viernes, 24 de agosto de 2012

Tocola


«En ese mundo que viví en el extranjero, que viví en Cochabamba había el culto de Arequipa, no del Perú: de Arequipa. La familia recordaba Arequipa como el paraíso perdido y entonces yo nací oyendo anécdotas de Arequipa, oyendo hablar de calles, de lugares, de personas de Arequipa y, además, se me inculcó desde que tuve uso de razón que ser arequipeño era un extraordinario privilegio. Algo que representaba no sólo, digamos, un privilegio, sino también un deber. Mi abuelo era un hombre muy recto, un caballero a la vieja usanza y, entonces, ser decente, ser limpio, ser honrado, era ser arequipeño. Bueno, pues, yo nací con esa idea de Arequipa; crecí con esa idea de Arequipa, y mi primer viaje a Arequipa, cuando yo tenía seis o siete años, lo tengo muy grabado en la memoria porque realmente era el viaje al paraíso. Era ir a  conocer ese paraíso que la familia Llosa tenía conservado en la calle Ladislao Cabrera, en Cochabamba. Y recuerdo mucho el viaje a Arequipa, un viaje largo. El tío Eduardo García, donde me alojé, era un caballero al que la familia le tenía admiración porque había visto al Papa en Roma, eso le daba una especie de aureola religiosa, mística. Vi los camarones por primera vez en mi vida. La señora Patrocinio, que era el ama de llaves, me preparaba unos chupes donde había esos animales extraños con tocolas (*). Recuerdo el Congreso Eucarístico. Fui a un Congreso Eucarístico, había mucha gente y había un señor de corbata pajarita que pronunciaba discursos, era Víctor Andrés Belaúnde. Arequipa, para mí, es eso: es esa familia de la que yo el día que conocí a mi padre fui arrancado brutalmente para conocer la realidad, es decir el infierno. Me arrancaron del paraíso y me llevaron al infierno y conocí el infierno que es la realidad. Pero Arequipa ha quedado siempre allí: asociada a mis abuelos, asociada a mi madre, y a personas a las que yo he querido enormemente y a las que debo los mejores recuerdos de mi infancia. Creo es eso lo que hace que, ahora que empiezo a ser viejo no quisiera pero la realidad es que empiezo a ser viejo siento mucho cariño por Arequipa. Además Arequipa ha sido tan cariñosa conmigo, sobre todo desde que gané el premio Nobel (risas), la manera cómo vivió Arequipa el premio Nobel a mí me conmovió. Soy sentimental, como dice el poema de Sebastián Salazar Bondy: al fin de cuentas, soy sentimental. Y entonces, pues, empiezo a sentirme arequipeño por fin. Bueno, y pronuncio la ‘ll’, también me enseñaron eso mis abuelos: los arequipeños sabemos pronunciar la ‘ll’ y los limeños son incapaces de hacerlo».
Mario Vargas Llosa
(*) Según el Diccionario de Arequipeñismos de Juan Guillermo Carpio Muñoz una tocola es: la pata más grande y abultada del camarón 2. La tenaza y su correspondiente base abultada de la pata del camarón, muy apreciada por su carne blanca y blanda. 3. La parte con tenaza de cangrejos, jaibas y otros crustáceos.

domingo, 5 de agosto de 2012

Cartas a un joven novelista

La forma novelesca
Por María Luisa Miretti
Cartas a un joven novelista, de Mario Vargas Llosa. Alfaguara. Buenos Aires, 2011.
Más que un manual de recetas y consignas, Vargas Llosa (Perú, 1936) esgrime el pretexto de responder al lector que lo consulta sobre la compleja y maravillosa profesión de escritor. Si bien le advierte desde el comienzo sobre las limitaciones de su visión, le comenta cómo surgen los motivos y los deseos que le animaron y le fueron alentando hasta darle forma y entender que detrás de cada libro hay historias, intuición, fantasía, una pizca de locura, pero también disciplina, organización, trampas y silencios y una urdimbre compleja que sostiene en vilo la ficción.
A modo epistolar, rememora su adolescencia intentando parecerse a Faulkner, Dos Passos, Camus, Sartre (vivos en esos momentos) y pedirles orientación.
Cree que el atributo principal de la vocación literaria es sentirla en sí misma, más que recibir sus frutos, ya que escribir es lo mejor que puede pasarle al ser humano (prescindiendo de lo político y de lo social), siendo entonces la vocación el punto de partida clave. Esto derriba las viejas teorías de haber sido elegido por los dioses, o por las musas, o ser un ser trascendente contaminado por la Belleza. Reconoce que es un asunto misterioso, no revelado, que alberga en el interior de cada cual, cercado de incertidumbre y subjetividad y que hace que escribir se convierta racionalmente- en un hecho esencial en la vida de cada uno.
Si bien la elección es importante, hay una disposición en la infancia a fantasear, a recrear situaciones, y ése quizás sea el hito inicial de lo que más tarde podría llamarse la “vocación literaria”. Desde ese punto al ejercicio literario hay un abismo; los que llegan a ser “creadores de mundos” mediante la palabra escrita son otra cosa, quizás vengan desde allí, o desde una rebeldía innata, de cierto inconformismo.
La ficción encubre una vida deseada que se organiza en la escritura apelando a la imaginación y a las palabras (rebeldía relativa), quizás sea la razón por la cual los regímenes totalitarios desconfían de las lecturas, sospechan y censuran.
La raíz de las historias ficcionales está en la experiencia de quien la inventa, “lo vivido es la fuente que irriga las ficciones” (eso no significa que sea la biografía encubierta del autor, pero siempre hay algunos rastros que se filtran).
A cierta altura se pregunta ¿qué es ser un escritor auténtico? Toda vez que la ficción es por definición una impostura, por tanto toda novela es una mentira y básicamente su efecto reside no solamente en el pacto narrativo con el lector sino también en el poder de persuasión del novelista.
Por eso, aclara que un tema nunca es bueno o malo, depende de la forma en que se encarna la historia, los efectos de verosimilitud, el poder de persuasión.
Seguidamente, analiza los aspectos más relevantes: el estilo (advirtiendo que el lenguaje es clave y no puede estar disociado de lo que relata), el espacio, el tiempo, el nivel de la realidad, las cajas chinas, los datos escondidos, siempre con referencias autorales, para finalmente en el último capítulo “A manera de posdata” hacerle notar que todo lo anterior no sirve para nada, que si tiene deseos de escribir empiece ya mismo, porque la crítica -y enumera autores emblemáticos, cada uno a su modo-, “es un ejercicio de la razón” mientras que la creación literaria es intuición y sensibilidad, así que lo alienta a llevar adelante su desafío y “que se ponga a escribir novelas de una vez”.

domingo, 13 de mayo de 2012

Por qué queremos tanto a Mario

Por Juan Cruz

Hay algo muy importante acerca de Mario Vargas Llosa, que reúne en su personalidad tantas cosas importantes. Ese algo tan importante que lo envuelve es la sencillez. Lo han calificado con todos los calificativos, los buenos y los malos; lo han acusado y lo han recusado; y también lo han glorificado. Entre los premios que ha recibido está el Nobel, que subrayó una literatura fuera de serie, testigo singular de su país y de sus países, pues es un escritor plenamente latinoamericano, aunque Europa (Francia, Inglaterra, sobre todo España) sea parte singular de su corazón cosmopolita y a la vez enraizado. A sus 76 años ha recorrido todos los puertos y ha visitado todos los aeropuertos; se ha encontrado con grandes mandatarios, que ahora lo reclaman más que nunca, y los escritores y los editores se lo rifan como compañero de baile e incluso de boda. Los periodistas lo buscamos también, a veces tan sólo con la excusa de preguntarle lo que el cotilleo profesional ya le preguntó un millón cien mil veces.
Empezó en el sueño de la literatura creyendo que vivía en el paraíso de los versos prohibidos, pero sobre todo en el paraíso de la madre, hasta que descubrió la literatura de verdad, la que visita el paraíso por detrás, y fue cuando supo que el jardín de la madre era un jardín doblemente habitado. Le preguntaron un día, en 1990: ¿Y por qué escribe? Dijo: «Para huir de la pena». Siempre pensé que jamás nadie hallaría de él una respuesta tan plena. El descubrimiento del padre como figura que iba a romper su idilio con el ensueño fue a la vez un castigo y una puerta, pues desde que se produjo ese encontronazo ya Mario Vargas Llosa, el Marito de entonces, tuvo que luchar contra la pena, para escapar de ella, para hallar en el fondo de los infiernos que suscita la vida materiales con los que edificar, a base de ficción (la verdad de las mentiras), nuevos paraísos, distintas vías de escape.
Al descubrimiento difícil del padre sucedieron los encuentros más placenteros, aquellos que le abrieron las puertas a los maestros: los suyos, los de Lima, pero también los parientes, pero sobre todo las lecturas, que empezaron a regar sus senderos que se bifurcaban con piedras a las que siempre ha regresado: Sartre, Camus, Malraux, Shakespeare, Cervantes, Onetti…, y así una amalgama en la que se alternó todo, las espigas y los trigos suaves, la poesía de Góngora y el polvo terrenal de Faulkner.
Se hizo, la vida lo hizo así, un hombre de la cultura; escribió en seguida libros en los que latía la ficción pero donde estaba también la no ficción, su propia vida traspuesta, desde La ciudad y los perros o Los cachorros hasta la muy reciente Las travesuras de la niña mala, pasando por la excepcional Conversación en la catedral, que es donde da comienzo su literatura comprometida con el mundo y con su país, y que lo consagró como un escritor de cuyo estilo no había dos. La vida lo condujo sucesivamente a luchas ideológicas y de pensamiento que lo pusieron en el lado de allá de lo que entonces era básico en la conversación contemporánea; la diatriba de Cuba (Revolución sí, Revolución no) destruyó amistades y viejos compromisos intelectuales. Como era tan fácil trazar la frontera para que el cristal cayera partiendo la crisma de los disidentes, a Mario le cayó toda una cristalería, y lo pusieron en el lado de los reaccionarios.
Luego vino la política propiamente dicha, y Mario halló ahí un frágil caballo de batalla, pues su opción política se fue deshaciendo, a veces por su ingenuidad de escritor que no maneja los hilos de ese otro oficio, y a veces porque él nunca se acostumbró a la marrullería que entonces parecía la marca de la política electoral peruana. Regresó de ese fracaso siendo un hombre asaltado, otra vez, por la melancolía que se encuentra más acá del paraíso, y durante algún tiempo paseó su desengaño entrando en un libro que yo aconsejo como un breviario para entenderlo: El pez en el agua. En ese libro está aquel Mario perplejo al descubrir que su padre muerto estaba vivo, y por tanto lo iba a sacar del paraíso, y derruido en sus ilusiones más patrióticas al descubrir que su idea de llegar a la presidencia de Perú era una utopía llena de zarzas. El estilo del libro era el estilo del hombre; parecía dictado por el crío que fue, y era tan noble en sus confesiones y en la crónica de sus propios disparates, era tan enorme ese autorretrato, digo, que el libro pasó desapercibido. Tengo mi teoría: ahí se presentaba ese ser sencillo del que la gente no habla, el habitante perplejo de todas las geografías, el tipo capaz de recorrer todo el mundo para apuntar un dato fiable que le deje escribir de verdad la ficción que se le ha ocurrido o el periodista que prefiere contar la guerra viéndola y no leyéndola en los periódicos.
Pero a ese tipo sencillo al que muchos quieren (queremos) tanto tuvo encima durante tantos años tantos sambenitos que era preferible ponerlo en el desván de los olvidados. Y por eso recibió la maldición de la maledicencia, y ahí estuvo, por un rato, en un purgatorio que a él no pareció afectarle demasiado. Hasta que apareció su novela más vibrante, acaso la mejor de su segunda época (la primera época fue la de Conversación…). La fiesta del chivo convirtió a Mario otra vez en un punto de referencia al que tuvieron que rendirse tirios y troyanos, ya no pudieron resistir los tópicos que cayeron sobre el personaje en función de su supuesto pensamiento de derechas.
La combinación de esos dos libros, Conversación en la catedral y La fiesta del chivo, fueron la piedra de toque sobre la que giró la conversación de los académicos del Nobel.
Un tipo que ha escrito esos dos monumentos de la ficción-no-ficción contemporánea era alguien que había rascado al fondo la pena de ser; había abrevado, para llegar a esa estatura moral de la literatura, en gente como Camus, Sartre y Malraux, y su formación se completaba con la calle, a la que sigue bajando como un obseso. ¿Cómo no iba, pues, a contar la epopeya contemporánea, la lucha del hombre contra el poder, conservando la certeza de que el alma no está sola en esa batalla si existe el consuelo de la palabra?
Su vida es la de un intelectual esforzado, y sus premios son los eslabones de sus merecimientos. Le premian en Suecia, en México, en Argentina y en Las Palmas de Gran Canaria, por ejemplo. Y como esos entorchados le caen sobre su chaqueta oscura de caballero del día y de la noche, la gente cree que eso lo envanece, lo hace más distante, más cercano a los astros que al suelo. Y no, eso no es así. Lo saben los jóvenes que se acercan a él con sus manuscritos, lo saben los periodistas que lo entrevistan, los estudiantes que le piden consejo sobre las escrituras incipientes, y lo saben quienes se sientan con él en las bibliotecas públicas, en los bares de Madrid o de Lima donde escribe con su bolígrafo-fetiche. En un universo donde el escritor se pone el ego como un escudo que lo salva pero también lo hunde, Mario Vargas Llosa sigue siendo aquel muchacho que, yendo de paseo con su madre, encuentra que el paraíso se diluye, y luego trata de reconstruirlo escribiendo y preguntando, como si estuviera tratando de desandar el camino que lo lleve otra vez a ser aquel niño que fue. Porque muchas veces se le ve en ese tránsito hacia ese niño que fue muchos queremos tanto a Mario Vargas Llosa.

domingo, 6 de mayo de 2012

Las dos lecturas de La ciudad y los perros






Por Carlos Alberto Montaner


Hace casi veinte años, cuando Mario se había transformado en líder político y se perfilaba como el probable presidente del Perú, yo estaba vinculado a la Junta Editorial de The Miami Herald y El Nuevo Herald, y advertí que existía una genuina curiosidad entre los periodistas de ambos medios por conocer esta nueva faceta del famoso novelista, de manera que organicé una reunión para que lo escucharan.
La reacción de los periodistas –tribu generalmente muy escéptica y a salvo de cualquier vestigio de entusiasmo con los políticos– resultó excelente. No se trataba de un intelectual con la cabeza llena de fantasías utópicas, sino de una persona con los pies en la tierra que sabía exactamente la enorme dimensión de los problemas que debía abordar si alcanzaba la Presidencia de su país.
Pero de aquel episodio, que tuvo también una faceta pública, recuerdo aún con más interés una anécdota que narró muy elocuentemente el ex preso político Armando Valladares cuando le tocó presentar a Mario. Valladares –famoso disidente que luego llegó a ser embajador de Estados Unidos ante la Comisión de Derechos Humanos de la ONU– contó que, en la década de los sesenta, uno de los pocos libros que circulaban entre los presos era La ciudad y los perros, obra que leían con admiración literaria, pero inicialmente sin demasiado entusiasmo, persuadidos de que el autor era una persona totalmente identificada con la dictadura, aspecto que el gobierno de Castro capitalizaba machaconamente en sus campañas propagandísticas.
Todo eso –explicó Valladares– cambió, súbitamente, a principios de los setenta, cuando estalló “el caso Padilla” y desde París varios escritores notables, capitaneados por Mario, Plinio Apuleyo Mendoza, Octavio Paz y otra media docena de intelectuales valiosos, rompieron públicamente con Castro, denunciaron la represión que padecían los cubanos y pusieron fin a la conveniente superstición de que la intelligentsia occidental respaldaba al gobierno de La Habana. A partir de que esa noticia se conoció entre los presos, La ciudad y los perros, que ya era un libro ajado por el manoseo incesante, tuvo dos tipos de perseguidores tenaces: los presos que deseaban conocer la obra de quien consideraban como “uno de los suyos” y comenzaban a leerlo con una inmensa devoción, y los carceleros, que recorrían las celdas y galeras para extirpar el libro escrito por el “traidor” peruano. Creo que nunca lograron encontrarlo. Esconderlo y pasarlo de mano en mano resultaba una forma de luchar por la libertad. ~

sábado, 10 de marzo de 2012

El último piajeno de Piura parece feliz

La desaparición de los “piajenos”

Por Mario Vargas Llosa

Han desaparecido los burritos de las calles y los alrededores de Piura. Los piuranos los llamaban “piajenos” y el sobrenombre les caía como anillo al dedo: eran los pies de los demás. Y, por supuesto, también los lomos y los brazos. Estoicos y pacientes cargaban costales de fruta, leña, gentes, todo lo que se podía cargar, y se los veía trotando día y noche por las calles de altas veredas, soportando maltratos de los malhumorados y los sádicos, alimentándose de lo que encontraban al paso o viviendo del aire y de su mera terquedad de no resignarse a morir. Pero ahora se han extinguido y a nadie le importa, y algunos lo celebran porque saben que la desaparición de los piajenos es, ay, síntoma inequívoco de modernización y de progreso.

Y es verdad: los cambios en todo Piura son impresionantes. La Piura de mi memoria se ha volatilizado en un torbellino de gigantescos centros comerciales, flamantes urbanizaciones que se comen el desierto, gallardos edificios, universidades, colegios, fábricas, nuevas avenidas, nuevos hoteles y plantaciones de agroindustria para la exportación que han puesto a esta región a la vanguardia del desarrollo peruano. Al igual que Ica, que ya lo alcanzó, Piura raspa ya ese milagro, el pleno empleo, y, en ciertas épocas del año debe importar trabajadores de la sierra para cubrir las demandas de mano de obra para el campo y la construcción. En la Plaza de Chulucanas escucho un parlante que invita a la gente local a enrolarse para ir a trabajar a la capital del departamento; ofrecen “buen trato, buen salario, contrato y seguridad social”. Nunca creí que lo vería y ahora lo veo: el Perú despegó por fin y la Piura querida de mi infancia y adolescencia está en el pelotón de cabeza de esta transformación.

Pero, para alguien de mi generación, toda ciudad es ya, como lo era Madrid en el poema de Dámaso Alonso, un cementerio de un millón de cadáveres. La guadaña del tiempo se ha llevado no sólo a todos mis profesores del Colegio San Miguel de Piura, sino también a mis compañeros de clase y a buena parte del elenco, los escenógrafos y los técnicos con los que subimos a escena, en el ya desaparecido Teatro Variedades, La huida del Inca, la primera obrita de teatro que escribí, en aquella Semana de Piura de Julio de 1952, la experiencia más conmovedora para mí en ese año extraordinario que pasé en casa de mis tíos Lucho y Olga, en el que, además de alumno sanmiguelino, fui periodista en el diario La Industria, fabricante de versos y de cuentos, autor y director de teatro, y hasta líder, con Javier Silva Ruete, de una huelga estudiantil.

Alguien ha encontrado una fotografía del estreno de La huida del Inca —siempre creí que no existía ninguna— y el momento más emocionante de esta visita es rememorar, gracias a aquella imagen, esa noche inolvidable. Ahí están, medio sepultados bajo los emplumados ornamentos con que Carmela Garcés y el profesor Aldana los vistieron de Incas, Yolanda Vilela y la bella Ruth Rojas, y ese hombre-ídolo que blande la mascaipacha imperial debe ser Ricardo Raygada. Yo, aunque no aparezco en la borrosa foto, es seguro que estoy también ahí, escondido en esas bambalinas que se divisan a un costado, enternado de azul y comiéndome las uñas de tanta emoción.

El Hotel de Turistas, en la Plaza de Armas de los eternos tamarindos, donde a mis 11 años descubrí que tenía un padre vivo y vi al personaje por primera vez, está siempre allí, pero ahora se llama Los Portales y el patio de los “sábados bailables” se transformó en un comedor. El Viejo Puente se desplomó, se lo llevó el río en una de sus crecidas, y lo ha reemplazado un puente colgante que ahora es peatonal. Los estragos causados por el Niño desvistieron el elegante Malecón Eguiguren y dieron buena cuenta de gran parte de las nobles casonas que lo engalanaban. El urbanicidio más triste es el de la Casa Eguiguren, seguramente la de mayor prestancia e historia de la ciudad, desfondada, desenrejada, saqueada de sus azulejos, de su artesonado, de sus puertas con clavos y convertida en un amasijo de ruinas pestilentes.

Pero la Plazuela del pintor Merino se conserva casi intacta, con la Iglesita del Carmen, convertida en un museo de arte religioso, y la casita donde vivía el párroco, el Padre Santos García, salmantino, cascarrabias, filatelista y profesor de religión, quien, en ciertas clases, presa de inspiración bíblica, tronaba de tal modo que hacía estremecerse las viejas paredes de quincha del colegio San Miguel. Éste se halla aún en pie, con sus aulas de techos altísimos, sus patios centenarios, su teatrín colonial, y hay esperanzas de que se convierta en un gran centro de cultura.

Cuando yo vine a Piura por primera vez, el río Piura era de avenida, y la llegada de las aguas, al comenzar el verano, se celebraba con una fiesta en la que participaba toda la ciudad. Había fuegos artificiales, bandas de música, y el mismísimo obispo se metía al cauce con sus hábitos morados, a bendecir la llegada del agua que traía vida, trabajo y alegría a los piuranos. Ahora el Piura es un río de aguas permanentes y la orilla opuesta ya no tiene arenales y algarrobos sino modernos edificios, las nuevas instalaciones del Colegio Salesiano y el gigantesco campus de la Universidad Nacional de Piura. En algún lugar de lo que es ahora el vasto distrito de Castilla yacen las cenizas de lo que fue, alguna vez, la pecaminosa Casa Verde.

El desierto, que rodeaba a la ciudad y la llenaba de arena las tardes de viento fuerte, ha desaparecido. Los 50 kilómetros que separan a Piura de Chulucanas están ahora llenos de árboles, matorrales, pastos, sembríos, y hasta los lejanos contrafuertes de la Cordillera, que yo recordaba grises y pelados, se han cubierto de verdura. Sólo el pueblecito de Yapatera, a unos cinco kilómetros de la capital de Morropón, permanece fiel a sí mismo, pequeño y acogedor, calcinándose al sol con sus casitas frágiles de adobe y de cañas, y su iglesita austera y despojada, con su techo de calamina y la coloreada imagen de San Sebastián. La casa de los McDonald, donde pasé algún fin de semana y monté caballo por primera vez, es una ruina de la que han tomado posesión un búho y unos murciélagos que, ominosos y silentes, trazan círculos sobre mi cabeza cuando recorro esos escombros tratando de localizar la terraza donde el dueño de casa, un inglés, y su esposa Pepita, tomaban todas las tardes el five o'clok tea, contemplando el quebrado horizonte de la Cordillera Negra.

Yapatera es un caso aparte porque, en un entorno social de indios, cholos y blancos, fue durante mucho tiempo un pueblo negro. Según don Fernando Barranzuela, el sabio del lugar, en el año de 1609, en plena colonia, el señor feudal de Yapatera compró 14 esclavos negros —10 hombres y cuatro mujeres— procedentes de Cumaná (Venezuela), a los que los indios del lugar apodaron los “cumananeros”. Así nacieron las famosas cumananas, contrapuntos líricos de versos rimados —desafío y réplica— en que son maestros consumados los yapateranos. Paso cerca de un par de horas, bajo los molles, sauces y algarrobos de la placita de Yapatera oyendo las cumananas con que don Fernando Barranzuela y Juan Manuel Guardado, los dos bardos locales, se provocan y burlan de sí mismos. Las letras son por lo general de afiebrado contenido sexual y, como suele ser frecuente en la poesía popular, rezuman machismo, racismo y chauvinismo. (Desafío: “Me puse a lavar un negro/ a ver si se desteñía;/ cuanto más lo jabonaba/ más negro se me ponía”./ Réplica: “Yo también bañé a un blanquito/ a ver qué cosa decía;/ le metí un dedo al potito/ y el maricón se movía”).

Toda esta región en los viejos tiempos estaba llena de cañaverales y trapiches y hasta el aire parecía impregnado con la dulcísima miel de la chancaca. Ya no queda uno solo. Alrededor de Yapatera hay todavía arrozales pero todo el contorno está dedicado a la siembra de frutas para la exportación. Hago un alto en la antigua hacienda de Sol Sol y de nuevo me doy de bruces con la Piura modernísima del siglo XXI: viñedos que se extienden hasta perderse de vista, alineados al milímetro y se diría podados por artistas; almacenes, depósitos, empaquetadoras, comedores y baños relucientes; sembríos de paltas y mangos. Los dueños de la empresa Saturno me explican que sus clientes abarcan un abanico de países de varios continentes y que, en los períodos de mayor actividad, más de 2.000 familias viven del trabajo en esta finca.

Ya de regreso a la ciudad, veo a orillas de la carretera, en una ranchería de chozas donde se ofrecen bebidas y carne seca a los viajeros, algo que me hace detener. Está tumbado al sol, revolviéndose sobre sí mismo en la tierra parda y áspera, peludo, grisáceo y, a juzgar por los desafinados rebuznos que lanza de pronto, sin ton ni son, gozando del instante. El último piajeno de Piura parece feliz.


domingo, 15 de enero de 2012

Matrimonio en Bombay

Por Mario Vargas Llosa

Roberto es un peruano de Lima y Nus una india de Bombay. Ambos estudiaron en Estados Unidos y trabajan para una compañía de publicidad transnacional. Se conocieron en Nueva Delhi, se enamoraron en Shanghái donde fueron a hacer una campaña publicitaria y ahora residen en Nueva York. Allí tomaron la decisión de casarse. El matrimonio se celebrará en Bombay, residencia de la familia de la novia. Como Roberto es hijo de unos amigos muy queridos, Patricia y yo hemos venido a acompañarlos y, con nosotros, más de un centenar de forasteros de medio mundo, sobre todo, peruanos.

Este enlace y estos amores son un producto de la globalización, no hubieran sido posibles unos años atrás. Nus es la primera persona de su extenso linaje que se casa por amor. Hasta ahora, en su familia los matrimonios fueron siempre arreglados, como sigue ocurriendo en innumerables hogares indios, y, principalmente, entre las familias de religión musulmana que, como los progenitores de Nus, pertenecen a la secta Bohri, de un millón de prosélitos, caracterizada por su fidelidad a la tradición.

Cuando Nus informó a sus padres que quería casarse con Roberto, aquéllos se alarmaron. Su madre le propuso un muestrario de pretendientes, pero ya que la muchacha no daba su brazo a torcer, la familia aceptó conocer al exótico joven procedente del Perú –y, encima, de familia nazarena– que aspiraba a desposar a su hija. Roberto vino a Bombay, se las arregló para pasar el examen y seducir a sus futuros parientes políticos, los que, finalmente, consintieron a la boda.

Ésta durará cuatro días y constituirá una obra sutil de equilibrio religioso, musical, sociológico, diplomático e idiosincrático. El primer día consta de una ceremonia privada a la que asisten sólo las familias. Se firma el contrato matrimonial y el abuelo de Nus la “entrega” simbólicamente a su novio. Los otros tres días consisten en fiestas y cenas copiosas, con bailes, canciones, espectáculos y manjares donde se alternan la tradición y lo moderno, el oriente indio, la América gringa e hispánica y fogonazos del resto del mundo.

El Hotel Taj Mahal Palace, ya restaurado en su antigua magnificencia de los estragos que le infligieron unos terroristas venidos de Pakistán, que destrozaron sus instalaciones y las sembraron de sangre y de cadáveres, es el escenario de la ceremonia llamada Mehndi. A los invitados hombres nos enturbantan y a las damas unos diligentes diseñadores les bordan en las manos y en los pies los delicados encajes “henna”, portadores de buena suerte, con una tintura que se irá desvaneciendo al paso de los días. Las guayaberas y las chaquetas se entreveran con los blusones y las camisolas, las sandalias y pantuflas con los zapatos, así como los saris delicados con atrevidas minifaldas occidentales. De acuerdo a las instrucciones, se evitan los atuendos en blanco y en negro. Hay un colorido espectáculo de bailarinas, cantantes y músicos de Rajastán y una comida estrictamente vegetariana, de misteriosa factura y ardiente como el fuego. Que no se sirva gota de alcohol no es obstáculo para que los jóvenes, la gran mayoría de asistentes, se lancen a bailar las danzas locales y formen al poco rato una algarabía frenética, haciendo figuras, rondas, trencitos, en torno a los novios que presiden la fiesta en estado de trance. Yo resisto hasta la medianoche pero aquello se alarga hasta el amanecer.

La fiesta del día siguiente, llamada Sangeet, es informal y más latina que india. La terraza del Hotel Intercontinental, que mira al Mar de Arabia, ha sido transformada en una explanada caribeña –uno se creería en Santo Domingo, Cartagena o Jamaica– y la música que atruena la noche son merengues, cumbias, mambos, guarachas, románticos boleros y, por fin, las indescifrables danzas modernas norteamericanas. Se brinda con vino, champagne, whisky, y los indios, ahora en franca minoría ante los latinos, toman el desquite cuando los amigos y amigas de los novios presentan un número de danza inspirado en los melodramas musicales de Bollywood, la más fecunda productora de películas del mundo –cerca de mil al año y en treinta lenguas distintas– que tiene sus desarrapados estudios en las afueras de Bombay. Es divertido, cómico, simpático, y acaba de romper las barreras de idiomas, creencias y costumbres y confundir a todos los jóvenes en un jolgorio de sincretismo exaltado y glorioso. Cuando me arrastro hasta mi hotel, aquello sólo está empezando.

La ceremonia del último día, Walima, es la más bonita y llamativa. En ella no se bebe alcohol ni se bailan danzas modernas, se desfila por la calle y luego, en un hermoso jardín vecino al Paseo Marítimo, se felicita y despide a los novios, mientras se degustan las especialidades culinarias de la comunidad Bohri preparadas por la familia de Nus. El atuendo indio prevalece y muchos extranjeros llevan también Salwaar Kameez, blusas y faldas Lehenga, saris, chaquetas Nehru, turbantes y babuchas. El desfile callejero, desde el Trident Hotel, dura varias cuadras. Los novios van en lo alto de una carroza decorada con flores y tirada por caballos, mientras a su alrededor parientes y amigos cantan alabanzas y hacen votos de buena fortuna para los recién casados. Una pequeña orquesta con cornetas, tambores y platillos escapada de una película de Fellini preside el cortejo.

La gente de las veredas y los autos sonríe, saluda, envía buenaventuras y, de pronto, descubro que, también aquí, entre las bellas muchachas envueltas en sedas, los caballeros elegantes y las damas que lucen sus joyas, se han entreverado los mendigos: ancianos, hombres y mujeres, niños que apenas han aprendido a andar, con las manos estiradas, luciendo sus harapos, su ceguera, sus muñones, su delgadez esquelética, su desamparo. Son la presencia brutal de la realidad en este cuento de hadas.

Las estadísticas dicen que la India, la más grande democracia del mundo, viene dando una formidable batalla contra la pobreza, creciendo desde hace quince años a un promedio parecido al de China –entre un 9 y 10 por ciento anual– y que cada año millones de pobres dejan de serlo y se incorporan a las pujantes clases medias. Todo ello es cierto. Pero las verdades estadísticas no dicen nunca toda la verdad. Lo que ocultan (y esto vale también para China, Brasil y todos los nuevos gigantes) es que, a pesar de ese admirable progreso, decenas y, acaso, centenas de millones de indios han quedado atrás, varados, y no tendrán ya la oportunidad de salir del infierno de miseria y desesperanza.

Eso es lo que nos recuerdan los mendigos de esta fascinante y estremecedora ciudad cuyas calles atestadas parecen salidas de las parábolas de Borges sobre el infinito y la vertiginosa eternidad. Están por todas partes, callados, pacíficos, terribles: a las puertas del Museo Nacional y sus hermosas colecciones de pinturas nepalesas y tibetanas; en torno a la desvencijada mansión victoriana Mani Bhavan , donde vivió el asceta Mahatma Gandhi que con su limpia palabra y sus ayunos derrotó al imperio británico; al pie de la Puerta de la India y en los andenes y escalinatas de la Victoria Terminus Station, tan presente en las historias de Rudyard Kipling, parecida a la estación St. Pancras de Londres, pese a las capas de mugre que recubren sus relojes, lampadarios, balcones, asientos y techos, ventanales y paredes de falso gótico, y están también en el embarcadero donde los turistas suben a los barquitos que los llevarán a la isla de Elefanta, a ver las monumentales esculturas de Shiva excavadas en las grutas.

Están allí porque en Bombay, a diferencia de lo que ocurre en Lima, Madrid, México o Río de Janeiro, la pobreza y la riqueza no tienen sus barrios acotados para que aquella no turbe ni asuste a quienes disfrutan de una vida digna. No, en esta ciudad ricos y pobres andan mezclados de manera inextricable y, por ejemplo, la casa-rascacielos del multibillonario Ambaní, uno de los hombres más ricos del mundo, levanta hacia los cielos sus trescientas habitaciones desde una barriada donde deben apiñarse las familias más menesterosas de la ciudad.

Roberto y Nus, claro está, no pueden pensar en este momento en estas cosas tristes. Allí están, jóvenes, apuestos, ella bellísima en sus gráciles sedas, maquillada con arte impecable, y él, desenvuelto como si hubiera llevado toda la vida ese atuendo oriental. Reciben las felicitaciones con alegría y esperan el instante final, el de “los zapatos nuevos”, que, al ser entregados por la madre del novio a Nus, marcarán el término de la boda.

¿Serán felices? Para casarse han tenido que vencer enormes obstáculos, un excelente comienzo. Un matrimonio feliz es una empresa común y exige tanta dedicación, fervor, paciencia e insistencia como una gran novela. Gentes de cinco continentes y una veintena de países hemos venido aquí a exigirles que sean felices. No deberían defraudarnos.

domingo, 28 de agosto de 2011

La fiesta y la cruzada

Por Mario Vargas Llosa

Bonito espectáculo el de Madrid invadido por cientos de miles de jóvenes procedentes de los cinco continentes para asistir a la Jornada Mundial de la Juventud que presidió Benedicto XVI y que convirtió a la capital española por varios días en una multitudinaria Torre de Babel. Todas las razas, lenguas, culturas, tradiciones, se mezclaban en una gigantesca fiesta de muchachas y muchachos adolescentes, estudiantes, jóvenes profesionales venidos de todos los rincones del mundo a cantar, bailar, rezar y proclamar su adhesión a la Iglesia católica y su “adicción” al Papa (“Somos adictos a Benedicto” fue uno de los estribillos más coreados).

Salvo el millar de personas que, en el aeródromo de Cuatro Vientos, sufrieron desmayos por culpa del despiadado calor y debieron ser atendidas, no hubo accidentes ni mayores problemas. Todo transcurrió en paz, alegría y convivencia simpática. Los madrileños tomaron con espíritu deportivo las molestias que causaron las gigantescas concentraciones que paralizaron Cibeles, la Gran Vía, Alcalá, la Puerta del Sol, la Plaza de España y la Plaza de Oriente, y las pequeñas manifestaciones de laicos, anarquistas, ateos y católicos insumisos contra el Papa provocaron incidentes menores, aunque algunos grotescos, como el grupo de energúmenos al que se vio arrojando condones a unas niñas que, animadas por lo que Rubén Darío llamaba “un blanco horror de Belcebú”, rezaban el rosario con los ojos cerrados.

Hay dos lecturas posibles de este acontecimiento, que “El País” ha llamado “la mayor concentración de católicos en la historia de España”. La primera ve en él un festival más de superficie que de entraña religiosa, en el que jóvenes de medio mundo han aprovechado la ocasión para viajar, hacer turismo, divertirse, conocer gente, vivir alguna aventura, la experiencia intensa pero pasajera de unas vacaciones de verano. La segunda la interpreta como un rotundo mentís a las predicciones de una retracción del catolicismo en el mundo de hoy, la prueba de que la Iglesia de Cristo mantiene su pujanza y su vitalidad, de que la nave de San Pedro sortea sin peligro las tempestades que quisieran hundirla.

Una de estas tempestades tiene como escenario a España, donde Roma y el gobierno de Rodríguez Zapatero han tenido varios encontrones en los últimos años y mantienen una tensa relación. Por eso, no es casual que Benedicto XVI haya venido ya varias veces a este país, y dos de ellas durante su pontificado. Porque resulta que la “católica España” ya no lo es tanto como lo era. Las estadísticas son bastante explícitas. En julio del año pasado, un 80% de los españoles se declaraba católico; un año después, sólo 70%. Entre los jóvenes, 51% dicen serlo, pero sólo 12% aseguran practicar su religión de manera consecuente, en tanto que el resto lo hace sólo de manera esporádica y social (bodas, bautizos, etcétera). Las críticas de los jóvenes creyentes –practicantes o no– a la Iglesia se centran, sobre todo, en la oposición de ésta al uso de anticonceptivos y a la píldora del día siguiente, a la ordenación de mujeres, al aborto, al homosexualismo.

Mi impresión es que estas cifras no han sido manipuladas, que ellas reflejan una realidad que, porcentajes más o menos, desborda lo español y es indicativo de lo que pasa también con el catolicismo en el resto del mundo. Ahora bien, desde mi punto de vista esta paulatina declinación del número de fieles de la Iglesia católica, en vez de ser un síntoma de su inevitable ruina y extinción es, más bien, fermento de la vitalidad y energía que lo que queda de ella –decenas de millones de personas– ha venido mostrando, sobre todo bajo los pontificados de Juan Pablo II y de Benedicto XVI.

Es difícil imaginar dos personalidades más distintas que las de los dos últimos Papas. El anterior era un líder carismático, un agitador de multitudes, un extraordinario orador, un pontífice en el que la emoción, la pasión, los sentimientos prevalecían sobre la pura razón. El actual es un hombre de ideas, un intelectual, alguien cuyo entorno natural son la biblioteca, el aula universitaria, el salón de conferencias. Su timidez ante las muchedumbres aflora de modo invencible en esa manera casi avergonzada y como disculpándose que tiene de dirigirse a las masas. Pero esa fragilidad es engañosa pues se trata probablemente del Papa más culto e inteligente que haya tenido la Iglesia en mucho tiempo, uno de los raros pontífices cuyas encíclicas o libros un agnóstico como yo puede leer sin bostezar (su breve autobiografía es hechicera y sus dos volúmenes sobre Jesús más que sugerentes). Su trayectoria es bastante curiosa. Fue, en su juventud, un partidario de la modernización de la Iglesia y colaboró con el reformista Concilio Vaticano II convocado por Juan XXIII.


Pero, luego, se movió hacia las posiciones conservadoras de Juan Pablo II, en las que ha perseverado hasta hoy. Probablemente, la razón de ello sea la sospecha o convicción de que, si continuaba haciendo las concesiones que le pedían los fieles, pastores y teólogos progresistas, la Iglesia terminaría por desintegrarse desde adentro, por convertirse en una comunidad caótica, desbrujulada, a causa de las luchas intestinas y las querellas sectarias. El sueño de los católicos progresistas de hacer de la Iglesia una institución democrática es eso, nada más: un sueño. Ninguna iglesia podría serlo sin renunciar a sí misma y desaparecer. En todo caso, prescindiendo del contexto teológico, atendiendo únicamente a su dimensión social y política, la verdad es que, aunque pierda fieles y se encoja, el catolicismo está hoy día más unido, activo y beligerante que en los años en que parecía a punto de desgarrarse y dividirse por las luchas ideológicas internas.

¿Es esto bueno o malo para la cultura de la libertad? Mientras el Estado sea laico y mantenga su independencia frente a todas las iglesias, a las que, claro está, debe respetar y permitir que actúen libremente, es bueno, porque una sociedad democrática no puede combatir eficazmente a sus enemigos –empezando por la corrupción– si sus instituciones no están firmemente respaldadas por valores éticos, si una rica vida espiritual no florece en su seno como un antídoto permanente a las fuerzas destructivas, disociadoras y anárquicas que suelen guiar la conducta individual cuando el ser humano se siente libre de toda responsabilidad.

Durante mucho tiempo se creyó que con el avance de los conocimientos y de la cultura democrática, la religión, esa forma elevada de superstición, se iría deshaciendo, y que la ciencia y la cultura la sustituirían con creces. Ahora sabemos que esa era otra superstición que la realidad ha ido haciendo trizas. Y sabemos, también, que aquella función que los librepensadores decimonónicos, con tanta generosidad como ingenuidad, atribuían a la cultura, ésta es incapaz de cumplirla, sobre todo ahora. Porque, en nuestro tiempo, la cultura ha dejado de ser esa respuesta seria y profunda a las grandes preguntas del ser humano sobre la vida, la muerte, el destino, la historia, que intentó ser en el pasado, y se ha transformado, de un lado, en un divertimento ligero y sin consecuencias, y, en otro, en una cábala de especialistas incomprensibles y arrogantes, confinados en fortines de jerga y jerigonza y a años luz del común de los mortales.

La cultura no ha podido reemplazar a la religión ni podrá hacerlo, salvo para pequeñas minorías, marginales al gran público. La mayoría de seres humanos sólo encuentra aquellas respuestas, o, por lo menos, la sensación de que existe un orden superior del que forma parte y que da sentido y sosiego a su existencia, a través de una trascendencia que ni la filosofía, ni la literatura, ni la ciencia, han conseguido justificar racionalmente. Y, por más que tantos brillantísimos intelectuales traten de convencernos de que el ateísmo es la única consecuencia lógica y racional del conocimiento y la experiencia acumuladas por la historia de la civilización, la idea de la extinción definitiva seguirá siendo intolerable para el ser humano común y corriente, que seguirá encontrando en la fe aquella esperanza de una supervivencia más allá de la muerte a la que nunca ha podido renunciar. Mientras no tome el poder político y éste sepa preservar su independencia y neutralidad frente a ella, la religión no sólo es lícita, sino indispensable en una sociedad democrática.

Creyentes y no creyentes debemos alegrarnos por eso de lo ocurrido en Madrid en estos días en que Dios parecía existir, el catolicismo ser la religión única y verdadera, y todos como buenos chicos marchábamos de la mano del Santo Padre hacia el reino de los cielos.

Madrid, agosto de 2011