego sería un dictador.

La pérdida electoral tuvo un efecto devastador, como la propia campaña, en la figura y en el semblante de Vargas Llosa. En París, de regreso de esa derrota, el autor de La ciudad y los perros reflejaba en su rostro el mismo estupor, pero por razones distintas, que se vislumbraba aquella mañana de pánico en Estocolmo. Aquí había perdido la voz, allí había empezado a perder (provisionalmente) la patria.

Y no fue en sentido simbólico. Los acontecimientos se precipitaron; a Fujimori le gustó tanto el poder que lo agarró enteramente, lo hizo suyo, y persiguió con saña a quienes lo contradijeran; a Mario Vargas Llosa lo buscó para quitarle la nacionalidad, y Felipe González le ofreció (y le dio) la española.

De eso habló en el discurso de Estocolmo. No suele ajustar cuentas; esta vez, igual que hizo en algunas páginas de El pez en el agua, su decisivo libro autobiográfico, ajustó cuentas, puso en su lugar a aquellos que, desde su pequeñez, le trataron de traidor... "Algunos compatriotas", leyó en su discurso, "me acusaron de traidor y estuve a punto de perder la ciudadanía cuando, durante la última dictadura, pedí a los gobiernos democráticos del mundo que penalizaran al régimen con sanciones diplomáticas y económicas...".

El discurso era, por decirlo con las palabras que él usó para escribir de Joanot Martorell, "una carta de batalla", así que prosiguió con palabras que también están, de otra manera, en aquella autobiografía: "Y lo volvería a hacer mañana si -el destino no lo quiera y los peruanos no lo permitan- el Perú fuera víctima una vez más de un golpe de Estado que aniquilara nuestra frágil democracia. Aquella no fue la acción precipitada y pasional de un resentido, como escribieron algunos polígrafos acostumbrados a juzgar a los demás desde su propia pequeñez".

No es común en él esa evocación a los demonios que cayeron sobre él en ciertas etapas de la evolución de su pensamiento político; pero ahí estaba ese Vargas también, desanudando. Porque ese era un nudo muy grave en la garganta. En Perú le persiguieron con la saña que solo es posible en la patria propia, pero Perú es su sitio; volvió años después, con Fujimori y Montesinos mandando, para hablar de La fiesta del chivo. Estuvo a punto de llorar cuando le recibieron con flores y aplausos (en las calles aún le rehuían quienes fueron próximos suyos) en una de las universidades que le acogió, dijo lo que le dio la gana en algunas televisiones controladas, y en el sótano de un hotel crítico sin freno a aquel dúo mortífero.

Lo más duro de aquel reencuentro, en lo que a hechos públicos se refiere, fue lo que le sucedió en el patio del Colegio Militar Leoncio Prado, el lugar donde su padre lo puso a estudiar "para se dejara de las mariconerías" de la poesía. Él vivió allí, hizo de escritor de novelitas por encargo, y de esa experiencia obtuvo el material autobiográfico que puede rastrearse en sus primeros libros, y sobre todo en La ciudad y los perros, que los militares quemarían en sus cuarteles y que la censura española tachó cuando Carlos Barral la premió y la publicó.

Pues en el Leoncio Prado le recibieron con desdén en aquel tiempo ominoso de Fujimori. Algún tiempo después, cuando ya aquel dúo infernal estaba en vías de encarcelamiento, fue recibido como un héroe... Y ahora es un héroe. Szyszlo, que hizo de embajador plenipotenciario de Alan García (presidente otra vez, pero ahora con modos distintos de los que le reprochó el candidato Vargas Llosa cuando García quiso nacionalizar la banca peruana, entre otras cosas) en los fastos de Estocolmo, reflexionaba con ironía sobre estos hechos que ahora resultan cargados de paradoja: le rinde pleitesía el presidente a quien se opuso ardientemente, y esto ocurre cuando están en la cárcel los que quisieron quitarle hasta la patria...

Ese nudo de la patria es muy fuerte para Vargas Llosa. Y lo tuvo ahí, en la garganta, hasta Estocolmo, precisamente. Y lo juntó con lo que más quiere, su mujer, su familia. Acaso esa relación (patria, familia), junto con la devoción literaria y la persistente vocación política, se juntaron en un sintagma fundamental para entender su vida: "El Perú es Patricia". Para llegar a esa frase, que su mujer, "la prima de naricita respingada y carácter indomable", no leyó hasta que el marido la leyó en público, desató su llanto, un sollozo que a él mismo le sorprendió.

Llora muy poco, lloró cuando murió su madre, lloró cuando murió Blanca Varela, la poeta, y lloró ahora. La evocación tenía muchas connotaciones, era el núcleo del discurso, pues en él se propuso hacer un trávelin por su vida, desde que aprendió a leer. Y ese elemento, la unión de las palabras Perú y Patricia, era mucho más que un homenaje a la patria y a la mujer: era el precipitado de una lucha, el resultado verbal de una batalla que él quería contar en Estocolmo, una especie de confieso que he vivido o de para nacer he nacido o una especie de Para que yo me llame Ángel González, el verso autobiográfico de su amigo el poeta asturiano...

Era un nudo en la garganta, lo soltó y empezó a llorar... Ya en Perú, de vuelta del "loquerío" de Estocolmo, rodeado de los agasajos de sus paisanos, que ahora lo tratan verdaderamente como un héroe nacional, me contó por teléfono cómo hizo el discurso, qué sintió en ese momento en que se produjo el momento más emocionante de su texto y, acaso, de su vida. Lo escribió "a retazos, a pedacitos", entre viaje y viaje. Y sabía que "tenía que ser un texto muy personal, fundamentalmente referido a la literatura, aunque desde luego la literatura no se puede aislar enteramente de otras cosas: cierta preocupación cívica, política...". En cierto modo, era el esquema de El pez en el agua: por un lado la vida personal, por el otro, la ambición política. En ese libro, que desanudó en 1990 la esencia de su fracaso público y lo puso otra vez en el camino de la literatura, hay dos finales. En uno es un adolescente que viaja a París, a hacerse escritor: le despiden sus parientes, y él reflexiona: "A ellos sí estaba seguro de que volvería a verlos, y de que entonces ya sería, por fin, un escritor". Era 1958. En 1990 inicia otro viaje, otra vez a París, esta vez derrotado políticamente, cansado, herido en lo más hondo. Entonces escribe: "Cuando el aparato emprendió vuelo y las infalibles nubes de Lima borraron de nuestra vista la ciudad y nos quedamos rodeados solo de cielo azul, pensé que esta partida se parecía a la de 1958, que había marcado de manera tan nítida el fin de una etapa de mi vida y el inicio de otra, en la que la literatura pasó a ocupar el lugar central".

En Estocolmo, aquella mañana en que entró en pánico, y esa misma tarde, cuando sollozó en público de manera emocionante para todos los que le escucharon, acabó una etapa crucial de ese viaje. Acaso esa cara de estupor que le vimos escondía la búsqueda personal de lo que había detrás del abismo que ocasiona el éxito, en este caso. ¿Se sorprendió llorando? "Desde luego que me sorprendió, quizá porque a cierta edad es más difícil controlar las emociones... Nos pasa a los niños y a los viejos". "Por otra parte", prosigue el Nobel, "de alguna manera era haber llegado a un momento neurálgico de mi trabajo de escritor, de mi vida personal, y supongo que esa situación y el hecho de haber estado muchos minutos sumido en un mundo de recuerdos, añoranzas, nostalgias, hizo que se produjera esta explosión emocional...".

"No era para menos", dice. Todo conspiró "para que yo alcanzara una hipersensibilidad que suelo siempre controlar". Era una mezcla de alegría y de sentimiento de fin de etapa, como si ahora empezara otro viaje... Está ansioso por ponerse a escribir de nuevo, "yo soy un escritor, solo quise ser un escritor, este premio no va a acabar con eso". Está contento, "pero fatigado; ojalá acabe esto pronto, no veo la hora de volver a mi rutina"... Ahora se propone hacer una novela que tendrá como geografía el norte de Perú en el que se crió, termina un ensayo sobre la cultura de masas y no descarta continuar en el futuro aquel libro de dos finales, El pez en el agua. "Ese segundo tomo también tendrá un final, claro, pero será un final más definitivo que aquellos dos que hubo en la primera parte de esas memorias...".

"Mi salvación fue leer", dijo en Estocolmo. Su salvación luego fue escribir, por ese camino quiso reencontrar el paraíso. La crónica de ese esfuerzo late debajo de sus sollozos de Estocolmo. Acaso aquella cara de estupor cuando perdió la voz en medio del hielo es la que desvele cuando termine de relatar la vida que aún Mario Vargas Llosa no ha terminado de contar.

"Soy el mismo"

Dice Vargas Llosa, desde su casa en Lima, después de los acontecimientos que le entronizaron como Nobel en Estocolmo, donde pronunció un discurso en el que repasó, batallador y nostálgico, algunos hechos fundamentales de su vida:

"Ahora comienzo a tener otras nostalgias. Mi rutina, mi sistema de trabajo... La rutina de sumergirme en un proyecto literario, porque eso es lo que me da el orden en la vida. Cuando me salgo del orden, aunque sea por razones exaltantes como ha sido en este caso el Nobel, empiezo a sentirme fuera de mi salsa, un poco incómodo, y ya tengo ganas de que pare todo ese fuego de artificio que me rodea y volver a la tranquilidad de la lectura y la escritura. Voy a hacer todo lo posible porque todo eso se produzca pronto. Por una parte, es estimulante, pero puede ser paralizante actuar en la vida como un Nobel. Soy un premio Nobel, pero fundamentalmente soy la misma persona que era antes de recibirlo y voy a seguir siéndolo en el futuro".


sábado, 11 de diciembre de 2010

Arequipa / Estocolmo, viaje a la gloria

El rey Carlos Gustavo de Suecia entregó el gran premio de las letras a Vargas Llosa.
El presidente del Comité Nobel equiparó su obra a la de Balzac, Tolstoi o Faulkner.

JUAN CRUZ (ENVIADO ESPECIAL, diario El País, Madrid)

"Mario Vargas Llosa ha encapsulado la historia de la sociedad del siglo XX en una burbuja de imaginación". Esa burbuja "se ha mantenido flotando en el aire durante 50 años y todavía reluce". El escritor peruano estaba junto a su asiento, de pie, ante el rey de Suecia; les separaba la enorme letra N que desde hace más de un siglo es el distintivo que en el Concert Hall de Estocolmo marca el símbolo de los Premios Nobel.

Cuando Per Wästberg, escritor, presidente del Comité Nobel y académico, terminó de decir en español aquellas palabras, la sala prorrumpió en un aplauso y aquel hombre que fue "rebelde ante su padre", "que dejó el marxismo ante las ruindades de Castro" y que usó la literatura para denunciar los abusos del poder, según Wästberg, se adelantó unos pasos y sobre esa N mayúscula que persiguen tantos escritores recogió del monarca sueco los atributos que le ponen en la cumbre de su oficio.

El chico que fue Marito, peruano de Arequipa, nacionalizado también español, tiene ahora 74 años y sus primeros libros los empezó a escribir cuando era un cadete en el Colegio Militar Leoncio Prado. Ha seguido un largo camino hasta aquí pero, como el güisqui, sigue ahí, tan campante. Wästberg aseguró que Vargas Llosa prosigue la tradición de maestros como Balzac o Tolstoi hasta llegar, por la vía de la mejor novela que arranca en el siglo XIX, a la "experimentación de vanguardia" de William Faulkner.

En el aire tradicionalmente hierático de la ceremonia sueca del Nobel, sonó como un trallazo lo que dijo Wästberg sobre la conversión de Vargas Llosa en "un liberal" después de haber profesado como un marxista. "Un ciudadano del mundo, un marxista transformado, por las ruindades de Castro, en un liberal". También habló de un candidato perdedor, un escritor épico, un autor satírico, un autor erótico, un columnista y ensayista capaz de ir de lo más solemne o terrible "al comentario sobre el fútbol o sobre el miedo a volar".

El maestro de ceremonias quiso recordar que el nuevo Nobel ha prestado su voz "a los silenciados y a los oprimidos", y que ha colocado en su obra, para hallar sus metáforas, "a los presidentes y a las prostitutas". Wästberg dijo, citando al propio escritor, que "sus materiales han sido la intuición, la obsesión, la locura y la fantasía, y con todos ellos se ha colocado en la vía de Zola y de Gide o Camus: un ejemplo de escritor que lidera y alerta".

El estrambote en español desató la satisfacción entre peruanos y españoles. El artista peruano Fernando de Szyszlo, representante del presidente Alan García, antiguo adversario político de Vargas Llosa, y el ministro de Cultura de Perú, Juan Ossio, rivalizaban en contento con la ministra española Ángeles González-Sinde, con la directora del Instituto Cervantes, Carmen Caffarel, y con el representante de la Academia Española, José Antonio Pascual, que vino en nombre del director de la entidad, Víctor García de la Concha.

Es, el de ayer, un acto medido al milímetro en el que la emoción la tienen que guardar los galardonados y el público en una barra de hielo sueco. Por eso la invocación al Nobel chino de la Paz, hecha por el presidente de la Fundación Nobel, pasó sin otro reconocimiento que el silencio por una concurrencia que comparte aquí el estupor causado por la actitud china de rechazo al galardón al activista no violento Liu Xiaobo.

Hubo un momento, sin embargo, en que se rompió ese hieratismo. Fue cuando le fue entregado a la esposa de Robert Edwards, la investigadora Ruth Fowler, el galardón que la Academia de Medicina le concedió a su marido "porque hizo posible, gracias a la fecundación in vitro que él impulsó, la ilusión de muchísimas parejas que hasta entonces no podían tener hijos". Ese milagro, al que se opuso la Iglesia, tuvo su primer nombre propio, la niña Louise Joy Brown, que nació gracias a ese método en 1978.

Sobre los restantes premios sobrevolaron las explicaciones: son Nobel del futuro. Los de FísicaQuímica (Richard F. Heck, Ei-ichi Negishi y Akira Suzuki) descubrieron las posibilidades de catalización por medio del paladio, que abre enormes perspectivas a la fotosíntesis artificial; y los de Economía (Peter A. Diamond, Dale T. Mortensen y Christopher A. Pissarides) han hecho hallazgos clave en el mercado laboral, útiles para su aplicación en la política económica. (Andre Geim y Konstantin Novoselov) descubrieron las propiedades del grafeno, material bidimensional con enormes posibilidades para aplicaciones en la electrónica; los de

Todos ellos se fueron, con su premio bajo el brazo, a celebrar el mayor éxito de sus vidas. La fiesta la inició el rey de Suecia celebrando la memoria del Alfred Nobel. En ella, Mario Vargas Llosa contó un cuento del que él es el único protagonista.

jueves, 9 de diciembre de 2010

El día que Zavalita resucitó en Estocolmo 'El pez en el agua'

Peter Englund, secretario perpetuo de la Academia que concedió el Nobel a Mario Vargas Llosa, el hombre que le dio la noticia y que este martes le presentó ante el auditorio que escuchó su discurso marcado por las lágrimas, nos dio, antes de que hablara el Nobel, algunas claves que subyacen en las palabras que al mismo Vargas Llosa hicieron llorar.
Nos dijo Englund, en su despacho de la Academia, que, cuando sus compañeros discutían la candidatura de Vargas, él les dijo: "Lean en paralelo Conversación en La Catedral y El pez en el agua".
Englund, de 53 años, es académico desde 2002; es historiador (su último libro, sobre la I Guerra Mundial, está a punto de ser publicado en España); ha enseñado narratología, es un lector apasionado y resulta que, leído ahora el discurso del Nobel, ambas obras cuya lectura aconsejó a sus compañeros subyacen en el espíritu de la alocución emocionada del escritor peruano.
Conversación en La Catedral es la raíz histórica de la preocupación literaria del Nobel por la política y por su país, y El pez en el agua es la explicación escrita de una ansiedad autobiográfica, explicativa, que ha explotado en Estocolmo y en la que Mario cifró, a principios de los noventa, su resurrección literaria tras el fracaso político. En aquel libro que Englund mencionó como clave a sus colegas está "la esencia sentimental", como dice su hijo Álvaro, de la parte más política del discurso del Nobel, aquella en la que recorre las relaciones de su autobiografía con lo que ha venido sucediendo en su país y en el mundo ("En qué momento se jodió el Perú, Zavalita"); como si esa fuera la raíz, por otra parte, de una vocación política que le llevaría a aspirar a regir los destinos de su propio país, Conversación en La Catedral se configura como el instante en que el cadete se prepara para saber qué es eso de la política y qué es eso de las dictaduras. Y es, además, nos diría Englund, "la raíz más grande de su innovación literaria, el libro que le pone en el destino de los grandes".
Pero la vida de Vargas Llosa es una novela en sí misma, y aquí la ha contado así; cuando ya alcanza con los dedos la culminación de esa búsqueda, la política activa, el fracaso le espera en la otra esquina, y se viene a curar de él en París, en el año 1990. Ahí podría haberse quebrado, y es seguro que lo hubiera quebrado la presidencia; su hijo Álvaro dice que si su padre no escribe de inmediato, tras ese fracaso, El pez en el agua, nunca se hubiera quitado el nudo de la garganta. Ese exabrupto autobiográfico que es El pez en el agua ofrece algunas claves, desanda mezquindades, pone en su sitio a algunos elementos que "desde su propia pequeñez" juzgaron su ambición política y, sobre todo, muestra con palabras mojadas en una emoción herida lo que supone en su obra su autobiografía. Ese espíritu lo ha rescatado en Estocolmo, como si hubiera resucitado Zavalita.
En el discurso recuperó la esencia de aquel libro, y le dio otra vez la razón a un juicio con el que Englund complementó las esencias personales y literarias de ambos libros clave: "Lo que distingue a Mario Vargas Llosa es su valentía. En su valentía está la categoría de su arte, pues ningún gran artista es un cobarde".
Englund expresaba ese rasgo de Mario Vargas 24 horas antes de que este lo esgrimiera como un factor de su vida en ese discurso tan guardado de Estocolmo. La valentía. Ninguno de los títeres que siguen danzando desde el siglo XX al siglo XXI (los nacionalismos, las dictaduras, las mezquindades que sufrió mientras evolucionaba del marxismo al liberalismo democrático...) quedan fuera de su preocupación. Lo dijo todo como en un exabrupto, como si Zavalita respondiera en Conversación en La Catedral la famosa pregunta de la jodienda del Perú y como si el Mario de El pez en el agua reconstruyera pedazos que ese libro catártico no cerró del todo.
Lloró, claro; lo llevaba aguantando mucho tiempo, aunque todo estuviera, más o menos, como dice Englund, en esos dos libros que fueron decisivos en la larga historia (¿Era candidato desde los ochenta, señor Englund? "Yo creo que sí") de la candidatura del joven que fue Zavalita al premio Nobel de Literatura.
Juan Cruz (El País, Madrid)

lunes, 6 de diciembre de 2010

No me voy a dejar enterrar por el Premio Nobel. Tengo anhelos, proyectos hasta el final

Parece mentira, pero Mario Vargas Llosa estaba nervioso cuando se enfrentó hoy a mediodía a periodistas de medio mundo que querían saber de él, de sus opiniones y de su estado de ánimo en la primera jornada oficial de su semana como Nobel de Literatura 2010, en un Estocolmo bajo cero.
Se atrabancó al llegar al salón de la Academia sueca donde hace dos meses se anunció que era el Nobel de este año, y no le salía la sonrisa que le pedían los fotógrafos, sobre todo los de su país, ¡es que esas cámaras intimidan mucho!". Después se asentó, y ya fue el Mario de siempre; no esquivó ninguna pregunta, corrigió una vez a su traductor (hablando de Flaubert), y habló de literatura y de política, como suele ser su sino.
Le preguntaron por Wikileaks, por cierto; sobre esta gran filtración mediática que de la que EL PAÍS ha sido vehículo en español, el Nobel dijo: "Tengo opiniones contradictorias acerca del asunto. Por un lado me resulta formidable este ejercicio de transparencia; es importante que todo salga a la luz, pues esto nos alivia de mentiras e intrigas. Pero me parece peligroso que si todo sale a la luz, si desaparece toda confidencialidad, si no hay privacidad, ¿cómo va a funcionar un Estado? La esencia misma de la democracia se pondría en peligro".
"No deja de ser paradójico", continuó el autor de La guerra del fin del mundo, "que los estados democráticos sean los más vulnerables y que las dictaduras sean las que estén defendidas y protegidas contra esos riesgos que yo visulmbro en torno a estos hechos".
Habló de muchas más cosas Mario Vargas Llosa. Este es un sumario de preguntas y respuestas.
¿Qué nos quiere decir con su literatura?
"No quiero dar mensajes, quiero contar historias; escribir es enriquecer nuestras experiencias con historias imaginarias, enriquecer nuestra sensibilidad, aumentar nuestro desasosiego frente al mundo tal como lo vemos".
¿Es usted machista y neoliberal?
"No, no soy machista. Soy un firme defensor de la igualdad entre hombres y mujeres; en mis libros aparecen escenas de machismo, pero es lo que a habido y hay lamentablemente en el mundo que describo. ¿Neoliberal? No, soy un liberal, creo en la democracia, en todas las libertades, y estoy en contra del autoritarismo y del totalitarismo.
¿Cómo ha visto el recibimiento que han hecho los peruanos a su premio?
Estoy conmovido por esa actitud, y eso para mi supone un premio suplementario. Desde hace diez años el Perú vive una democracia, si quieren imperfecta, pero que ha garantizado la convivencia en paz. Mi deseo es que ese estado de derecho se refuerce en el futuro y no dé un paso atrás.
¿Tiene ánimos para seguir escribiendo o el Nobel es un punto y final?
"No me voy a dejar enterrar por el Premio Nobel. Tengo anhelos, proyectos hasta el final".
¿Es cierto que sus novelas están a la izquierda de usted mismo?
"Les dejo a los críticos y a los lectores las interpretaciones ideológicas con respecto a mis libros".
¿Cómo hace los libros?
"Los ingredientes con la imaginación, el entusiasmo y la fantasía... Cuando comienzo una historia ya llevo trabajando tiempo en ella, utilizo materias primas que van funcionando en mi imaginación, la fantasía hace luego el resto".
¿Intentaría la política de nuevo?
"Jamás. Fui candidato en un momento particular del Perú, pero jamás lo volveré a ser".
¿A qué escritor le gustaría rendir tributo ahora?
"A Flaubert. Gracias a él supe que la falta de talento se puede suplir con la disciplina, la perseverancia y la paciencia... Fue esencial para mi vocación".
¿Le asusta lo que pasa en México?
"Creo que México está defendiéndose con mucho coraje de los graves problemas que afronta a causa del narcotráfico. Lo combate con mucha dureza. Ahora bien, no se puede derrotar esa lacra con una política puramente represiva. Creo que debe descriminalizar la droga, controlándola, y ese dinero que ahora se usa en la lucha contra el narcotráfico usarlo para su persecución, para la curación de los afectados y para la reeducación de los que estén en el tráfico y en el consumo. Como se ha hecho, con éxito, con el tabaco. Sólo así se puede acabar con esta terrible violencia".
¿Ahora ya hace humor en sus libros? ¿Es el otoño de su vida?
"¡No me llame anciano! No usé el humor al principio, porque seguí la conducta de Sartre, que en su obra no emitía ni una sonrisa. Parecía que el humor era incompatible con la literatura. Pero luego me encontré con la historia de Pantaleón y las visitadoras, y ya ahí empecé a usar el humor".
¿Ya se cree la noticia del Nobel?
"Pensé que era una pasada, como decimos en el Perú, una broma, como lo que le sucedió a Moravia. Pero cuando se confirmó, a los catorce minutos de la primera llamada de Estocolmo, ya nos metimos en un torbellino frenético que espero que acabe el 10 de diciembre. Es una experiencia que ha trastornado mi vida de disciplina y de trabajo".
¿Va a pronunciar la palabra Barcelona en su discurso, y así calmará a los que hayan visto su saque de honor en el Bernabeu como un guiño muy madridista?
"Ja ja ja. Ya verá usted cómo nombro a Barcelona. Pero no se impaciente; en veinticuatro horas oirá nombrar Barcelona en mi discurso".
Mario, soy Freddy Cooper, tu amigo de hace tanto tiempo. ¿Crees que estamos en el reino de lo efímero en la cultura?
"Sí, Freddy, cada día progresamos más en las comunicaciones, pero cada día todo es más banal, más superficial y más efímero en todas las manifestaciones del arte y de la literatura. Vivimos una revolución audiovisual que tiene una enorme influencia, pero lo cierto es que esa banalización existe y este es uno de los grandes problemas del futuro".
Tras la pregunta de Cooper, arquitecto, que fue coordinador de la campaña política de Vargas Llosa en 1990, al Nobel le preguntó una periodista griega a quién le daría el Nobel si pudiera hacerlo. Y el autor de El sueño del celta explicó:
-Resucitaría a Jorge Luis Borges para dárselo.
Juan Cruz (fuente: diario El País, Madrid)

jueves, 2 de diciembre de 2010

El secreto del Nobel

Juan Carlos Onetti decía que todo periodista debería tener al lado una mano que le golpeara cada vez que estuviera a punto de escribir una estupidez, informativa o sintáctica.
A mí tendría que haberme golpeado fuerte esa mano cuando conté en mi libro Egos revueltos que el académico sueco Knut Ahnlund, acompañado de su amigo el periodista Gabi Gleichman, había ido a ver a Camilo José Cela antes de que este recibiera la noticia de que él iba a ser Nobel de Literatura. Se infería en ese texto que el escritor español pudo haber sabido de antemano que iba a ser premiado. Eso es imposible, y haberlo dado a entender es, como digo, una estupidez que deploro. La visita se produjo luego, y la memoria, que actúa, como decía Fernando Arrabal, en golpes de teatro, puso antes lo que fue después, causando un embrollo que ahora aclaro.
Dicho esto, con mi gratitud retrospectiva a la mano de Onetti, que vino tarde pero que vino gracias a Ahnlund y a Gleichman, diré por qué es imposible que esa ensoñación falaz de mi memoria tenga que ver, antes, ahora o quizá jamás, con la realidad.
El premio sueco, que ahora la Academia le ha otorgado a Mario Vargas Llosa, se basa en un código absoluto de confidencialidad, y ese secreto es parte integrante de su galardón. La naturaleza de las fichas que manejan los académicos, el tenor de sus discusiones, e incluso el estilo de la Academia, mantiene esa confidencialidad hasta tal punto que los escritores que son galardonados, cuando reciben la noticia, preguntan incluso cómo fue y reciben como respuesta una de esas sonrisas evasivas que han ganado para el gesto el apodo que tiene esta sueca manera de ser: hacerse el sueco.
Vargas Llosa contó en un artículo ahora célebre, Catorce minutos de reflexión, cómo le llegó la noticia, mientras estaba leyendo un libro de Alejo Carpentier; y que su sorpresa fue tan grande, en él y en su mujer, Patricia, que durante 14 minutos, hasta que no sonó la voz oficial de la Academia diciendo que era Nobel de Literatura, no fue plenamente consciente de que lo podía contar.
Mi compañero Sealtiel Alatriste y muchos más editores de José Saramago estábamos en Fráncfort, en 1998, con el autor portugués la noche anterior a que le concedieran el mayor galardón literario de todo el mundo. Y ni Saramago supo nada esa noche, nadie le alertó de nada, ni al día siguiente, cuando marchaba con su gabardina por el aeropuerto de la ciudad alemana, tuvo idea del acontecimiento que se le vino encima hasta que le avisó una azafata de que le requerían para darle esta buena noticia. Fue entonces cuando se encontró con su editora Isabel de Polanco y se fundieron ambos en un abrazo que lamentablemente ya no puede rememorar ninguno de los dos...
El prestigio del Nobel se basa en el secreto. Y este es un cajón guardadísimo. Hay especulaciones, claro, y algunas de esas especulaciones a veces se hacen ciertas, por lo que luego hay gente que dice: "Ah, yo ya lo sabía". Se puede saber en el último estadio, quizá, cuando la maquinaria de la Academia se pone en funcionamiento, para traducir los méritos del que va a ser declarado Nobel o para buscar su teléfono sin que esa búsqueda alerte al propio ganador.
Es cierto que un año antes de que lo ganara Cela, el escritor español recibió una especulación periodística que le ponía en la lista de los que podían tenerlo el octubre siguiente. El acertijo era plausible, y se hizo verdad esta vez tan solo porque ese año los suecos de la Academia pararon ahí el giro de la ruleta, pero podía haber estado Cela esperando el turno que los entendidos creían, con razón, que tenía cerca.
La incertidumbre que genera este secreto a veces exalta y a veces disuade a los propios aspirantes. Borges hizo muchas bromas sobre el premio, que muchos dijeron que no tendría jamás por razones políticas.
El premiado más cercano, Mario Vargas Llosa, dijo que este año, cuando en efecto lo tuvo, fue cuando menos amigos lo llamaron para saber qué haría ese día en que a lo mejor... Y lo tuvo, y al principio se creyó que era una broma que incluía la palabra Estocolmo.
Cuando lo ganó Miguel Ángel Asturias, Pablo Neruda lo esperaba con tanta ansiedad que tuvo un amago de infarto al oír en la radio que su turno había sido sobrepasado por su colega guatemalteco. Su teléfono sonó algún tiempo más tarde. Octavio Paz lo esperaba cuando lo tuvo Cela, y hasta un año después no se recuperó de su zozobra.
La Academia sueca es un reloj perfecto; acierta o yerra en sus decisiones, pero sus dispositivos están engrasados al milímetro, y lo que más se cuida de esos mecanismos es el secreto. No es una manía, es parte del premio; se puede apostar, y de hecho se apuesta, pero el origen de esas apuestas es más el deseo que la información.
Los que quieran atreverse con un nombre propio, o con una confidencia sobre quién va a ganar el Nobel, deberían (deberíamos) tener al lado la mano de Onetti, golpeando para que no caigamos en la tentación de creer que se puede penetrar en el sacrosanto secreto de la Academia sueca.
Fuente: El País, Madrid.

domingo, 24 de octubre de 2010

La escritura es una venganza... un desquite de la vida


Esta es la historia de dos décadas, las que van desde el fracaso de su carrera política en Perú al éxito del Premio Nobel. Es la historia de un hombre que se sintió 'abandonado' por su pueblo, al que dedicó el sacrificio de dejar la literatura. Es la historia de cómo un fracaso lo convirtió en otro hombre. La escritura fue su desquite de la vida. Su venganza. Y es la historia de cómo Mario Vargas Llosa y sus hijos desnudan desde su residencia en Nueva York sus sentimientos durante las 48 horas que siguieron a la conquista del máximo galardón de las letras mundiales.

Juan Cruz

El día en que ganó el premio Nobel de Literatura alguien le llevó a Mario Vargas Llosa a Nueva York unos dulces de Arequipa: guargüeros.

Estaba feliz, era un premio para el Nobel. Los guargüeros son como unos pestiños rellenos; tienen la apariencia de algunas pastas italianas, y saben a dulce de leche. En ese sabor está su infancia, Arequipa entera.

En ese ambiente blanquecino del apartamento alquilado en uno de los edificios más altos de Columbus Circus (Nueva York), el autor de El pez en el agua parecía, en efecto, un pez en el agua. En el paraíso. Como en la infancia, mimado, agasajado. La infancia acabó cuando tenía 11 años y el padre (al que creía muerto) regresó a su vida. Muchos años después, esos dulces y el Nobel le llevan al paraíso que perdió cuando iba a atravesar la raya de la adolescencia. Ahora esos dulcecitos, que son como los que su abuela le hacía, le llevan a la ya tan lejana infancia.

O no tan lejana. El Nobel, de 74 años, tiene aquellos años incrustados en la memoria como el tiempo en que se hizo a casi todo. Ahí descubrió el amor absorbente por la madre, asimiló que no tenía padre, que este estaba en el cielo o que nunca existió, y descubrió la literatura en los libros que circulaban por la casa grande de la familia enorme con la que se crió.

En ese libro, El pez en el agua, se cuenta esa historia, sin la cual es improbable que alguien tenga una idea cabal de quién es de veras este hombre al que muchos aman y otros crucifican. Los que lo crucifican creen que es un reaccionario que cambió de rumbo y traicionó sus ideas izquierdistas de los años sesenta en que toda revolución tenía su asiento; los que le siguen amando o bien ya lo amaban en los sesenta y entendieron su evolución, o bien simplemente le han leído y saben que sobre esta literatura ahora avalada por el Nobel no valen los tópicos amasados con las ideologías.

Los suecos de la Academia, que parecía que nunca iban a aceptar que Vargas Llosa es uno de los grandes escritores del mundo, finalmente le concedieron el Nobel y además fueron muy explícitos sobre las razones del merecimiento: porque ha sido capaz de contar la cartografía (eso dijeron, cartografía) del poder para mostrar sus miserias y también para expresar la lucha, la revuelta, del hombre por la libertad.

A Vargas Llosa le divirtió mucho la palabra cartografía, pero le emocionó verdaderamente el resto de los argumentos. Comentó, ante un grupo de amigos a los que reunió en un bullicioso restaurante italiano de Nueva York: "¡Qué dirán mis críticos!". Enmudecerán. "¡Qué va! Quien está mudo soy yo".

No está mudo, claro que no; se despertó de aquellos catorce minutos de incertidumbre. Creyó que era una broma, como la que le gastaron hace años a Alberto Moravia, pero catorce minutos después le llegó la confirmación: era Premio Nobel de Literatura de 2010. Su hija Morgana, de 36 años, fotógrafa, lo vivió llorando en Lima, con sus dos hijas y con su esposo, Stefan; su hijo Gonzalo, de 43 años, diplomático, funcionario internacional destinado ahora por ACNUR (Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados) en Santo Domingo, lo vivió viajando a Haití, y Álvaro, el periodista, de 44 años, escuchó la noticia "estupefacto, paralizado, y luego feliz" en la casa de Washington donde vive con su mujer, Susana, y sus tres hijos.

Las hijas de Gonzalo están en Suiza, en un internado. Todos los nietos ("tienes que añadir ahí a Jurema, mi perra", dice Álvaro, "que es como otro nieto"; desde Lima, salta Morgana: "¿Y por qué te olvidas de mi pobre D'Artagnan, que está tan viejito?") han vivido de manera peculiar esta noticia, que ha revolucionado la vida familiar de esta gente que come guargüeros allá donde se encuentren. La de los Vargas Llosa, gracias sobre todo a la capacidad aglutinadora de Patricia Vargas Llosa, la esposa que también fue (o es) prima, es una familia muy sólida, que celebra en unión los veranos y las navidades, que busca cualquier motivo para juntarse y que se apoya también en los tiempos difíciles. Patricia es la brújula de esta navegación familiar, y en tiempos de incertidumbre (cuando Álvaro y Mario riñeron por cuestiones políticas relacionadas con Perú) ella fue la que condujo el conflicto por las vías que permitían un civilizado, y emocionado, reencuentro. Este tuvo lugar en Miami, cuando a Álvaro le dieron un premio, meses después del desencuentro; el padre, la madre y otros miembros de la familia quisieron acompañar a Álvaro, y ahora este dice: "Fui el culpable", con la misma emoción con que vivió la reconciliación.

Así que aquí, en esta familia, todo se vive como un espectáculo tranquilo, pero bullicioso y coral. Y el Nobel iba a ser un terremoto que a todos les afectó de un modo distinto, pero que conmovió por igual a todos. Hablábamos de los nietos. Gonzalo cuenta que, cuando se supo que el abuelo había ganado el principal premio de las letras mundiales, su hija Ariadna, que tiene diez años, le expresó por teléfono su preocupación infantil. Como él, que tenía peores notas que Álvaro en la escuela, Ariadna no obtiene los mejores resultados, y el premio del abuelo la tenía inquieta. Le dijo al padre: "O sea que, como al abuelo le han dado ese premio, a lo mejor ahora los maestros me piden que saque mejores notas".

A Leandro, el hijo mayor de Álvaro, que tiene ahora 14 años, le preguntaron en la escuela si su abuelo era alguien especial. Y se escondió detrás del flequillo como quien quiere huir de un alud. "No, no es nadie especial", farfulló. Tímida como ese sobrino suyo, Morgana, que ha sido compañera nuestra en EL PAÍS, y que ha acompañado a su padre en algunas de las aventuras más arriesgadas (Irak, Israel, Palestina) o placenteras (los escenarios de El paraíso en la otra esquina) tuvo que superar su retraimiento público cuando sonó la noticia y ella era la única representante familiar que podía hacer declaraciones en Lima.

Para curarse de su timidez, la hija más chica de los Vargas Llosa se tuvo que tomar tres copas de champán, y sin palabras todavía hizo que todos los periodistas que se agolpaban ante la vivienda familiar limeña pasaran a brindar y a conversar en esa casa de paredes blancas desde la que se ve el mar violento de la costa que acaricia Barranco. La fiesta adquirió tal carácter que la abuela Olga, madre de Patricia, tía de Mario, de 93 años, abandonó su postración y su desgana ante el mundo, se vistió de nuevo, se puso un pañuelo vistoso en su cuello de persona mayor y empezó a hacer declaraciones ante todas las cámaras de todos los noticiarios.

Se animó tanto con la noticia y con la aglomeración que no solo lloró cada vez que se acordaba del éxito de su yerno el Nobel sino que se atrevió a decir que sí, que ella, como Carmen Balcells (su agente literaria), como Fernando de Szyslo, el artista, quizá el más antiguo amigo de Mario, como tantos otros que han estado siempre cerca, iría también a Estocolmo. Cómo no.

Le preguntó un periodista a doña Olga, a la que también llaman Olguita:

-¿Y ya tiene usted traje?

-Tenía. Pero hemos esperado tanto tiempo que ya está apolillado y tendré que comprarme otro.

Han pasado veinte años. "Es curioso", decía Álvaro, y también lo decía el propio interesado, Mario Vargas Llosa, "mucha gente está de acuerdo en decir que han pasado veinte años desde que mi padre merecía tener el Nobel. Veinte años". Quizá, concedió el hijo mayor, fue porque entonces Mario tuvo su gran derrota política, y a partir de entonces ya fue solo un escritor. Su obra hasta entonces, sin duda, merecía ya el galardón, comentamos nosotros. "Sí, pero si hubiera salido presidente", añadió Álvaro Vargas Llosa, "mi padre jamás hubiera obtenido el Nobel".

O sea que es cierto que le vino Dios a ver cuando se produjo esa derrota. Sí, esa es la opinión de Morgana. Y es la opinión de toda la familia, que por otra parte estuvo implicadísima en esa campaña electoral que tanto placer como dolor produjo en los Vargas, e incluso en Mario, que a veces parece inmune a la naturaleza de los desastres.

Pero esa vez, cuando perdió las elecciones ante un candidato, Alberto Fujimori, que luego subvirtió el orden democrático, ensangrentó el país, robó, etcétera, Vargas Llosa cayó presa de un decaimiento del que fuimos testigos. Llegó a París, poco después del fracaso; había adelgazado cerca de veinte kilos, su delgadez era la delgadez de los derrotados. Su hijo Álvaro, que hizo la campaña muy estrechamente ligado a él, recuerda ese momento como un instante de estupor. Vargas Llosa, el ahora Nobel, podía irse a un lado o al otro de la balanza; su equilibrio, sin embargo, le ayudó a superar el primer lunar verdaderamente serio de su trayectoria. Lo del padre (que le metiera en un colegio militar, que considerara "mariconerías" su pasión por la escritura, su carácter dictatorial) ya estaba deglutido en la memoria. Pero esto era nuevo; perder así, recuerda Álvaro, fue una tragedia.

Como siempre, como ante el desdén del padre, que era un desdén del destino, a Mario Vargas Llosa, dice su hijo, "lo salvó la literatura". En campaña leía "a Quevedo y a Góngora, cada mañana", y así salía a dar mítines, "a prometer un Perú mejor para los ciudadanos". Cuando perdió, "se consideró traicionado por un pueblo al que dedicó el sacrificio de dejar la literatura", y ese desengaño lo maltrató. Hasta que se levantó otra vez, dice Álvaro. "Creo que la escritura de ese libro, El pez en el agua, lo salvó. Él solía guardar sus experiencias algún tiempo, como en La ciudad y los perros, Conversación en La Catedral o La Casa Verde; las deglutía, y luego están presentes ahí, muchos de los viajes y de las experiencias de sus historias son sus propios viajes o experiencias".

Pero esta vez, concede Álvaro, "mi padre decidió tirar por el camino del medio y escribir esas memorias, una parte la memoria política, otra parte la memoria de la infancia. Dos historias, dos momentos de gran felicidad y luego de gran fracaso. Se atrevió". Salió hecho "otro hombre". El padre dice lo mismo. Sentado en uno de sus restaurantes favoritos de Nueva York, donde no hay guargüeros pero hay hamburguesas, Mario Vargas Llosa recuerda esa frustración que, veinte años después, ya no ensombrece su rostro, ahora el rostro feliz de un Nobel reciente.

"Trabajé mucho", dice Mario, "por un proyecto que creía bueno. Y la derrota fue una gran decepción". Pero volvió a lo suyo, "a lo que me estimula más". Escribió El pez en el agua: "Porque quería quitarme la experiencia de encima". "Un escritor tiene la ventaja de que puede convertir un fracaso en materia literaria, y eso lo alivia. La escritura es una venganza, un desquite de la vida".

Volvió, pues, "a la rutina habitual", y ya agarró un ritmo imparable. En estos veinte años, los que van del fracaso al éxito (los dos impostores de los que hablaba Rudyard Kipling, Nobel también, en su poema If), ha escrito novelas alegres, novelas tristes, ha hecho ensayos literarios y políticos, ha hecho periodismo, viajes, ha dado conferencias, se ha metido en líos monumentales (como cuando enfadó a Octavio Paz, su amigo, llamando al México del PRI una dictadura perfecta), ha arrostrado el lugar común de su conservadurismo (que repiten sobre todo los que, como en la famosa anécdota, han hecho con sus libros lo que Sofía Mazagatos: no los leen pero los juzgan), y, en definitiva, ha vivido los altibajos de cualquier existencia "con el entusiasmo y la alegría del que sabe que la vida merece ser vivida".

Para hacer todo eso ha sido preciso "mantenerse en forma, cuidarse, viajar, a Palestina, a Irak, a Afganistán, ha sido preciso ir al Congo, al Amazonas, al Pacífico en busca de Gauguin. La verdad es que no he parado. Y no pienso parar", dice Mario Vargas Llosa, "mientras tenga ilusión y curiosidad y me funcione la cabeza, que de momento creo que me sigue funcionando. La vejez no me aterroriza mientras pueda seguir desplazándome. Me acerco a la muerte sin pensar en ella, sin temerla. Mientras trabajo me siento invulnerable".

Ha cambiado. Mucho. Morgana nunca hubiera creído que aquel obseso por el trabajo sería un día tan buen cuidador de sus nietos, con los que juega y por los que se desvive hasta el límite de las payasadas que contentan a los muchachos. Es ahora más alegre, cree Álvaro, y Gonzalo piensa que algo que siempre ha tenido en cuenta, en su relación con los hijos, y ahora con los hijos de los hijos, "es la experiencia con su padre; jamás ha querido ser el hombre autoritario que él mismo tuvo encima en su adolescencia". Esa experiencia, que el propio Mario confiesa dolorosa, "fue una influencia estimulante para que mi padre nos tratara con enorme tacto", según Álvaro.

Gonzalo recuerda algunos episodios que pueden ilustrar la evolución de esa relación paterno filial. Cuando este joven servidor de la ONU para ayudar a los refugiados era un chiquillo de 16 años resolvió hacerse rastafari; se dejó los pelos hasta los hombros, se dedicó a fumar marihuana y a escuchar reggae, y durante dos años desoyó insistentemente los avisos de su padre para que abandonara esa deriva. Gonzalo era un rebelde; ahora él recuerda que su padre tenía sobre él dos miradas: la del padre y la del escritor: "Y eso convertía su actitud hacia conmigo en una actitud algo cómplice". Hasta que escribió su célebre artículo Mi hijo el rastafari en el que aventó al mundo, con humor y con condescendencia, lo que, además de un drama familiar, dice Gonzalo: "Era también un asunto para su periodismo y para su literatura". Gonzalo ve ahora ese episodio casi como lo vio su padre: "Pero entonces yo sentía la necesidad de rebelarme, como mi padre hizo muchas veces con su propio padre, y yo creo que por eso él entonces me entendió".

Y cuenta algo más Gonzalo que revela esa relación que la vida ha endulzado hasta extremos que el propio Mario confiesa divertido: de aquel padre que los metía a leer obligatoriamente a la salida de la escuela, "cuando todos nuestros amigos jugaban al fútbol", hemos pasado a un padre y a un abuelo que se viste de Papá Noel y es capaz de cargar a los niños para que estos hagan lo que quieran con él. Pero aquella dictadura leve del padre que los hacía leer obligatoriamente "nos dejó una disciplina". "Yo mismo", dice Gonzalo, "vuelvo a esa experiencia de leer todos los días como una de las influencias más valiosas en mi relación con él".

Han cambiado los tiempos; aquel 1990 de la derrota dejó paso a este otro momento de la vida. Pero algo de rencor, algún ajuste de cuentas quedará en los resquicios, le pregunté en ese restaurante típicamente norteamericano donde se comía una hamburguesa típica, a mediodía. ¿No siente como la expresión de una venganza propia el hecho de que Fujimori esté en la cárcel?

No, qué va. "Fujimori no me derrotó, fue una mayoría de los electores peruanos. Yo nunca le ataqué mientras mantuvo la democracia, pero, obviamente, él rompió las reglas del sistema gracias al cual había llegado al poder, y por los delitos que cometió cumple ahora pena. Pero jamás tuve la tentación de desearle un final así. Ni está en mi carácter el ajuste de cuentas. Pero me alegro mucho del juicio justo".

En este tiempo, en estos veinte años que cruzan la vida desde el fracaso al triunfo, ha escrito novelas en las que el sexo se alterna con la aventura, y otras, como La fiesta del Chivo o esta última, El sueño del celta, en las que se aventura por los caminos de la maldad, y aunque él interviene ahí como el contador, el narrador que explora el camino para presentar la historia como si usara un espejo, sí es evidente que quiere trasladar el compromiso moral que hay detrás de toda su obra de esta naturaleza. "La descripción de la maldad", dice, "obliga a una toma de conciencia moral. Si no detenemos a tiempo la capacidad de destrucción del ser humano, el resultado es el horror; ha ocurrido en el pasado, y ahora la democracia frena ese horror. Es un tema obsesivo para mí en los últimos años. Y es un tema recurrente; está en Congo, en esta última novela, está en la Amazonía, en La guerra del fin del mundo, está en la locura terrorista en Lituma, y está, sin duda, en esas dos novelas que dices. Pero también está en mi periodismo; mira lo que he hecho en Irak, en Palestina, en Afganistán".

El infierno en cada esquina. ¿Y el paraíso? ¿Ha reencontrado Mario el paraíso? El autor de El paraíso en la otra esquina, la novela en la que Gauguin se revuelve como una pesadilla a veces gozosa, es consciente de que aquel paraíso en el que era mimado, querido, consentido por toda la familia, "hasta que llegó el padre", no volverá jamás. "No está ese paraíso en la vida real". Pero haberlo perdido "tampoco debió ser una tragedia". "Gracias a eso", continúa, "gracias a que mi padre me metió en un colegio militar, gracias a que me impidió a veces con saña ser un escritor, tuve una experiencia que me dio la oportunidad de escribir con un gran material literario. Si eso no hubiera ocurrido, probablemente yo no hubiera sido un escritor. Y sí, escribir es un placer, te permite salir de cualquier circunstancia terrible, te lleva a defenderte de cualquier adversidad. En ese sentido escribir es mi paraíso".

Y el paraíso es la familia. Le pregunté a Morgana Vargas Llosa qué significado tiene en el padre la figura de Patricia, la madre. "Es la compañera inseparable sin la cual mi padre no sería nada". Dice Morgana que su padre no sabe el número de teléfono de la casa, no sabe ni siquiera su dirección, es incapaz de cambiar una bombilla, desconoce por completo cómo se pone en marcha una lavadora y jamás ha frito un huevo. Pero esta mañana, le digo, su padre me ha explicado, en contra de la opinión de su madre, que el apartamento en el que viven ahora en Nueva York lo paga él y no la universidad. Un detalle de que está atento, ¿no, Morgana? "Qué va. Fíate de mi madre. En eso también ella tendrá razón".

Poco después cacé al vuelo lo que Mario le decía a unos periodistas franceses: "No me sé mi mail, jamás agarro un teléfono que esté sonando, no sé usar los teléfonos celulares. Y solo me acuerdo del primer número que tuvimos cuando nos casamos, hace 45 años. El 46 40 60".

Cómo no introducir en esta retahíla de visiones familiares del Nobel Vargas a Carmen Balcells, la mamá grande de varias generaciones de autores, y muy especialmente la mamá grande de Mario. Una vez Carmen Balcells lo levantó de la silla de sus trabajos forzados en Londres y lo puso a escribir. Lo sentó, por así decirlo, en el paraíso. Ese paraíso tuvo una interrupción que pudo haber sido eterna, cuando la política lo sedujo demasiado. De ese fracaso se levantó hecho otro hombre. Los hijos piensan que ese trozo de paraíso en el que ahora habita con el trofeo del Nobel de Literatura no hubiera sido posible si Patricia no hubiera estado ahí, haciendo que los sueños del escritor se convirtieran en la letra insistente que ahora le premian en Suecia.

El sábado posterior a la concesión del Nobel, Vargas le dijo a su agente, Carmen Balcells, en la radio peruana: "¡Cómo pudiste seducir a los veinte jurados de la Academia Sueca!". Con el mismo humor, la mamá grande de los autores del boom (García Márquez, Donoso, Carlos Fuentes, Vargas Llosa, Cortázar) exclamó: "¡Tengo mis recursos!".

Los dos saben que no es cierto. La llave de este paraíso la tiene el genio, que Carmen supo vislumbrar y que Patricia ha cuidado como se cuida un hijo, un nieto, un marido o un sueño. Como cuidaba la abuela la receta de los guargüeros, el inolvidable sabor del paraíso.