miércoles, 15 de diciembre de 2010

EL PERÚ SOY YO


Después de leer diversos artículos sobre la vida y obra de Mario Vargas Llosa, a raíz de recibir el Premio Nobel, no queda duda de que se trata de un peruano de pura cepa. Durante la campaña de 1990, curiosamente se vendió la idea de que era un peruano a medias, alto, blanco y pituco, radicado en Europa, que desconocía los dramas de su terruño. En cambio, Alberto Fujimori era presentado por la prensa oficial como un peruano auténtico, que conocía de nuestra idiosincrasia y se desenvolvía como pez en el agua en costa, sierra y selva. Nada más falso. Mario Vargas Llosa es, como él mismo lo afirma, el Perú.
El rey sol, Luis XIV, fue quien dijo: "el Estado soy yo", pero lo dijo como si fuese una apropiación del estamento político por naturaleza. "El Perú soy yo", pronunciado con emoción por Mario Vargas Llosa, alude a la idea de nación, a la diversidad cultural que nos constituye. Representa la figura del recipiente, que recibe una vasta tradición, una lengua que almacena, recrea y revive en la polémica intelectual.
La identidad, la historia y la posibilidad de futuro es un tema que nos concierne y ha sido abordado, como corresponde, en la obra de Mario Vargas Llosa. De todos los escritores peruanos solamente con uno mantiene una relación entrañable: con José María Arguedas, quizá el compatriota más sufrido y humillado, el único que tuvo una visión interior del indio. "Un escritor responsable –afirma Vargas Llosa– escribe siempre a partir de una experiencia y los modernistas no tenían la menor experiencia de lo indígena".
Si Zavalita, su personaje más cercano, es Vargas Llosa, su drama equivale al drama del Perú y el drama del Perú es el suyo propio. "Él era como el Perú, Zavalita, se había jodido en algún momento. Piensa: ¿en cuál?". "El Perú jodido, piensa, Carlitos jodido, todos jodidos. Piensa: no hay solución". Las reflexiones son ambivalentes, pues provienen tanto del narrador como del personaje, eso no queda del todo claro, pero lo cierto es que la interrogante atraviesa tanto el destino del país como el de Zavalita en un acoplamiento desgarrador.
Mario Vargas Llosa nos lo ha recordado una vez más: ser un peruano de corazón, un peruano bueno, significa hacerlo a través de nuestros ríos profundos, aquellos vasos comunicantes que permiten acercarnos a ese tronco común y existir, querernos y respetarnos.
Fuente: Abelardo Sánchez León (El Comercio, Lima)

lunes, 13 de diciembre de 2010

"La burbuja" de Mario Vargas Llosa

"Emocionado, emocionado... qué más da... emocionado" Así retrata su estado anímico César Vallejo en Poemas humanos. Así quisiera retratar yo mi propio estado anímico, de martes a viernes de esta semana, en la que he comprendido o valorado -entre muchas otras cosas-, el ser de Arequipa, "esa lejana provincia del Perú..." (según Estocolmo): el haber estudiado en el colegio de La Salle y con los profesores que algunas veces fueron los mismos, en Arequipa y en Cochabamba (por los seis años de diferencia en edad y porque los "hermanos" de La Salle eran intercambiables en sus colegios); el haber trabajado juntos en "Radio Panamericana" en la calle Belén (antes de que existiera Panamericana Televisión): él escribía presentaciones de discos para un programa dominical de tres horas y yo escribía los editoriales del noticiero El Panamericano... que por alguna misteriosa razón económico-financiera, Genaro Delgado Parker juzgaba que debía tener un espacio con opinión editorial... y yo producía dos cada día, mañana y tarde, lunes a viernes. Nos encontrábamos en la radio y tomábamos café en la Plaza San Martín. Él "veló sus primeras armas del periodismo" en La Crónica. Yo lo hice primero en El Deber de Arequipa y muy pronto en La Prensa. ¿Vocaciones coincidentes? Quizás, pero en mí no brilló el fulgor de su "burbuja"...Eran los días de "La tía Julia y el escribidor" y Mario me contaba sobre San Marcos y sobre su posibilidad de viajar a Francia. Viajó y lo perdí de vista, por muchos años.Nos reencontramos una tarde en la Gran Vía de Madrid. Yo acababa de leer por tercera vez Pantaleón y las visitadoras y de doblarme de risa con una de las novelas más divertidas y satíricas que he leído en mi vida. Le advertí: los militares peruanos te podrán "perdonar" La ciudad y los perros, pero Pantaleón... no te la perdonarán jamás. Me dijo que lo buscara en Barcelona y así lo hice: quería conocer los detalles de mi deportación y exilio... con su invariable pasión por los perseguidos, los abusos, los atropellos de los dictadores. Pocas veces he sentido tanta emoción como al escuchar, desde Estocolmo, al escritor Per Wastberg, miembro de la Academia Sueca, en su discurso de presentación: "... Mario Vargas Llosa es un baluarte contra los prejuicios, el racismo y el nacionalismo intolerante. Ha luchado por la libertad de expresión y los derechos humanos, más allá de la geografía... Ha encapsulado a la sociedad del siglo XX en una burbuja de imaginación. Y esa burbuja se ha mantenido flotante en el aire durante 50 años y todavía reluce...".
Fuente: Luis Rey de Castro, diario Correo, Lima.

sábado, 11 de diciembre de 2010

Arequipa / Estocolmo, viaje a la gloria

El rey Carlos Gustavo de Suecia entregó el gran premio de las letras a Vargas Llosa.
El presidente del Comité Nobel equiparó su obra a la de Balzac, Tolstoi o Faulkner.

JUAN CRUZ (ENVIADO ESPECIAL, diario El País, Madrid)

"Mario Vargas Llosa ha encapsulado la historia de la sociedad del siglo XX en una burbuja de imaginación". Esa burbuja "se ha mantenido flotando en el aire durante 50 años y todavía reluce". El escritor peruano estaba junto a su asiento, de pie, ante el rey de Suecia; les separaba la enorme letra N que desde hace más de un siglo es el distintivo que en el Concert Hall de Estocolmo marca el símbolo de los Premios Nobel.

Cuando Per Wästberg, escritor, presidente del Comité Nobel y académico, terminó de decir en español aquellas palabras, la sala prorrumpió en un aplauso y aquel hombre que fue "rebelde ante su padre", "que dejó el marxismo ante las ruindades de Castro" y que usó la literatura para denunciar los abusos del poder, según Wästberg, se adelantó unos pasos y sobre esa N mayúscula que persiguen tantos escritores recogió del monarca sueco los atributos que le ponen en la cumbre de su oficio.

El chico que fue Marito, peruano de Arequipa, nacionalizado también español, tiene ahora 74 años y sus primeros libros los empezó a escribir cuando era un cadete en el Colegio Militar Leoncio Prado. Ha seguido un largo camino hasta aquí pero, como el güisqui, sigue ahí, tan campante. Wästberg aseguró que Vargas Llosa prosigue la tradición de maestros como Balzac o Tolstoi hasta llegar, por la vía de la mejor novela que arranca en el siglo XIX, a la "experimentación de vanguardia" de William Faulkner.

En el aire tradicionalmente hierático de la ceremonia sueca del Nobel, sonó como un trallazo lo que dijo Wästberg sobre la conversión de Vargas Llosa en "un liberal" después de haber profesado como un marxista. "Un ciudadano del mundo, un marxista transformado, por las ruindades de Castro, en un liberal". También habló de un candidato perdedor, un escritor épico, un autor satírico, un autor erótico, un columnista y ensayista capaz de ir de lo más solemne o terrible "al comentario sobre el fútbol o sobre el miedo a volar".

El maestro de ceremonias quiso recordar que el nuevo Nobel ha prestado su voz "a los silenciados y a los oprimidos", y que ha colocado en su obra, para hallar sus metáforas, "a los presidentes y a las prostitutas". Wästberg dijo, citando al propio escritor, que "sus materiales han sido la intuición, la obsesión, la locura y la fantasía, y con todos ellos se ha colocado en la vía de Zola y de Gide o Camus: un ejemplo de escritor que lidera y alerta".

El estrambote en español desató la satisfacción entre peruanos y españoles. El artista peruano Fernando de Szyszlo, representante del presidente Alan García, antiguo adversario político de Vargas Llosa, y el ministro de Cultura de Perú, Juan Ossio, rivalizaban en contento con la ministra española Ángeles González-Sinde, con la directora del Instituto Cervantes, Carmen Caffarel, y con el representante de la Academia Española, José Antonio Pascual, que vino en nombre del director de la entidad, Víctor García de la Concha.

Es, el de ayer, un acto medido al milímetro en el que la emoción la tienen que guardar los galardonados y el público en una barra de hielo sueco. Por eso la invocación al Nobel chino de la Paz, hecha por el presidente de la Fundación Nobel, pasó sin otro reconocimiento que el silencio por una concurrencia que comparte aquí el estupor causado por la actitud china de rechazo al galardón al activista no violento Liu Xiaobo.

Hubo un momento, sin embargo, en que se rompió ese hieratismo. Fue cuando le fue entregado a la esposa de Robert Edwards, la investigadora Ruth Fowler, el galardón que la Academia de Medicina le concedió a su marido "porque hizo posible, gracias a la fecundación in vitro que él impulsó, la ilusión de muchísimas parejas que hasta entonces no podían tener hijos". Ese milagro, al que se opuso la Iglesia, tuvo su primer nombre propio, la niña Louise Joy Brown, que nació gracias a ese método en 1978.

Sobre los restantes premios sobrevolaron las explicaciones: son Nobel del futuro. Los de FísicaQuímica (Richard F. Heck, Ei-ichi Negishi y Akira Suzuki) descubrieron las posibilidades de catalización por medio del paladio, que abre enormes perspectivas a la fotosíntesis artificial; y los de Economía (Peter A. Diamond, Dale T. Mortensen y Christopher A. Pissarides) han hecho hallazgos clave en el mercado laboral, útiles para su aplicación en la política económica. (Andre Geim y Konstantin Novoselov) descubrieron las propiedades del grafeno, material bidimensional con enormes posibilidades para aplicaciones en la electrónica; los de

Todos ellos se fueron, con su premio bajo el brazo, a celebrar el mayor éxito de sus vidas. La fiesta la inició el rey de Suecia celebrando la memoria del Alfred Nobel. En ella, Mario Vargas Llosa contó un cuento del que él es el único protagonista.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Discurso Nobel de Ernest Miller Hemingway


Por Ernest Hemingway

Carente de toda habilidad para pronunciar discursos y sin ningún dominio de la oratoria o la retórica, agradezco a los administradores de la generosidad de Alfred Nobel por este Premio.
Ningún escritor que conoce a los grandes escritores que no recibieron el Premio puede aceptarlo a no ser que sea con humildad. No es necesario hacer una lista de estos escritores. Todos los aquí presentes pueden hacer su propia lista de acuerdo a su conocimiento y conciencia.
Me resultaría imposible pedir al Embajador de mi país que lea un discurso en el cual un escritor diga todas las cosas que están en su corazón. Las cosas que un hombre escribe pueden no ser inmediatamente perceptibles, y en esto algunas veces es afortunado; pero eventualmente se vuelven claras y por éstas y por el grado de alquimia que posea, perdurará o será olvidado.
Escribir al mejor nivel, es una vida solitaria. Organizaciones para escritores mitigan la soledad del escritor, pero dudo que mejoren su escritura. Crece en estatura pública a medida que se despoja de su soledad y a menudo su trabajo se deteriora. Debido a que realiza su trabajo en soledad y, si es un escritor suficientemente bueno, cada día deberá enfrentarse a la eternidad o a su ausencia.
Cada libro, para un escritor auténtico, deberá ser un nuevo comienzo donde intentará nuevamente alcanzar algo que está más allá de su alcance. Siempre deberá intentar lograr algo que nunca ha sido hecho o que otros han intentado y han fracasado. Entonces algunas veces -con gran suerte- tendrá éxito.
Cuán fácil resultaría escribir literatura si tan sólo fuera necesario escribir de otra manera lo que ya ha sido bien escrito. Debido a que hemos tenido tantos buenos escritores en el pasado es que un escritor se ve forzado a ir más allá de sus límites, allá donde nadie puede ayudarlo.
Como escritor he hablado demasiado. Un escritor debe escribir lo que tiene que decir y no decirlo. Nuevamente se los agradezco.

La novela latinoamericana: testimonio de una época

Por Miguel Ángel Asturias

Hubiera querido que a este encuentro no se le llamara conferencia sino coloquio, diálogo de dudas y afirmaciones sobre el tema que nos ocupa. Empezaremos analizando los antecedentes de la literatura latinoamericana en general, deteniendo nuestra atención en aquellos que más atingencia tienen con la novela. Vamos a remontar las fuentes hasta los orígenes milenarios de la literatura indígena, en sus tres grandes momentos: Maya, Azteca e Incaica.
Surge como primera cuestión la siguiente pregunta: ¿Existió un género parecido a la novela entre los indígenas? Creo que sí. La historia en las culturas autóctonas tiene más de lo que nosotros occidentales llamamos novela, que de historia. Hay que pensar que estos libros de su historia, sus novelas, diríamos ahora, eran pintados entre los Aztecas y Mayas y guardados en formas figurativas aún no conocidas en el incanato. Presupone esto el uso de pinacogramas, de los que, la voz del lector, –los indígenas no distinguen entre leer y contar, para ellos es la misma cosa–, sacaba el texto que en forma de canto iba relatando a sus oyentes.
El lector, contador de cuentos cantados, o "gran lengua", único conocedor de lo que los pinacogramas decían, realizaba una interpretación de los mismos recreándolos, para regalo de los que le escuchaban. Más tarde, estas historias pintadas se fijan en la memoria de los oyentes y pasan en forma oral, de generación en generación, hasta que el alfabeto traído por los españoles las fija en sus lenguas nativas con caracteres latinos o directamente en castellano. Es así como llegan a nuestro conocimiento textos indígenas poco expuestos a la contaminación occidental. La lectura de estos documentos es lo que nos ha permitido afirmar que entre los americanos la historia tenía más de novela que de historia. Son narraciones en las que la realidad queda abolida al tornarse fantasía, leyenda, revestimiento de belleza, y en las que la fantasía a fuerza de detallar todo lo real que hay en ella termina recreando una realidad que podríamos llamar surrealista. A esta característica de la anulación de la realidad por la fantasía y de la recreación de una súper-realidad, se agrega una constante anulación del tiempo y el espacio, y algo más importante y característico: el uso y abuso de la palabra en estilo paralelístico, o sea el empleo paralelo de diferentes vocablos para señalar el mismo objeto, dar la misma idea, expresar los mismos sentimientos. Insisto en esto, el paralelismo en los textos indígenas es un juego de matices que para nosotros occidentales no tiene valor, pero que indudablemente permitían una gradación poética imponderable, destinada a provocar ciertos estados de conciencia que se tomaban por magia.
Volviendo al tema del origen de un género literario similar a la novela, entre los primitivos pueblos de América, cabría emparentar el nacimiento de la forma novelesca con la epopeya. La leyenda heroica, superando las posibilidades de la historia ficción, va en labios de los rapsodas, grandes lenguas de las tribus o "cuicanimes" que recorrían las ciudades recitando los textos, para que circulara entre los pueblos la belleza de sus cantos, como la sangre dorada de sus dioses.
Estos cantos épicos, tan abundantes en la literatura americana indígena, y tan poco conocidos, poseen eso que nosotros llamamos "intriga novelesca", y que los frailes y doctrineros españoles designaban con el nombre de "embustes".
Estos relatos novelados que en sus orígenes eran testimonio de su antigüedad, memoria y fama de las cosas grandes que en oyéndolas otros querían hacer, esta literatura de realidad y fantasía-realidad, se quiebra en el instante de avasallamiento, y queda corno una de las tantas vasijas rotas de aquellas grandes civilizaciones. Va a seguir, sin embargo, en esta misma forma documental no ya el testimonio de la grandeza, sino de la miseria, no ya el testimonio de la libertad, sino el de la esclavitud, no ya el testimonio de los señores, sino el de los vasallos, y una nueva literatura americana, naciente, intentará llenar los vacíos silencios de una época. Pero los géneros literarios que florecían en la península Ibérica no arraigan en América, tal el caso de la novela realista y el teatro. Por el contrario es el borbotón indígena, savia y sangre, río, mar y miraje, lo que incide sobre la mentalidad del primer español que va a escribir la primera gran novela americana, "novela" como debe llamarse a la "Verdadera Historia de los Sucesos de la Conquista de Nueva España" por Bernal Díaz del Castillo. ¿Será atrevimiento llamar "novela" a lo que el soldado aquél llamó no historia sino "verdadera historia"? ¡Cuántas veces las novelas son la verdadera historia! Pero pregunto: ¿Será atrevimiento dar el nombre de novela a la obra del insigne cronista? Al que esto crea, a quien me llame atrevido, lo invitaría a internarse en la prosa trotona y anhelante de este hombre de infantería y de todas armas y advertirá que insensiblemente al entrar en ella, irá olvidando que lo que le sucedió era realidad y más le parecerá obra de pura fantasía. ¡Si hasta el mismo Bernal lo dice, próximo a los muros cíe Tenochtitlán: "que parecía las cosas de encantamiento que cuentan en el Libro de Amadís"! Pero este libro es español, se nos dirá, aunque de español sólo tiene el haber sido escrito por un peninsular avecindado en Santiago de los Caballeros de Guatemala, donde conservamos el glorioso manuscrito, y el haber sido trazado en la vieja lengua de Castilla, aunque más participa de ese disfracismo propio de la literatura indígena. Al mismo Don Marcelino Menéndez y Pelayo, versadísimo en letras clásicas hispánicas, le parece raro el sabor de esa prosa y le sorprende que haya sido escrita por un soldado. No para mientes el gran polígrafo en que Bernal a sus ochenta años no sólo había oído muchos textos de la literatura indígena, influenciándose con ella, sirio que por ósmosis se había absorbido América y ya era americano.
Pero hay otro parentesco más impresionante. Los indígenas, en sus últimos dolorosos cantos, ya avasallados, demandan justicia, y Bernal Díaz del Castillo se abre el pecho para dar salida a un cronicón que es un rugido de protesta, por el olvido en que se le dejó después "del batallar y el conquistar".
A partir de este momento toda la literatura latinoamericana, el cantar y el novelar, va a tornarse no sólo en testimonio de cada época, sino como dice el escritor venezolano Arturo Uslar Pietri, en "Un Instrumento de Lucha". Toda la gran literatura es de testimonio y reivindicación, pero lejos de ser un documento frío, son páginas apasionantes del que sabe que tiene en las manos un instrumento para deleitar y convencer.
¿El sur nos va a dar un mestizo? El mestizo por excelencia pues para que nada le faltara fue el primer desterrado que tuvo América: el Inca Garcilaso. Este desterrado criollo sigue las voces indígenas ya extinguidas, en su denuncia contra los opresores del Perú. El Inca nos ofrece en su prosa magnífica, ya no sólo lo americano, ni sólo lo español, sino la mezcla, en la fusión de las sangres y en la misma demanda de vida y de justicia.
De momento nadie advierte en la prosa del Inca el "mensaje" como se dice ahora. Esto quedará esclarecido durante la lucha de la independencia. El Inca aparecerá entonces con la prestancia del indio que supo burlarse del imperio "de los dos cuchillos" o sea la censura civil y eclesiástica. Tarde se dan cuenta las autoridades españolas del recado que encierra tanta donosura, imaginación y melancolía, y ordenan recoger sagazmente la historia del Inca Garcilaso, donde han aprendido esos naturales "muchas cosas perjudiciales".
Y no sólo la poesía y obras de ficción dan testimonio. Los autores más insospechados, como los: Francisco Javier Clavijero, Francisco Javier Alegre, Andrés Calvo, Manuel Fabri, Andrés de Guevara, dieron nacimiento a una literatura de desterrados que es y seguirá siendo testimonio de su época.
Hasta el mismo poeta guatemalteco Rafael Landívar tiene su forma de rebelarse. Su protesta es silencio, a los españoles los llama "hispani" sin otro adjetivo. Y nos referimos a Landívar porque a pesar de ser el menos conocido debe considerársele como el abanderado de la literatura americana, cuando es auténtica expresión de nuestras tierras, hombres y paisaje. Landívar, dice Pedro Henriquez-Ureña, "es entre los poetas de las colonias españolas el primer maestro del paisaje, el primero que rompe decididamente con las convenciones del Renacimiento y descubre los rasgos característicos de la naturaleza en el Nuevo Mundo, su flora y su fauna, sus campos y montañas, sus lagos y cascadas. En sus descripciones de costumbres, de industrias y juegos hay una graciosa vivacidad y a lo largo cíe todo el poema, honda simpatía y comprensión por la supervivencia de las culturas indígenas."
En Módena, Italia, aparece en 1781 con el título de "Rusticatio Mexicana" una obra poética de 3425 exámetros latinos, distribuida en 10 cantos, original de Rafael Landívar. Un año después en Bolonia aparece la segunda edición. Ante los europeos, el poeta llamado por Menéndez Pelayo "el Virgilio de la modernidad", pregona en su obra las excelencias de la tierra, de la vida y del hombre americano. Ansiaba que los habitantes del viejo mundo supieran que al Vesubio y al Etna se les podía enfrentar el Jorullo, volcán mexicano, a las famosas fuentes de Castalia y Aretusa, las cascadas y grutas de San Pedro Mártir en Guatemala, y, al hablar del cenzontle, el pájaro de las 400 voces en la garganta, lo hacía volar más alto en el reino de la fama que el ruiseñor.
Canta los tesoros de la campiña, el oro y la plata que estaban llenando el orbe de valiosas monedas y los pilones de azúcar ofrecidos a las mesas de los reyes.
No faltan en el poema las estadísticas de la riqueza americana encaminada a deslumbrar al europeo. Cita las manadas de ganados caballares y vacunos, los rebaños de ovejas, los ganados caprino y porcino, las fuentes medicinales, los juegos populares, algunos desconocidos en Europa, como el palo volador, y no calla la gloria del cacao y del chocolate de Guatemala. Pero hay algo que debemos señalar en el canto landivariano: su amor al nativo. Canta en el indio a la raza que en todo sale airosa, pinta la maravilla de los huertos flotantes creados por los indios, los tiene como ejemplo de gracia y maestría pero no olvida sus inmensos sufrimientos. Así va dejando substancia poética, poesía naturalista ajena a lo simbólico, de un hecho que siempre ha querido negarse: la superioridad del indio americano como campesino, artífice y obrero.
A la pintura del indio malo, haragán y vicioso, tan propalada en Europa y tan creída en América por los americanos que lo explotan, Landívar opone la estampa del indio sobre cuyos hombros ha pesado y sigue pesando el trabajo en América.
Y no lo hace simplemente enunciándolo, caso en el que podía creérsele o no creérsele, sino que en su poema vemos al indio a bordo de la piragua placentera, transportando sus mercancías o viajando y lo admiramos extrayendo la púrpura y la grana, extendiendo los nivosos gusanos que producen la seda, agarrándose con tesón a las peñas para arrancarles el marisco precioso que da el color de las púnicas rosas, arando paciente y testarudo, cultivando el añil, extrayendo de la mina la nativa plata, agotando las venas de oro ... El Rusticado de Landívar confirma lo que hemos dicho de la gran literatura americana, que no podrá conformarse con un papel pasivo, mientras en nuestros suelos, pueblos famélicos, vivan sobre estas tierras opulentas, y es por su contenido una forma de novelar en verso. Andrés Bello iba a renovar 50 años después la aventura americana en su famosa "Silva", obra inmortal y perfecta en la que vuelve a aparecer la naturaleza del Nuevo Mundo con el maíz a la cabeza, como "jefe altanero de la espigada tribu", el cacao en "urnas de coral", los cafetales, el banano, el trópico en toda su potencia vegetal y animal, y contrastando con esta visión grandiosa "del rico suelo", el habitante empobrecido.
Bello nos recuerda al Inca Garcilaso, por desterrado; es de la estirpe americana de Landívar; ambos inician, sin balbuceos, la gran jornada americana en la literatura universal.
A partir de este momento la imagen de la naturaleza del Nuevo Mundo, despertará en Europa un interés muy particular pero nunca llegará con la fidelidad candente que mantiene en Landívar y en Bello. Su visión deformada hacia lo maravilloso, idílico, paradisíaco, nos la ofrece Chateaubriand en "Átala" y "Los Nátchez".
En los europeos la naturaleza es un telón de fondo sin la gravitación que alcanzará en el marco del romanticismo criollo. Los románticos dan a la naturaleza lugar permanente en las creaciones de poetas y novelistas de la época. Así José María de Heredia cantando a las Cataratas del Niágara, así Esteban Echeverría en las descripciones del desierto de "La Cautiva" para no citar a otros.
El romanticismo en América no fue solamente una escuela literaria sino una bandera de patriotismo. Poetas, historiadores, novelistas, reparten sus días y sus noches entre las actividades políticas y el sueño de sus creaciones. ¡Jamás ha sido más hermoso ser poeta en América! Entre los poetas influidos por la Patria convertida en musa, vemos aparecer a José Mármol, autor de una de las novelas más leídas en América, "Amalia". Las páginas de este libro han pasado por nuestros dedos febriles y sudorosos, cuando sufríamos en carne propia las dictaduras que han asolado a Centro América. Los críticos al referirse a la novela de Mármol señalan desigualdades, desaliños, sin darse cuenta que una obra de esa índole, se escribe con el corazón saltando en el pecho, pulsaciones que van a dejar en la frase, en el párrafo, en la página, esa taquicardia de la incorrección vital que aquejaba a la Patria entera.
Estamos en presencia de uno de los testimonios más ardientes de la novela americana. A través del tiempo "Amalia" como las imprecaciones de José Mármol, sigue sacudiendo a los lectores hasta constituir por ello, para muchos un acto de fe.
Y es en ese instante cuando va a sonar la voz de Sarmiento, plantando en la puerta de los siglos su famoso dilema: "Civilización o Barbarie". Y el mismo Sarmiento se sobrecogerá cuando se dé cuenta que "Facundo" vuelve armas contra él y contra todos declarándose auténtico representante de la América criolla, de la América que se niega a morir y que busca hendir con el pecho que ya se le ha hecho duro, el esquema antitético de civilización o barbarie para encontrar entre estos extremos el punto en que sus pueblos integren con valores esenciales propios, su auténtica personalidad.
A mediados del siglo pasado otro romántico no menos apasionado aparece en Guatemala: José Batres Montúfar. En medio de las narraciones de carácter festivo el lector siente que debe olvidar la fiesta para escuchar al poeta. Con cuánta gracia cargada de amargura el inmortal José Batres Montúfar caló hondo en problemas que ya entonces, a mediados del siglo pasado, eran candentes.
Otra voz iba a llegar de norte a sur, la de José Martí. El estará presente, desterrado o en su patria, con su verbo encendido de poeta o de periodista, presente también con su ejemplo hasta su sacrificio.
El siglo XX se nos llena de poetas, de poetas que ya no dicen nada, salvo muy contados nombres, entre los que sobresalen el del inmortal Rubén Darío y Juan Ramón Molina, el hondureno. Los podas se evaden de la realidad, tal vez por ser esa una de las formas de ser poeta. Pero en muchos de ellos nada hay vivo en su obra que se va tornando habladuría. Ignoran la clara lección de los rapsodas indígenas, olvidan a los forjadores coloniales de nuestra gran literatura, satisfechos en la imitación sin sangre de la poesía de otras latitudes, y ridiculizan a los que cantaron nuestra gesta libertadora, considerándolos encandilados por un patriotismo local.
Y no es sino pasada la primera guerra, que un puñado de hombres, hombres y artistas, salen a la reconquista de lo propio, van al encuentro de lo indígena, recalan junto a lo español materno y vuelven con el mensaje que tienen que entregar al futuro.
La literatura americana va a renacer bajo otros signos no ya el del verso. Ahora es una prosa táctil, plural e irreverente con las formas, herida por caminos de misterio, la que servirá a los designios de esta nueva cruzada cuyo primer paso fue hundirse, así, hundirse en la realidad, no para objetivar, forma de estar y no estar en ella, sino penetrando en los hechos para solidarizarse con los problemas humanos. Nada de lo que es humano, nada de lo que es real le será ajeno a esta literatura urgida por el contacto con América. Y este es el caso de la novela latinoamericana. Nadie pone en duda que esta novela va colocándose a la cabeza del género en el mundo entero. Se cultiva en todos nuestros países, por autores de diversas tendencias, lo que hace que también en la novela todo sea material americano, testimonio humano de nuestro momento histórico.
Y es que nosotros, novelistas del hoy americano, dentro de la tradición constante de compromiso con nuestros pueblos, en que se ha desarrollado nuestra gran literatura, nuestra sustentadora poesía, también tenemos tierras que reclamar para nuestros desposeídos, minas que exigir para nuestros explotados y reivindicaciones que hacer en favor de las masas humanas que perecen en los yerbatales, que se queman en las plantaciones de banano, que se tornan bagazo humano en los ingenios azucareros, y por eso que para mí, la auténtica novela americana es el reclamo de todas estas cosas, es el grito que viene del fondo de los siglos y que se reparte en miles de páginas. Novela auténticamente nuestra que está de pie en sus páginas leales al espíritu, a los puños de nuestros obreros, al sudor de nuestros campesinos, al dolor por nuestros niños mal nutridos reclamando por que la sangre y la savia de nuestras vastas tierras corran otra vez hacia los mares para enriquecer nuevas metrópolis.
Esta novela participa, consciente o inconscientemente, de las características de los textos indígenas, frescos, lacerados y pujantes; de la angustia numísmata de los ojos de los criollos que asomaban a esperar el alba en la media noche colonial, más clara, sin embargo, que esta media noche que nos está amenazando ahora, y sobre todo de la afirmación, del optimismo lustral de aquellos hombres de pluma que desafiando a la inquisición abrieron en las conciencias brecha, para el paso de los libertadores.
La novela latinoamericana, nuestra novela, para ser tal, no puede traicionar el gran espíritu que ha informado, e informa, toda nuestra gran literatura. Si escribes novela sólo para distraer, ¡quémala! cabría decir evangélicamente, pues si no la quemas tú, se borrará contigo en el correr del tiempo, se borrará de la memoria del pueblo que es donde un poeta o novelista debe aspirar a quedar. ¡Cuántos hubo que en el pasado escribieron novelas para divertir! En todas las épocas. ¿Y quién los recuerda? En cambio qué fácil es repetir los nombres de los que entre nosotros escribieron para dar testimonio. Dar testimonio. El novelista da testimonio, como el Apóstol de los Gentiles. Es el Pablo que cuando intenta escapar se encuentra con la realidad rugiente del mundo que le rodea, esta realidad de nuestros países que nos ahoga y nos deslumbra, y al hacernos rodar por tierra nos obliga a gritar: ¿PARA QUÉ ME PERSIGUES? Sí, somos unos perseguidos de esta realidad que no podemos negar, que es carne de gente de la revolución mexicana, en los personajes de Mariano Azuela, de Agustín Yáñez y de Juan Rulfo, tan afilados de conceptos como sus cuchillos; que con Jorge Icaza, Ciro Alegría, Jesús Lara, es grito de protesta contra la explotación y el abandono del indio; que con Rómulo Gallegos en "Doña Bárbara" nos crea a nuestra Prometea. Que con Horacio Quiroga nos devuelve a la pesadilla del trópico, pesadilla tan suya como americana que parece ser su estilo; que con "Los ríos profundos" de José María Arguedas, el "Río oscuro" del argentino Alfredo Várela, "Hijo de hombre" del paraguayo Roa Bastos, y "La ciudad y los perros" del peruano Vargas Llosa, nos hace ver cómo se desangra el trabajador en nuestras tierras. Con Mancisidor nos lleva a los campos petrolíferos, hacia donde van, abandonando sus casas, los habitantes de "Casas muertas" de Miguel Otero Silva ... Con David Viñas nos enfrenta a la Patagonia trágica, con Enrique Wernicke nos arrastra con las aguas que sumergen pueblos y con Verbitsky y María de Jesús nos lleva a las villas miserias, los barrios dantescos e infrahumanos de nuestras grandes ciudades ... El hijo del salitre de Teitelboim nos cuenta del duro trabajo en los campos salitreros, como Nicomedes Guzmán nos hace palpar la vida de los niños en los barrios obreros chilenos, y el campo salvadoreño en "Jaragua" de Napoleón Rodríguez Ruiz y nuestros pequeños pueblos en "Cenizas del Izalco" de Flakol y Clarivel Alegría. No podemos pensar en la pampa sin hablar de "Don Segundo Sombra" de Güiraldes, ni hablar de la selva sin "La vorágine" de Eustasio Rivera, ni de los negros sin Jorge Amado, ni de los llanos del Brasil sin el "Gran Sertao" de Guimaraes Rosa, ni de los llanos de Venezuela sin Ramón Díaz Sánchez.
Nuestros libros no llevan un fin de sensacionalismo o truculencia para hacernos un lugar en la república de las letras. Somos seres humanos emparentados por la sangre, la geografía, la vida, a esos cientos, miles, millones de americanos que padecen miseria en nuestra opulenta y rica América. Nuestras novelas buscan movilizar en el mundo las fuerzas morales que han de servirnos para defender a esos hombres. Está ya avanzado el proceso de mestizaje de nuestras letras al que correspondía en el reencuentro americano dar a su grandiosa naturaleza una dimensión humana. Pero ni naturaleza para dioses como en los textos de los indios, ni naturaleza para héroes como en los escritos de los románticos, naturaleza para hombres, en la que serán replanteados con vigor y audacia los problemas humanos. Aunque como buenos americanos nos apasiona la bella forma de decir las cosas, cada una de nuestras novelas es por eso una hazaña verbal. Hay una alquimia. Lo sabemos. No es fácil darse cuenta en la obra realizada del esfuerzo y empeño por lograr los materiales empleados, palabras. Sí, esto es, palabras, pero usadas con qué leyes. Con qué reglas. Han sido puestas como la pulsación de mundos que se están formando. Suenan como maderas. Como metales. Es la onomatopeya. En la aventura de nuestro lenguaje lo primero que debe plantearse es la onomatopeya. Cuántos ecos compuestos o descompuestos de nuestro paisaje, de nuestra naturaleza, hay en nuestros vocablos, en nuestras frases. Hay una aventura verbal del novelista, un instintivo uso de palabras. Se guía por sonidos. Se oye. Oye a sus personajes. Las mejores novelas nuestras no parecen haber sido escritas sino habladas. Hay una dinámica verbal de la poesía que la misma palabra encierra, y que se revela primero como sonido, después como concepto.
Por eso las grandes novelas hispanoamericanas son masas musicales vibrantes, tomadas así, en la convulsión del nacimiento de todas las cosas que con ellas nacen.
La aventura sigue en la confluencia de los idiomas. De todos los idiomas hablados por los hombres, además de las lenguas indígenas americanas que entran en su composición, hay mezcla de las lenguas europeas y orientales que las masas de inmigrantes llevaron a América.
Otro idioma va a regar sus destellos sobre sonidos y palabras. El idioma de las imágenes. Nuestras novelas parecen escritas no sólo con palabras sino con imágenes. No son pocos los que leyendo nuestras novelas las ven cinematográficamente. Y no porque se persiga una dramática afirmación de independencia, sino porque nuestros novelistas están empeñados en universalizar la voz de sus pueblos, con un idioma rico en sonidos, rico en fabulaciones y rico en imágenes. No es un lenguaje artificialmente creado para dar cabida a esa fabulación, o la llamada prosa poética, es un lenguaje vivo que conserva en su habla popular todo el lirismo, la fantasía, la gracia, la picardía que caracteriza el lenguaje de la novela latinoamericana. La poesía-lenguaje que sustenta nuestra novelística es algo así como su respiración. Novelas con pulmones poéticos, con pulmones verdes, con pulmones vegetales. Pienso que lo que más atrae a los lectores no americanos, es lo que nuestra novela ha logrado por los caminos de un lenguaje colorido, sin caer en lo pintoresco, onomatopéyico por adherido a la música del paisaje y algunas veces a los sonidos de las lenguas indígenas, resabios ancestrales de esas lenguas que afloran inconscientemente en la prosa empleada en ella. Y también por la importancia de la palabra, entidad absoluta, símbolo. Nuestra prosa se aparta del ordenamiento de la sintaxis castellana, porque la palabra tiene en la nuestra un valor en sí, tal como lo tenía en las lenguas indígenas. Palabra, concepto, sonido, transposición fascinante y rica. Nadie entendería nuestra literatura, nuestra poesía, si quita a la palabra su poder de encantamiento.
Palabra y lenguaje harán participar al lector en la vida de nuestras creaciones. Inquietar, desasosegar, obtener la adhesión del lector, el cual olvidándose de su cotidiano vivir, entrará a compartir el juego de situaciones y personajes, en una novelística que mantiene intactos sus valores humanos. Nada se usa para desvirtuar al hombre, sino para completarlo y esto es tal vez lo que conquista y perturba en ella, lo que transforma nuestra novela en vehículo de ideas, en intérprete de pueblos usando como instrumento un lenguaje con dimensión literaria, con valor mágico imponderable y con profunda proyección humana.

El día que Zavalita resucitó en Estocolmo 'El pez en el agua'

Peter Englund, secretario perpetuo de la Academia que concedió el Nobel a Mario Vargas Llosa, el hombre que le dio la noticia y que este martes le presentó ante el auditorio que escuchó su discurso marcado por las lágrimas, nos dio, antes de que hablara el Nobel, algunas claves que subyacen en las palabras que al mismo Vargas Llosa hicieron llorar.
Nos dijo Englund, en su despacho de la Academia, que, cuando sus compañeros discutían la candidatura de Vargas, él les dijo: "Lean en paralelo Conversación en La Catedral y El pez en el agua".
Englund, de 53 años, es académico desde 2002; es historiador (su último libro, sobre la I Guerra Mundial, está a punto de ser publicado en España); ha enseñado narratología, es un lector apasionado y resulta que, leído ahora el discurso del Nobel, ambas obras cuya lectura aconsejó a sus compañeros subyacen en el espíritu de la alocución emocionada del escritor peruano.
Conversación en La Catedral es la raíz histórica de la preocupación literaria del Nobel por la política y por su país, y El pez en el agua es la explicación escrita de una ansiedad autobiográfica, explicativa, que ha explotado en Estocolmo y en la que Mario cifró, a principios de los noventa, su resurrección literaria tras el fracaso político. En aquel libro que Englund mencionó como clave a sus colegas está "la esencia sentimental", como dice su hijo Álvaro, de la parte más política del discurso del Nobel, aquella en la que recorre las relaciones de su autobiografía con lo que ha venido sucediendo en su país y en el mundo ("En qué momento se jodió el Perú, Zavalita"); como si esa fuera la raíz, por otra parte, de una vocación política que le llevaría a aspirar a regir los destinos de su propio país, Conversación en La Catedral se configura como el instante en que el cadete se prepara para saber qué es eso de la política y qué es eso de las dictaduras. Y es, además, nos diría Englund, "la raíz más grande de su innovación literaria, el libro que le pone en el destino de los grandes".
Pero la vida de Vargas Llosa es una novela en sí misma, y aquí la ha contado así; cuando ya alcanza con los dedos la culminación de esa búsqueda, la política activa, el fracaso le espera en la otra esquina, y se viene a curar de él en París, en el año 1990. Ahí podría haberse quebrado, y es seguro que lo hubiera quebrado la presidencia; su hijo Álvaro dice que si su padre no escribe de inmediato, tras ese fracaso, El pez en el agua, nunca se hubiera quitado el nudo de la garganta. Ese exabrupto autobiográfico que es El pez en el agua ofrece algunas claves, desanda mezquindades, pone en su sitio a algunos elementos que "desde su propia pequeñez" juzgaron su ambición política y, sobre todo, muestra con palabras mojadas en una emoción herida lo que supone en su obra su autobiografía. Ese espíritu lo ha rescatado en Estocolmo, como si hubiera resucitado Zavalita.
En el discurso recuperó la esencia de aquel libro, y le dio otra vez la razón a un juicio con el que Englund complementó las esencias personales y literarias de ambos libros clave: "Lo que distingue a Mario Vargas Llosa es su valentía. En su valentía está la categoría de su arte, pues ningún gran artista es un cobarde".
Englund expresaba ese rasgo de Mario Vargas 24 horas antes de que este lo esgrimiera como un factor de su vida en ese discurso tan guardado de Estocolmo. La valentía. Ninguno de los títeres que siguen danzando desde el siglo XX al siglo XXI (los nacionalismos, las dictaduras, las mezquindades que sufrió mientras evolucionaba del marxismo al liberalismo democrático...) quedan fuera de su preocupación. Lo dijo todo como en un exabrupto, como si Zavalita respondiera en Conversación en La Catedral la famosa pregunta de la jodienda del Perú y como si el Mario de El pez en el agua reconstruyera pedazos que ese libro catártico no cerró del todo.
Lloró, claro; lo llevaba aguantando mucho tiempo, aunque todo estuviera, más o menos, como dice Englund, en esos dos libros que fueron decisivos en la larga historia (¿Era candidato desde los ochenta, señor Englund? "Yo creo que sí") de la candidatura del joven que fue Zavalita al premio Nobel de Literatura.
Juan Cruz (El País, Madrid)