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viernes, 24 de agosto de 2012

Tocola


«En ese mundo —que viví en el extranjero, que viví en Cochabamba— había el culto de Arequipa, no del Perú: de Arequipa. La familia recordaba Arequipa como el paraíso perdido y entonces yo nací oyendo anécdotas de Arequipa, oyendo hablar de calles, de lugares, de personas de Arequipa y, además, se me inculcó desde que tuve uso de razón que ser arequipeño era un extraordinario privilegio. Algo que representaba no sólo, digamos, un privilegio, sino también un deber. Mi abuelo era un hombre muy recto, un caballero a la vieja usanza y, entonces, ser decente, ser limpio, ser honrado, era ser arequipeño. Bueno, pues, yo nací con esa idea de Arequipa; crecí con esa idea de Arequipa, y mi primer viaje a Arequipa, cuando yo tenía seis o siete años, lo tengo muy grabado en la memoria porque realmente era el viaje al paraíso. Era ir a  conocer ese paraíso que la familia Llosa tenía conservado en la calle Ladislao Cabrera, en Cochabamba. Y recuerdo mucho el viaje a Arequipa, un viaje largo. El tío Eduardo García, donde me alojé, era un caballero al que la familia le tenía admiración porque había visto al Papa en Roma, eso le daba una especie de aureola religiosa, mística. Vi los camarones por primera vez en mi vida. La señora Patrocinio, que era el ama de llaves, me preparaba unos chupes donde había esos animales extraños con tocolas (*). Recuerdo el Congreso Eucarístico. Fui a un Congreso Eucarístico, había mucha gente y había un señor de corbata pajarita que pronunciaba discursos, era Víctor Andrés Belaúnde. Arequipa, para mí, es eso: es esa familia de la que yo el día que conocí a mi padre fui arrancado brutalmente para conocer la realidad, es decir el infierno. Me arrancaron del paraíso y me llevaron al infierno y conocí el infierno que es la realidad. Pero Arequipa ha quedado siempre allí: asociada a mis abuelos, asociada a mi madre, y a personas a las que yo he querido enormemente y a las que debo los mejores recuerdos de mi infancia. Creo es eso lo que hace que, ahora que empiezo a ser viejo —no quisiera pero la realidad es que empiezo a ser viejo— siento mucho cariño por Arequipa. Además Arequipa ha sido tan cariñosa conmigo, sobre todo desde que gané el premio Nobel (risas), la manera cómo vivió Arequipa el premio Nobel a mí me conmovió. Soy sentimental, como dice el poema de Sebastián Salazar Bondy: al fin de cuentas, soy sentimental. Y entonces, pues, empiezo a sentirme arequipeño por fin. Bueno, y pronuncio la ‘ll’, también me enseñaron eso mis abuelos: los arequipeños sabemos pronunciar la ‘ll’ y los limeños son incapaces de hacerlo».
Mario Vargas Llosa
(*) Según el Diccionario de Arequipeñismos de Juan Guillermo Carpio Muñoz una tocola es: la pata más grande y abultada del camarón 2. La tenaza y su correspondiente base abultada de la pata del camarón, muy apreciada por su carne blanca y blanda. 3. La parte con tenaza de cangrejos, jaibas y otros crustáceos.

sábado, 26 de marzo de 2011

La Casa de Arequipa

La casa en que nací, en el número 101 del Boulevard Parra, en Arequipa, el 28 de marzo de 1936, no tiene ninguna distinción arquitectónica particular, salvo la vejez, que sobrelleva con dignidad y que le da ahora cierta apariencia respetable. Es una casa republicana, de principios del siglo XX.

Había oído en la familia que desde su lado Este se tenía una magnífica vista de los tres volcanes tutelares de mi ciudad natal, pero ahora ya no se ven los tres, solo dos, el Misti y el Chachani, que lucen esta mañana soberbios y enhiestos bajo el sol radiante. En los 75 años transcurridos desde que vine al mundo han surgido edificios y construcciones que ocultan casi enteramente al tercero, el Pichu Pichu. Otro mérito de esta casona es haber resistido los abundantes temblores y terremotos que han sacudido a Arequipa, tierra volcánica si las hay, desde entonces.

Consta de dos pisos y desde su terraza trasera se divisa una buena parte de la sosegada campiña arequipeña, con sus pequeños huertos y chacras. Su jardín delantero está completamente muerto, pero las lindas baldosas modernistas de la entrada brillan todavía. La familia Llosa alquilaba el segundo piso a los dueños, la familia Vinelli, que vivía en la planta de abajo. La primera vez que yo pude entrar y conocer por dentro la casa donde nací y pasé mi primer año de vida, fue a mediados de los años sesenta. Entonces vivía allí, solo, un señor Vinelli, afable viejecito que se acordaba de mi madre y mis abuelos, y que me enseñó el cuarto donde mi madre estuvo sufriendo lo indecible durante seis horas porque yo, por lo visto, con un emperramiento tenaz, me negaba a entrar en este mundo. La comadrona, una inglesa evangelista llamada Miss Pitzer, después de esta batalla tuvo todavía ánimos para ayudar a dar a luz a la madre de Carlos Meneses, que es ahora director del diario El Pueblo de Arequipa.

Como sólo viví un año aquí, no tengo recuerdo personal alguno de la casa del Boulevard Parra. Pero sí muchos heredados. Crecí en Cochabamba, Bolivia, oyendo a mi madre, mis tíos y abuelos contar anécdotas de Arequipa, una ciudad que añoraban y querían con fervor místico, de modo que cuando vine por primera vez a la Ciudad Blanca -así llamada por sus hermosas iglesias, conventos y casas coloniales construidas con piedra sillar que destella con la luminosidad de las mañanas-, yo tuve la sensación de conocerla al dedillo, porque sabía los nombres de sus barrios, de su río Chili, de sus volcanes y de esas barricadas de adoquines que levantaban los arequipeños cada vez que se alzaban en revolución (lo hacían con frecuencia).

Mis primeros recuerdos personales de Arequipa son de ese viaje, que tuvo lugar en 1940. Había un Congreso Eucarístico y mi mamá y mi abuela me trajeron consigo. Nos alojamos donde el tío Eduardo García, magistrado y solterón, que era reverenciado en la familia porque había estado en Roma y visto al Papa. Vivía solo, cuidado por su ama de llaves, la señora Inocencia, que puso bajo mis ojos, por primera vez, un chupe de camarones rojizo y candente, manjar supremo de la cocina arequipeña, que luego sería mi plato preferido. Pero esa primera vez, no. Me asustaron las retorcidas pinzas de esos crustáceos del río Majes y hasta parece que lloré. Del Congreso Eucarístico recuerdo que había mucha gente, rezos y cantos, y que un señor con corbata pajarita, en lo alto de una tribuna, discurseaba con ímpetu. Lo aplaudían y mi abuelita Carmen me instruyó: "Se llama Víctor Andrés Belaunde, es un gran hombre, y además nuestro pariente". Estoy seguro de que en ese viaje ni mi madre ni mi abuela me mostraron la casa en que nací.

Porque la casa del Boulevard Parra traía a mi madre recuerdos siniestros, que sólo muchos años después, cuando yo era un hombre lleno de canas y ella una viejecita, se animó a contarme. En esa casa se había casado, con un lindo vestido de novia, en un oratorio levantado bajo la escalera -lo atestigua la fotografía de los "Vargas Hermanos", inevitables en todos los casamientos de la Arequipa de entonces-, con mi padre, un año antes de mi nacimiento, y de allí habían partido ambos hacia Lima, donde la pareja viviría. Se habían conocido en el aeropuerto de Tacna poco antes, y mi madre se había enamorado como una loca de ese apuesto radio operador que volaba en los aviones de la Panagra. Mis abuelos habían intentado demorar esa boda. Les parecía precipitada y rogaron a mi madre esperar un tiempo, conocer mejor a ese joven. Pero no hubo manera, porque a Dorita, cuando algo se le metía en la cabeza nadie se lo sacaba de allí, ni siquiera cortándosela (rasgo que, creo, también le heredé).

El matrimonio fue un absoluto desastre, por los celos y el carácter violento de mi padre. Sin embargo, cuando mi madre quedó embarazada, el caballero pareció amansarse. Mi abuelita anunció que iría a Lima, a acompañar a su hija durante el parto. Mi padre propuso que más bien Dorita viajara a dar a luz a Arequipa, rodeada de su familia. Así se hizo. Desde el día en que se despidieron, el caballero no volvió a dar señales de vida, ni a responder las cartas y telegramas que mi madre le enviaba. Así fue como ella, mientras yo crecía en su vientre y pegaba las primeras pataditas, descubrió que había sido abandonada. "Fue un año atroz", me confesó, con la voz que le temblaba. "Por la vergüenza que sentía. Durante el primer año de tu nacimiento no salí casi nunca de la casa del Boulevard Parra. Me parecía que la gente me señalaría con el dedo". Había sido abandonada por un canalla y era ella la que se sentía avergonzada y culpable. Tiempos atroces, en efecto.

Todas las veces que he venido a Arequipa desde entonces y he pasado por el Boulevard Parra a echar un vistazo a la casa en que nací, he tratado de figurarme lo que debió ser la vida de esa muchacha veinteañera, con un hijo en brazos y sin marido (cuando mis abuelos, a través de un abogado amigo, hicieron saber a mi padre que había tenido un hijo, él se apresuró a entablar una demanda de divorcio), auto secuestrada en esta vivienda por temor al qué dirán. Los abuelos debieron también sufrir mucho con lo ocurrido y pensar que aquello era una deshonra para la familia. Por eso, nadie me quita de la cabeza que la familia Llosa abandonó el terruño a que estaba tan aferrada y partió a Bolivia para poner una vasta geografía de por medio con aquella tragedia de la pobre Dorita.

¿Lo consiguieron? ¿Fueron felices en Cochabamba? Yo creo que sí. Recuerdo mis años cochabambinos como un paraíso. En la gran casa de la calle Ladislao Cabrera, la vida de la tribu familiar parecía transcurrir con sosiego y alegría. Mi madre era joven y agraciada, pero nunca aceptó galanes, en apariencia porque, siendo tan católica, para ella no había más que un matrimonio, el de la iglesia. Sin embargo, la razón profunda era que, pese a todo, seguía amando con toda su alma al caballero que la maltrató. Que 10 años después de su tragedia volviera a juntarse con él, así lo demostraría.

Pero esta mañana soleada y hermosísima no está para pensar en cosas tristes y truculentas. El cielo es de un azul impresionista y hasta el desvencijado caserón del Boulevard Parra parece contagiado del regocijo general. El alcalde de Arequipa acaba de decir unas cosas muy bonitas sobre mis libros y si mi madre hubiera estado aquí habría soltado algunos lagrimones. El burgomaestre recordó, también, todo el tiempo que han pasado aquí los Llosa, desde que llegó a esta tierra el primero de la estirpe, a comienzos del siglo XVIII, don Juan de la Llosa y Llaguno, desde la remota Trucios, un enclave cántabro incrustado en Vasconia. Y por supuesto que mi madre se hubiera alegrado mucho de saber que esta casa que le traía tan malos recuerdos será, a partir de ahora, una institución cultural, donde los arequipeños vendrán a leer y a sumergirse en las fantasías literarias y a soñar con ellas y a vivirlas, como ella me enseñó a hacer para buscar la felicidad cuando todavía yo babeaba y mojaba las sábanas a la hora de dormir.

© Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2011. © Mario Vargas Llosa, 2011.

martes, 21 de diciembre de 2010

La ciudad de Vargas Llosa

Cuando uno llega a Arequipa es fácil sorprenderse. La Plaza de Armas, grande y bien conservada, es una joya puesta en el centro de la ciudad. De noche, iluminada, puede ser la escenografía para el paseo perfecto: está rodeada de restaurantes con terraza y balcón y turistas y buena música y que funcionan hasta tarde. De día, los mercados del centro se aburren de soltar los colores y olores y ruidos más extraños, en un latido constante y al ritmo de la cumbia. A Arequipa se le conoce como "La ciudad blanca". Oficialmente se le dice así por las numerosas y magníficas construcciones de templos, conventos, casonas y palacios en sillar blanco, esculpido como filigrana. Extraoficialmente, cualquier arequipeño que lustra semanalmente sus apellidos te dice que es la ciudad con más gente blanca de todo el Perú. En esta ciudad nació el autor que mejor contó el racismo peruano. La nueva oportunidad para Arequipa llegó el 7 de octubre de 2010 y venía desde Estocolmo. La noticia de que el nuevo Nobel de literatura era un arequipeño agilizó la maquinaria. En pocas horas, la Municipalidad Provincial de Arequipa propuso crear aquí un comité para que "planifique, organice y ejecute actividades de reconocimiento en honor al escritor Mario Vargas Llosa". La primera cita fue a las 48 horas del premio. La sesión fue presidida por el alcalde provincial y tuvo la presencia de representantes de la sede regional del Ministerio de Cultura y otras instituciones como el Club del Libro y la Universidad Católica Santa María. Las conclusiones de la reunión fueron tres:
1. Declarar en Arequipa el 2011 como el año de reconocimiento a Vargas Llosa.
2. Convertir la casa donde nació en un museo sobre sus primeros años de vida.
3. Levantar un monumento a Mario Vargas Llosa en la Avenida Parra, en el sector de Patio Puno, donde nació el escritor.
El premio a Mario Vargas Llosa ha servido para eclipsar, aunque sea por unas semanas, al verdadero y repetido protagonista peruano de la última década: Gastón Acurio. El chef, principal artífice de la revolución gastronómica peruana, también está instalado en Arequipa. Su embajada aquí se llama Chicha: su nueva marca de locales especializada en comidas tradicionales y que comienza a expandirse como una gripe. Cuando uno quiere ir a comer a Chicha, lo mejor es reservar hora con tiempo. A las cuatro de la tarde ya quedan pocas mesas. Todo lo que toca Acurio se transforma en éxito. En la espera de tu mesa puedes pasar al bar que tiene el restaurante (con una mesa larga y un pisco sour donde la clara de huevo nunca deja de brillar), o recorrer las tiendas que están dentro del mismo edificio colonial: un local donde venden souvenirs y otro con ropa artesanal étnica-chic, con bufandas de lana de vicuña que rondan los 500 dólares. Entre los clientes de Chicha hay pocos arequipeños. La mayoría son extranjeros que llegan con la idea de cenar en un restaurante transformado, gracias a la fama de su chef, en destino turístico. La mayoría son europeos. Cuando comes en Chicha y pides una copa de vino y brindas en un salón de piedra original con cientos de años de antigüedad, descubres que estás siendo parte del encanto de Arequipa: más allá del marketing gastronómico, estás en una de las ciudades latinoamericanas que mejor ha sabido aprovechar todo su legado patrimonial. Eso te lleva a que la cena funcione mejor.Las mesas tienen velas y en el salón hay muchas cenas románticas. Aunque la comida arequipeña no siempre acompañe: un nutricionista enemigo del colesterol puede morir de un infarto con sólo mirar la carta. Es cierto que la fama de la comida arequipeña tiene que ver con la contundencia de sus platos. Pero también es cierto que el exceso de chicharrones, costillas de cerdo y gruesas capas de grasa, puede terminar rápido con una velada romántica para quienes no están acostumbrados.Pese a su carácter gourmet, el Chicha de Arequipa mantiene la esencia de una comida local pesada, que antes y desde mucho tiempo han sabido presentar restaurantes emblemáticos de la ciudad, como La Palomino o el Sol de Mayo.-El que no está acostumbrado se sorprende, pero en Arequipa estamos acostumbrados a los platos fuertes -me había dicho el día anterior Pamela Rodríguez, en un almuerzo en La Palomino, donde los platos típicos tenían la contundencia de la abundancia. Patricia está encargada de llevar a comer a los invitados a la Feria Internacional del Libro de Arequipa. La feria se desarrolla en el Parque Libertad de Expresión, en la zona de Umacollo. Se trata de una feria pequeña, tiene pocos libros y cuando te toca presentarte en alguno de los salones, sabes que muchos de los asistentes han llegado más por curiosidad a lo desconocido que por interés.Pese a ello, la FIL de Arequipa ahora planifica su próxima edición como nunca antes. Ya se ha anunciado, con bombos y platillos, que el gran homenajeado será el arequipeño Mario Vargas Llosa.Uno de los edificios emblemáticos de Arequipa es su catedral. Construida sobre los cimientos de un anterior templo colonial, ha logrado sobreponerse a sucesivos terremotos, incendios y derrumbes. La fachada, ornamentada con 70 columnas clásicas, tiene más de 100 metros de largo. En las afueras, los vendedores de artesanía forman parte del paisaje que siempre mezcla lo clásico con lo popular. Una mezcla parecida se aprecia en el barrio de San Lázaro, el sitio donde están las tiendas de tejidos y artesanías con mejor precio. San Lázaro, a donde se puede llegar caminando desde el centro, es el barrio arequipeño más antiguo. Aquí se fundó la ciudad, y todavía mantiene bien conservadas sus típicas calles estrechas. En el recorrido se ven casas con balcones, está la parroquia de los monjes dominicos construida con la fundación de la ciudad, y no hay cuadra donde no haya un locutorio para llamadas internacionales con venta de Inca Kola frías. Entre las tiendas y mercadillos de San Lázaro es posible encontrar alguna librería. Aunque, en realidad, el fuerte de las tiendas de libros está en las calles laterales que salen de la Plaza de Armas. Ahí están las librerías San Francisco, Códice y Papiros.Hasta ahora, las librerías de Arequipa eran una buena oportunidad para conseguir ediciones de escritores peruanos: están a buen precio todas las novelas de Jaime Bayly, lo más viejo de Alonso Cueto, lo más raro de Bryce Echenique y lo último de Santiago Roncagliolo. Sin embargo, los que gozaban de mayor popularidad eran los libros de cocina de Gastón Acurio. Ediciones de lujo y con buenas fotografías en las librerías, ediciones económicas y coleccionables en los kioscos de diarios y revistas.Después del Nobel, las cosas han cambiado. Según Javier Ochoa, gerente de las librerías San Francisco, en la ciudad la venta de libros de Vargas Llosa se cuadruplicaron. Y esperan que sigan creciendo. Antes, el arequipeño más famoso del planeta vendía entre cinco y seis libros por día. Ahora supera los 25 ejemplares por local.En el ranking de ventas arequipeñas lo más vendido son La fiesta del chivo, La guerra del fin del mundo, Las mil y una noches y La tía Julia. Aunque una visita a Arequipa puede ser una buena ocasión para conseguir uno de los más singulares y poco distribuidos libros de Vargas Llosa: El pez en el agua, en la edición tapa gruesa azul de editorial Peisa, donde el escritor relata con detalles y autocrítica toda esa experiencia que fue competir con Alberto Fujimori por la presidencia de Perú. Arequipa, que ahora aparece en todos los suplementos literarios como la cuna del autor de cumbres como La ciudad y los perros y Conversación en la catedral, comenzó a ser habitada en el 7.600 a.C. Posteriormente fue centro de la tribu preincaica Collagua, y más tarde fue conquistada por el Inca Mayta Cápac, quien mandó fundar la primera ciudad. Garcí Manuel de Carbajal, conquistador español, fue el fundador de la ciudad española de Arequipa el 15 de agosto de 1540, con el nombre de Villa Hermosa de Arequipa. En 1936 nació aquí Mario Vargas Llosa.Los arequipeños no solamente son famosos por vivir en "La ciudad blanca". También, por su rivalidad con Lima (no siempre retribuida) y por la fama de presumidos de sus habitantes.El propio Vargas Llosa ha dicho:
-Siempre me sentí muy arequipeño y creo que las bromas que se dicen por ahí, que somos arrogantes, antipáticos y hasta locos, se deben a que nos tienen envidia.
En términos turísticos, el orgullo arequipeño tiene que ver con la belleza de sus volcanes, el Misti, el Chachani y el Pichupichu. Por su clima, que tiene 300 días de sol al año. Por las excursiones al Valle del Colca y el deporte aventura en el cañón del Colca.La segunda ciudad más grande del Perú es la capital de todo el sur del país. Atrae turistas porque está entre Cusco y Puno. Y también se muestra orgullosa de sus museos: vale la pena hacer un recorrido por el Museo Antropológico de la Universidad Católica Santa María, o por el Museo Municipal, con la colección de la momia Juanita. Dentro de todos estos lugares, el verdaderamente imperdible es el Monasterio de Santa Catalina, que fue fundado en 1579 y funcionó como un convento de clausura. Está ubicado en la calle Santa Catalina y es una verdadera ciudad dentro de Arequipa. Cuando uno entra al monasterio, se topa con 3 claustros y más de un centenar de celdas distribuidas a lo largo de 6 calles y un pasaje.La guía turística se encarga de explicarles a los visitantes lo que hoy parece inexplicable. Que toda esta gigantesca ciudadela fue construida para albergar a las hijas de las familias más distinguidas de la ciudad que tuvieran vocación religiosa. Hasta 1970 fue un centro de clausura absoluta. Hoy la situación es diferente. El Monasterio es el paseo con mejor fama de Arequipa. Y promete seguir así, a no ser que efectivamente se inaugure el museo en la casa donde nació Vargas Llosa. De seguro, un arequipeño como premio Nobel de Literatura cambiará las cosas para la ciudad. Al menos, eso esperan todas las autoridades. Hay algo singular en toda esta historia: Mario Vargas Llosa tenía menos de un año cuando partió, junto a su familia materna, a vivir a la ciudad boliviana de Cochabamba. Esa rama de su familia, los Llosa, son todos de Arequipa. Pero pese a esos primeros meses, el Nobel nunca volvió a vivir a la ciudad donde hoy se le preparan los más grandes homenajes.
Juan Pablo Meneses (fuente: El Mercurio, Chile)