lunes, 6 de diciembre de 2010

No me voy a dejar enterrar por el Premio Nobel. Tengo anhelos, proyectos hasta el final

Parece mentira, pero Mario Vargas Llosa estaba nervioso cuando se enfrentó hoy a mediodía a periodistas de medio mundo que querían saber de él, de sus opiniones y de su estado de ánimo en la primera jornada oficial de su semana como Nobel de Literatura 2010, en un Estocolmo bajo cero.
Se atrabancó al llegar al salón de la Academia sueca donde hace dos meses se anunció que era el Nobel de este año, y no le salía la sonrisa que le pedían los fotógrafos, sobre todo los de su país, ¡es que esas cámaras intimidan mucho!". Después se asentó, y ya fue el Mario de siempre; no esquivó ninguna pregunta, corrigió una vez a su traductor (hablando de Flaubert), y habló de literatura y de política, como suele ser su sino.
Le preguntaron por Wikileaks, por cierto; sobre esta gran filtración mediática que de la que EL PAÍS ha sido vehículo en español, el Nobel dijo: "Tengo opiniones contradictorias acerca del asunto. Por un lado me resulta formidable este ejercicio de transparencia; es importante que todo salga a la luz, pues esto nos alivia de mentiras e intrigas. Pero me parece peligroso que si todo sale a la luz, si desaparece toda confidencialidad, si no hay privacidad, ¿cómo va a funcionar un Estado? La esencia misma de la democracia se pondría en peligro".
"No deja de ser paradójico", continuó el autor de La guerra del fin del mundo, "que los estados democráticos sean los más vulnerables y que las dictaduras sean las que estén defendidas y protegidas contra esos riesgos que yo visulmbro en torno a estos hechos".
Habló de muchas más cosas Mario Vargas Llosa. Este es un sumario de preguntas y respuestas.
¿Qué nos quiere decir con su literatura?
"No quiero dar mensajes, quiero contar historias; escribir es enriquecer nuestras experiencias con historias imaginarias, enriquecer nuestra sensibilidad, aumentar nuestro desasosiego frente al mundo tal como lo vemos".
¿Es usted machista y neoliberal?
"No, no soy machista. Soy un firme defensor de la igualdad entre hombres y mujeres; en mis libros aparecen escenas de machismo, pero es lo que a habido y hay lamentablemente en el mundo que describo. ¿Neoliberal? No, soy un liberal, creo en la democracia, en todas las libertades, y estoy en contra del autoritarismo y del totalitarismo.
¿Cómo ha visto el recibimiento que han hecho los peruanos a su premio?
Estoy conmovido por esa actitud, y eso para mi supone un premio suplementario. Desde hace diez años el Perú vive una democracia, si quieren imperfecta, pero que ha garantizado la convivencia en paz. Mi deseo es que ese estado de derecho se refuerce en el futuro y no dé un paso atrás.
¿Tiene ánimos para seguir escribiendo o el Nobel es un punto y final?
"No me voy a dejar enterrar por el Premio Nobel. Tengo anhelos, proyectos hasta el final".
¿Es cierto que sus novelas están a la izquierda de usted mismo?
"Les dejo a los críticos y a los lectores las interpretaciones ideológicas con respecto a mis libros".
¿Cómo hace los libros?
"Los ingredientes con la imaginación, el entusiasmo y la fantasía... Cuando comienzo una historia ya llevo trabajando tiempo en ella, utilizo materias primas que van funcionando en mi imaginación, la fantasía hace luego el resto".
¿Intentaría la política de nuevo?
"Jamás. Fui candidato en un momento particular del Perú, pero jamás lo volveré a ser".
¿A qué escritor le gustaría rendir tributo ahora?
"A Flaubert. Gracias a él supe que la falta de talento se puede suplir con la disciplina, la perseverancia y la paciencia... Fue esencial para mi vocación".
¿Le asusta lo que pasa en México?
"Creo que México está defendiéndose con mucho coraje de los graves problemas que afronta a causa del narcotráfico. Lo combate con mucha dureza. Ahora bien, no se puede derrotar esa lacra con una política puramente represiva. Creo que debe descriminalizar la droga, controlándola, y ese dinero que ahora se usa en la lucha contra el narcotráfico usarlo para su persecución, para la curación de los afectados y para la reeducación de los que estén en el tráfico y en el consumo. Como se ha hecho, con éxito, con el tabaco. Sólo así se puede acabar con esta terrible violencia".
¿Ahora ya hace humor en sus libros? ¿Es el otoño de su vida?
"¡No me llame anciano! No usé el humor al principio, porque seguí la conducta de Sartre, que en su obra no emitía ni una sonrisa. Parecía que el humor era incompatible con la literatura. Pero luego me encontré con la historia de Pantaleón y las visitadoras, y ya ahí empecé a usar el humor".
¿Ya se cree la noticia del Nobel?
"Pensé que era una pasada, como decimos en el Perú, una broma, como lo que le sucedió a Moravia. Pero cuando se confirmó, a los catorce minutos de la primera llamada de Estocolmo, ya nos metimos en un torbellino frenético que espero que acabe el 10 de diciembre. Es una experiencia que ha trastornado mi vida de disciplina y de trabajo".
¿Va a pronunciar la palabra Barcelona en su discurso, y así calmará a los que hayan visto su saque de honor en el Bernabeu como un guiño muy madridista?
"Ja ja ja. Ya verá usted cómo nombro a Barcelona. Pero no se impaciente; en veinticuatro horas oirá nombrar Barcelona en mi discurso".
Mario, soy Freddy Cooper, tu amigo de hace tanto tiempo. ¿Crees que estamos en el reino de lo efímero en la cultura?
"Sí, Freddy, cada día progresamos más en las comunicaciones, pero cada día todo es más banal, más superficial y más efímero en todas las manifestaciones del arte y de la literatura. Vivimos una revolución audiovisual que tiene una enorme influencia, pero lo cierto es que esa banalización existe y este es uno de los grandes problemas del futuro".
Tras la pregunta de Cooper, arquitecto, que fue coordinador de la campaña política de Vargas Llosa en 1990, al Nobel le preguntó una periodista griega a quién le daría el Nobel si pudiera hacerlo. Y el autor de El sueño del celta explicó:
-Resucitaría a Jorge Luis Borges para dárselo.
Juan Cruz (fuente: diario El País, Madrid)

Vargas Llosa, luz literaria

Por Kenzaburo Oé (Premio Nobel 1994)
En ocasiones el Premio Nobel de Literatura se ha concedido a escritores un tanto marginales antes que a los más conocidos a nivel mundial, aquellos que sobresalen por su calidad literaria. Esto es lo que me sucedió a mí cuando me adelanté a Günter Grass y Mario Vargas Llosa, y me sentí apenado de verdad, pues sostenía con ellos, entre otros autores que habían accedido con generosidad a mi petición (Escribir contra la violencia, Editorial Asahi), una fluida correspondencia.
Sin embargo, al repasar la lista de los galardonados en un plazo más extenso, digamos 5 o 10 años, me pareció que la selección había sido siempre muy acertada. Yo, por ejemplo, no sabía nada de la polaca Szymborska, y así comencé a leer sus obras publicadas con motivo del premio, primero en japonés, luego en inglés y francés, y finalmente terminó siendo una de mis poetisas favoritas.

Entusiasmado por el reciente premio otorgado a Vargas Llosa, 11 años después que a Grass, hice una colección de recortes de prensa para ponerlo al tanto de la repercusión de su merecido galardón entre lectores japoneses (con un resumen en inglés), y me quedé aterrado ante la columna de Akira Ikegami, publicada en Asahi bajo el título de Lectura oblicua de prensa.

Después de admitir, no sin vergüenza, que no sabía quién era Vargas Llosa, el señor Ikegami se refirió a las razones del premio y declaró que "no entendía en absoluto" estas dos líneas: "Por su cartografía de las estructuras del poder y sus mordaces imágenes de la resistencia individual, la revuelta y la derrota". A mí, en cambio, me pareció un excelente esbozo de las mejores obras de Mario Vargas Llosa, quien desde el inicio de su carrera abordó con mirada crítica la realidad social y política del Perú.

A continuación, el señor Ikegami dice que para él "no es sino un galimatías" todo lo que los investigadores más experimentados han escrito con pasión sobre Vargas Llosa en espacios limitados de la prensa. Aunque me parece comprensible la reacción del célebre comentarista, yo, como escritor acusado durante mucho tiempo por un supuesto hermetismo, quiero manifestar aquí mi opinión para los no-amateurs que "desean iniciarse en la carrera de novelista".

Ante todo, lean ustedes al menos una novela de Mario Vargas Llosa. Luego, aprendan con sus ensayos literarios, que revelan la profunda devoción del escritor peruano por su oficio. De las primeras recomiendo sin duda La casa verde y de los segundos La verdad de las mentiras.

En este último libro, Vargas Llosa selecciona las 35 novelas del siglo XX que más le han impresionado en su vida, y las comenta con perspicacia y fervor. Citaré algunos pasajes ilustrativos del ensayo anexado a manera de epílogo. Entre las varias personas que "declaran ya obsoleto" al libro, Vargas Llosa se refiere a "la que la humanidad debe tanto en el dominio de las comunicaciones": Bill Gates. Mientras el fundador de Microsoft le hace "lanzar un suspiro de alivio" cuando asegura en una conferencia de prensa en Madrid que se ocupará de que la letra ñ, indispensable en la lengua española, no desaparezca de las computadoras, lo saca de quicio su afirmación de que "no se morirá sin haber realizado su mayor designio", que consiste en "acabar con el papel, y, por lo tanto, con los libros".

"Tengo el convencimiento, que no puedo justificar, de que, con la desaparición del libro, la literatura recibiría un serio maltrato, acaso mortal. El nombre no desaparecería, por supuesto; pero probablemente serviría para designar un tipo de textos tan alejados de lo que ahora entendemos por literatura...", escribe Vargas Llosa.

Y también: "Otra razón para dar a la literatura una plaza importante en la vida de las naciones es que, sin ella, el espíritu crítico, motor del cambio histórico y el mejor valedor de su libertad con que cuentan los pueblos, sufriría una merma irremediable. Porque toda buena literatura es un cuestionamiento radical del mundo en que vivimos".

Para el escritor peruano, el papel más importante de la literatura es explorar a fondo el mundo interior de los individuos. El viejo y el mar, novela de Ernest Hemingway a la que Mario Vargas Llosa dedica un capítulo, comienza como una historia sencilla a simple vista: un viejo pescador, después de un largo tiempo de "salao", saca una presa grande, pero se ve forzado a batallar con los tiburones que buscan escamoteársela. Al regresar al puerto con el esqueleto inservible del pez, el viejo "muestra que siempre hay esperanza, que aun en las peores tribulaciones y reveses la conducta de un hombre puede transformar la derrota en victoria y dar sentido a su vida".

Por otro lado, al niño Manolín, que ha estado preocupado por el destino del viejo pescador, lo hace llorar "la admiración por el anciano inquebrantable, más todavía que el cariño y piedad que siente por el hombre que le enseñó a pescar".

"Para que esta notable transformación de la historia ocurra su mudanza de anécdota particular en arquetipo universal ha sido precisa una gradual acumulación de emociones y sensaciones, de alusiones y sobrentendidos, que poco a poco van extendiendo el horizonte de la anécdota hasta abarcar un plano de absoluta universalidad. El relato lo consigue gracias a la maestría con que está escrito y construido".

En principio, en La verdad de las mentiras, Vargas Llosa selecciona una novela por escritor, pero de Hemingway toma otra, aparte de El viejo y el mar (también hace una excepción con Graham Greene, sin avalar demasiado la calidad de sus obras): París era una fiesta. Estas memorias, escritas un poco antes de su muerte, se prestan para demostrar que en sus días parisienses el joven Hemingway, lejos de ser un bohemio legendario, era una persona cuidadosa y diligente que "lo observa todo con ojos fríos y prácticos, selecciona y desecha experiencias, almacena".

Mario Vargas Llosa, sin lugar a dudas un gran escritor, se revela en La verdad de las mentiras no solo como un maestro de la literatura mundial sino como un digno guía para los aspirantes a escribir novelas. ¡No pierdan la gran oportunidad!

Traducción de Ryukichi Terao, con la colaboración de Ednodio Quintero.

Primer paseo en Estocolmo

ESTOCOLMO. Mario, ¿nos puedes confiar un chisme?, le preguntamos. El escritor piensa un segundo, sorprendido. Luego responde, cómplice: “Dime…”. ¿Dónde alquilaste tu frac para recibir el Nobel? Mario Vargas Llosa ríe de buena gana. Con su familia y un pequeño grupo de amigos, ha salido del Gran Hotel de Estocolmo para cenar en Den Gyldene Freden, especializado en platos tradicionales escandinavos desde 1722, restaurante célebre por ser el punto de reunión, cada jueves, de los académicos suecos responsables de elegir al Nobel de Literatura. Son casi las 8 de la noche. Una hora antes había llegado su vuelo procedente de Madrid, sin complicaciones. El encuentro con El Comercio sucede en el lobby del hotel que, históricamente, desde 1901, aloja a todos los ganadores del Premio Nobel.
“La verdad es que ya tenía un frac –me dice–. En la Academia de la Lengua Española es el traje de rigor. Así que ese es el que estoy trayendo para el premio”. Vargas Llosa me responde con confianza y admite que no lleva un traje de estreno, sin mostrar ninguna señal de cansancio después del viaje. Más bien, su sonrisa es permanente. Comenta, satisfecho, la información publicada ayer sobre las actividades de la semana del Nobel. “Ustedes saben más que yo de lo que voy a hacer aquí”, comentó. Se protege de la nieve con un paraguas y va comentando lo maravillosa que es la ciudad, mientras cruzamos el puente de Strombon, que conecta el elegante barrio de Norrmalm con el histórico Gamla Stan. El escritor comenta el esplendor del Palacio Real y la excelente conservación de las calles medievales del centro. Lo acompañan su esposa Patricia, sus hijos Álvaro y Morgana, Fernando de Szyszlo y su esposa, así como un representante de la Academia Nobel.
La comitiva que viaja del Perú, encabezada por el ministro Juan Ossio, todavía no había llegado debido al mal tiempo en los aeropuertos de Europa.
Vargas Llosa recordó con El Comercio haber visitado esta ciudad cinco años atrás, aunque entonces no la cubría un grueso manto de nieve. Suecia es un país que el escritor admira, por las reformas económicas que empezó a hacer la izquierda y el actual impulso que ha impreso el nuevo gobierno, y que ha mantenido al país al margen de la crisis económica. Asimismo, reconoció como un honor que este Diario sea uno de los doce medios de prensa en el mundo invitados a la ceremonia de premiación con el Nobel.
Contó que aún no sabe lo que le espera en el Perú, cuando vuelva, el 13 de diciembre. “De eso se encarga mi esposa Patricia, hasta ahora no me ha dicho nada, creo que me está protegiendo de lo que pasará entonces”, dice, poco antes de su primera cena en uno de los rincones gastronómicos más tradicionales de Suecia.
Fuente: El Comercio, Lima.

sábado, 4 de diciembre de 2010

La buena entraña (Vargas Llosa y Balcells)

Los secretos de la relación que han mantenido durante medio siglo Carmen Balcells y Mario Vargas Llosa, que recibirá el Nobel de Literatura el próximo viernes en Estocolmo.
Se han peleado muchas veces, como un matrimonio, pero los ha mantenido unidos, dice Mario Vargas Llosa, "la buena entraña". Carmen Balcells, cree el Nobel, "tiene buena entraña, y yo creo que también la tengo". Por eso han superado tormentas y peleas a lo largo de medio siglo. Los dos rememoran aquí cómo ha sido su largo matrimonio de amistad, literatura e intereses.
Carmen quiso representar a Mario cuando aún ella no era agente, y él era el autor, tan solo, de dos libros y medio. Cuando ella superó las cuarenta primeras páginas de La casa verde se produjo el flechazo. "Tengo que ir a ver a este joven".
Mario la había conocido en las oficinas de Carlos Barral, su primer editor; ella trabajaba allí, era una joven ejecutiva adornada con un rodete (un moño) que ya no se ha puesto más. Balcells era ya de ordeno y mando, pero no se había destapado aún.
Ese libro, La casa verde, la deslumbró. "Fue para mí un hueso; no llegué a entrar en el texto hasta la página cuarenta y pico. Me dije: '¡Ya lo veo claro!".
No suele hablar así de los libros; los representa y los vende, está entre los agentes más temidos del mundo, de modo que no suele hacer florituras para explicar lo que lee. Pero este libro, y este autor, es muy especial. Es un fetiche. De modo que habla de él como si lo acabara de leer. "Es absolutamente innovador. Mario ha suprimido el tiempo narrativo y en una misma frase engloba el presente, el pasado y el futuro con una tranquilidad pasmosa. De modo que el lector se queda completamente en Babia si no tiene la paciencia de seguir".
Ella tuvo la paciencia de seguir y de comprarse un billete a Londres, en busca del autor, que aún tenía treinta años. Se dijo: "Cuidado, Carmen, estás ante una obra única, ante un escritor único. Y me fui trazando el siguiente discurso: Mario vive en Inglaterra donde en cada puerta hay un agente, no puedes dejar suelto a este genio de la escritura".
Mario estaba escribiendo, pero fue al hotel donde estaba Carmen. Lo primero que le dice: "Tienes que dejar de trabajar". "¡Y cómo mantengo a la familia!". Mario ganaba quinientos dólares, dando clases. Carmen no tenía ese dinero, pero contaba con un amigo zaragozano que se lo prestaría. "Tendrás los quinientos dólares", le dijo Carmen.
Se los pagaría hasta que acabara Conversación en La Catedral, "durara lo que durara la escritura".
Pero había una condición; ahí empezó la historia de Carmen Balcells, hasta entonces secundaria de la película editorial como responsable de derechos de Seix Barral. Esta frase da inicio a la aventura que la ha hecho temida pero legendaria:
-Te pagaré con una condición. El contrato para ese libro con Seix Barral lo haré yo.
"Fue", dice ahora Carmen, "cuando asumí el auténtico papel de agente literario".
E hizo la revolución que en muchos momentos ha tenido con la lengua fuera a editores e incluso a autores. "Ella me explicó en Londres lo que quería hacer", recuerda Vargas Llosa. "Me dijo: 'Mi función debe ser la de defender al escritor y no al editor. El editor no lo necesita pero el autor sí, él es el que está totalmente desamparado frente al editor".
Fue una conjunción astral; Barral era, cree Vargas Llosa, "más proclive al autor, también, y no puso pega alguna para liberar a Carmen de su compromiso con la editorial para que empezara a representar a autores que publicaba él. Ningún editor en el mundo habría hecho eso. Solo él. Lo que te demuestra el tipo de persona que era".
Hasta ahora ha habido un momento culminante en la relación que nació ese día. Fue cuando, el pasado mes de agosto, Carmen cumplió 80 años: "Mario se presentó en mi casa con Patricia, con sus hijos, con sus nietos". "Lo quise hacer", cuenta Mario, "para que mis hijos y mis nietos, y su propia familia, me oyeran decirle que todos los privilegios de los que gozan ellos y de los que gozo yo se los debemos a Carmen Balcells. Quería que supieran que esa señora que estaba ahí sentada ha hecho por todos nosotros algo que es absolutamente inmenso y por eso tenemos que estarle inmensamente reconocidos. Quise que ellos heredaran mi reconocimiento a Carmen".
"Ese día", el 9 de agosto, con Carlos Fuentes y su esposa Silvia Fuentes de testigos del cumpleaños y del discurso, "Mario me dio a mí el Premio Nobel", recuerda Carmen.
Pero ha habido riñas, broncas y reconciliaciones. Balcells no habla de las riñas; ni revela secretos de autores, es su divisa, por eso jamás hará memorias, lo cual tranquiliza a no pocos de sus pupilos. Y Mario ha heredado esa discreción. "No puedo llegar a la intimidad, no puedo revelar ciertas cosas porque sería de muy mal gusto que yo las revelara. Pero Carmen considera que si tú eres una persona a la que ella quiere, ya formas parte de su propiedad, y no tienes derecho a hacer cosas que ella no apruebe".
Si contravienes sus órdenes, "como en una relación filial, ella se considera con derecho a reñirte. ¡No ha llegado a golpearme, pero ha estado a punto alguna vez, ja ja ja...! Pero como todo eso va acompañado de un cariño tan grande es absolutamente imposible enojarse con ella y le he aguantado cosas que no le aguantaría ni a mi mujer. Ha sido una relación de cincuenta años, extraordinariamente cordial e íntima, pero hecha de broncas feroces".
Cuatro años más tarde de comenzar esa relación cordial y feroz la Balcells estrenó piso en la Diagonal. Mario entró, exultante, y gritó: "¡Comadre, te felicito; con este despacho ya nadie nos ofrecerá cien dólares por un anticipo!". La comadre le ha ayudado a parir contratos extraordinarios cuyas cifras ella guarda en algún rincón de su casa, que es como una memoria secreta... Desde esa atalaya de madre, comadre y agente lo ha visto evolucionar; vio cómo se pudría su ilusión de ser presidente de Perú ("¡y menos mal que no lo fue! ¡No hubiera sido Nobel!"), y conoció sus idas y venidas, las personales y las políticas, y ahora lo ve "como un ser absolutamente maravilloso, fascinado por sus nietos. Ahora, además, las hijas de Morgana lo han vuelto loco. Es un tipo de emoción que él no conocía; y es extraordinario ver cómo Patricia ha luchado contra todos los vientos para mantener esa familia. Es impresionante lo que esa mujer ha hecho". "Sin Patricia el orden de mi vida", dice Mario, "hubiera sido totalmente imposible". "En la familia se ha comprobado una vez más", colige Mario, "una viejísima tesis: que el eje de la estabilidad familiar es la mujer. No es el hombre, no son los hijos; es básicamente la mujer. Es una verdad como una casa".
¿Y Carmen ayudó a que se resolvieran los conflictos que fueron yendo y viniendo a lo largo de este medio siglo? "Sí, intervino con mucha prudencia. No ha habido conflicto, por pequeño que fuera, que no haya conocido Carmen, en el que no haya intervenido. Es absolutamente imposible que Carmen no intervenga en la vida familiar de las personas más allegadas". ¿Y el conflicto Mario-Gabo, dos de los semáforos principales de la agencia? Carmen lo dice: es legendario que ninguno de ellos habla de ese conflicto, y es notorio que ahora ninguno de los tres romperá la tradición. ¿El secreto de Carmen? "La discreción, y para ser discreto, mejor no preguntar".
La Balcells le reprochó alguna vez que no supiera psicoanálisis y que despreciara la música. A Mario ahora le fascina Mahler, sobre todo, pero es un apasionado de toda la música; un librero inglés le introdujo en los misterios de la música, "me la contaba como si narrara una novela de Thomas Mann, una de esas construcciones complejas y profundas". ¿Y el psicoanálisis? Se metió en él, pero salió con esta opinión: "Dirán lo que quieran, pero creo que el gran valor de Freud es más literario que científico. La idea de la terapia no la creo. Creo que es una ficción que ha tenido un enorme arraigo, sobre todo en el mundo intelectual, pero desde luego yo no me sometería jamás a un psicoanálisis".
Es un ingenuo, dice la Balcells; su única norma es el trabajo, y su receta es escribir cada día. "¿Ingenuo? No sé, puede que lo sea. Algunas cosas me ha enseñado la vida. Lo que sí es cierto es que mi trabajo me ha ido organizando la vida. Ha sido mi manera de trabajar la que me ha ido imponiendo un sistema al que no podría renunciar porque es mi única manera de vivir". Y en ese sistema, Patricia es el gozne principal, la garantía del orden supremo.
Desde el 7 de octubre, cuando le llamaron de la Academia Nobel (y el teléfono de Nueva York, donde viven ahora él y Patricia, se lo facilitó Carmen en secreto a la Academia), "vivo una perturbación de tal naturaleza que no puedo escribir". Y eso lo tiene con ojeras, cansado, pensando que quizá vive rodeado de un sueño que a veces tiene la encarnadura de una pesadilla. "Me tiene sin dormir, con una especie de sobresalto enorme. Y me doy cuenta clarísimamente de que esa rutina que me da el orden es algo no solo físico sino también mental".
No todo fueron, en este medio siglo de comadreo y compadreo editorial, libros y contratos; hubo viajes. "El más divertido que hice con Carmen fue a la Amazonía. Bajamos en Iquitos, y para el primer paseo que dimos ella se puso unos zapatitos italianos muy elegantes, que enseguida desaparecieron en el fango. Íbamos con Castellet, y los dos quisieron asistir a una sesión de Ayahuasca. Les conseguí a la viuda de un brujo famosísimo. Por la noche íbamos por un caminito, a través de la selva, dejando que nos comieran los mosquitos, hasta un claro del bosque donde estaba la bruja. Ésta fumaba unos tabacos y echaba el humo mientras cantaba unos sones monótonos. Repartieron ayahuasca; entonces, ja ja ja, Carmen y Castellet empezaron a tomar esa porquería y comenzaron a tener sueños psicodélicos. Para mi desesperación Carmen reía a carcajadas, y yo temí que nos echaran por sacrílegos... Hasta que la bruja dice: 'No se preocupe, le ha dado por la reidera. Es peor cuando les da por la lloradera'. ¡Ja ja ja!".
Añade Mario sobre esa excursión amazónica: "Y la gran frustración de Castellet tras tomarse ese bebedizo asqueroso fue que no tuvo ningún sueño, ni una imagen erótica. Absolutamente nada. Estaba inmunizado".
Y la Balcells reía. Luego lloraría. "Recuerdo un viaje a Machu-Picchu en el que ella cometió la temeridad suicida de probar todos los alimentos que ofrecían los vendedores ambulantes en las estaciones del camino... Incluso le ofrecieron algo que tenía un aspecto tan espantoso que no quiso comerlo. Y luego me dijo: 'Me he sentido desmoralizada porque no he tenido el suficiente coraje de probar ese horror que me ofrecieron'. Casi se muere al llegar a Lima".
Esa mujer fue providencial en la vida del Nobel. "Prescindiendo del gran cariño y de la gratitud que le tengo, el caso de Carmen Balcells es muy notable. Es como aquello que dice Borges, que un hombre se encuentra de pronto con su destino y ese es un encuentro providencial, que produce una conjunción de efectos extraordinarios. Eso es lo que pasó con Carmen Balcells".
¿Y por qué, Mario, ha funcionado esa relación, qué la ha alimentado? "La buena entraña. Ella se puede enfurruñar, gritar, puede romper papeles, puede incluso golpearte en el alma, pero tiene buena entraña, le da placer hacerte feliz". ¿Y usted, tiene buena entraña? "Yo quiero creer que sí. Quiero creer que la buena entraña de los dos ha hecho posible esta relación de medio siglo".

Mario Vargas Llosa (Arequipa, Perú, 1936) pronunciará el discurso correspondiente al Premio Nobel de Literatura 2010 el próximo martes, 7 de diciembre, a las 17.30, ante la Academia Sueca, y el viernes 10 de diciembre recibirá el galardón durante la ceremonia de entrega de los premios, que comenzará a las 16.30 en el Stockholm Concert Hall. nobelprize.org.
Fuente: El País, Madrid.

La misión del escritor (discurso de Albert Camus, Premio Nobel 1957)


La misión del escritor
Al recibir la distinción con que vuestra libre academia ha querido honrarme, mi gratitud es tanto más profunda cuanto que mido hasta qué punto esa recompensa excede mis méritos personales.
Todo hombre, y con mayor razón todo artista, desea que se reconozca lo que él es o quiere ser. Yo también lo deseo. Pero al conocer vuestra decisión me fue imposible no comparar su resonancia con lo que realmente soy. ¿Cómo un hombre casi joven todavía rico sólo de dudas, con una obra apenas en desarrollo, habituado a vivir en la soledad del trabajo o en el retiro de la amistad, podría recibir, sin cierta especie de pánico, un galardón que le coloca de pronto, y solo, en plena luz? ¿Con qué estado de ánimo podría recibir ese honor al tiempo que, en tantas partes, otros escritores, algunos entre los más grandes, están reducidos al silencio y cuando, al mismo tiempo, su tierra natral conoce incesantes desdichas?
Sinceramente he sentido esa inquietud y ese malestar. Para recobrar mi inquietud y este malestar. Para recobrar mi paz interior me ha sido necesario ponerme a tono con un destino harto generoso. Y como me era imposible igualarme a él con el sólo apoyo de mis méritos, no ha llegado nada mejor, para ayudarme, que lo que me ha sostenido a lo largo de mi vida y en las circunstancias más opuestas: la idea que me he forjado de mi arte y de la misión del escritor. Permitidme que, aunque sólo sea en prueba de reconocimiemto y amistad, os diga, con la sencillez que me sea posible, cuál es esa idea.
Personalmente, no puedo vivir sin mi arte. Pero jamás he puesto ese arte por encima de toda otra cosa. Por el contrario, si él me es necesario, es porque no me separa de nadie y que me permite vivir, tal como soy, al nivel de todos. A mi ver, el arte no es una diversión solitaria. Es un medio de emocionar al mayor número de hombres ofreciéndoles una imagen privilegiada de dolores y alegrías comunes. Obliga, pues al artista a no aislarse; muchas veces he elegido su destino más universal. Y aquellos que muchas veces han elegido su destino de artistas porque se sentían distintos, aprenden pronto que no podrán nutrir su arte ni su diferencia sino confesando su semejanza con todos.
El artista se forja en ese perpetuo ir y venir de sí mismo a los demás; equidistantes entre la belleza, sin la cual no puede vivir, y la comunidad, de la cual no puede desprenderse. Por eso los verdaderos artistas no desdeñan nada; se obligan a comprender en vez de juzgar, y sin han de tomar un partido en este mundo, este sólo puede ser el de una sociedad en la que según la gran frase de Nietzsche, no ha de reinar el juez sino el creador, sea trabajador o intelectual.
Por lo mismo, el papel del escritor es inseparable de difíciles deberes. Por definición, no puede ponerse al servicio de quienes hacen la historia, sino al servicio de quienes la sufren. Si no lo hiciera, quedaría solo, privado hasta de su arte. Todos los ejércitos de la tiranía, con sus millones de hombres, no le arrancarán de la soledad, aunque consienta en acomodarse a su paso y, sobre todo, si lo consintiera. Pero el silencio de un prisionero desconocido, basta para sacar al escritor de su soledad, cada vez, al menos, que logra, en medio de los privilegios de su libertad, no olvidar ese silencio, y trata de recogerlo y reemplazarlo para hacerlo valer mediante todos los recursos del arte.
Ninguno de nosotros es lo bastante grande para semejante vocación. Pero en todas las circunstancias de su vida, obscuro o provisionalmente célebre, aherrojado por la tiranía o libre de poder expresarse, el escritor puede encontrar el sentimiento de una comunidad viva, que le justificara a condición de que acepte, en la medida de lo posible, las dos tareas que constituyen la grandeza de su oficio: el servicio de la verdad y el servicio de la libertad. Y pues su vocación es agrupar el mayor número posible de hombres, no puede acomodarse a la mentira y a la servidumbre que, donde reinan, hacen proliferar las soledades. Cualesquiera que sean nuestras flaquezas personales, la nobleza de nuestro oficio arraigará siempre en dos imperativos difíciles de mantener: la negativa a mentir respecto de lo que se sabe y la resistencia a la opresión.
Durante más de veinte años de una historia demencial, perdido sin recurso, como todos los hombres de mi edad, en las convulsiones del tiempo, sólo me ha sostenido el sentimiento hondo de que escribir es hoy un honor, porque ese acto obliga, y obliga a algo más que a escribir. Me obligaba, esencialmente, tal como yo era y con arreglo a mis fuerzas, a compartir, con todos los que vivían mi misma historia, la desventura y la esperanza. Esos hombres –nacidos al comienzo de la primera guerra mundial, que tenían veinte años a tiempo de instaurarse, a la vez, el poder hitleriano y los primeros procesos revolucionarios, y que para poder completar su educación se vieron enfrentados luego a la guerra de España, la segunda guerra mundial, el universo de los campos de concentración, la Europa de la tortura y las prisiones –se ven obligados a orientar sus hijos y sus obras en un mundo amenazado de destrucción nuclear. Supongo que nadie pretenderá pedirles que sean optimistas. Hasta que llego a pensar que debemos ser comprensivos, sin dejar de luchar contra ellos, con el error de los que, por un exceso de desesperación, han reivindicado el derecho y el deshonor y se han lanzado a los nihilismos de la época. Pero sucede que la mayoría de nosotros, en mi país y en el mundo entero, han rechazado el nihilismo y se consagran a la conquista de una legitimidad. Les ha sido preciso forjarse un arte de vivir para tiempos catastróficos, a fin de nacer una segunda vez y luchar luego, a cara descubierta, contra el instinto de muerte que se agita en nuestra historia.
Indudablemente, cada generación se cree destinada a rehacer el mundo. La mía sabe, sin embargo, que no podrías hacerlo, pero su tarea es quizá mayor. Consiste en impedir que el mundo se deshaga. Heredera de una historia corrompida en la que se mezclan revoluciones fracasadas, las técnicas enloquecidas, los dioses muertos y las ideologías extenuadas; en la que poderes mediocres, que pueden destruirlo todo, no saben convencer; en que la inteligencia se humilla hasta ponerse al servicio del odio y de la opresión, esa generación ha debido, en sí misma y a su alrededor, restaurar, partiendo de sus amargas inquietudes, un poco de lo que constituye la dignidad de vivir y de morir. Ante un mundo amenazado de desintegración, en el que nuestros grandes inquisidores arriesgan establecer para siempre el imperio de la muerte, sabe que debería, en una especie de carrera loca contra el tiempo, restaurar entre las naciones una paz que no sea la de la servidumbre, reconciliar de nuevo el trabajo y la cultura y reconstruir con todos los hombres una nueva Arca de la alianza. No es seguro que esta generación pueda al fin cumplir esa labor inmensa, pero lo cierto es que, por doquier en el mundo, tiene ya hecha, y la mantiene, su doble apuesta en favor de la verdad y de la libertad y que, llegado al momento, sabe morir sin odio por ella.
Es esta generación la que debe ser saludada y alentada donde quiera que se halla y, sobre todo, donde se sacrifica. En ella, seguro de vuestra segura aprobación, quisiera yo declinar hoy el honor que acabáis de hacerme.
Al mismo tiempo, después de expresar la nobleza del oficio de escribir, querría yo situar al escritor en su verdadero lugar, sin otros títulos que los que comparte con sus compañeros de lucha, vulnerable pero tenaz, injusto pero apasionado de justicia, realizando su obra sin vergüenza ni orgullo, a la vista de todos; atento siempre al dolor y la belleza; consagrado, en fin, a sacar de su ser complejo las creaciones que intenta levantar, obstinadamente, entre el movimiento destructor de la historia.
¿Quién, después de esos, podrá esperar que el presente soluciones ya hechas y bellas lecciones de moral? La verdad es misteriosa, huidiza, y siempre hay que tratar de conquistarla. La libertad es peligrosa, tan dura de vivir como exaltante. Debemos avanzar hacia esos dos fines, penosa pero resueltamente, descontando por anticipado nuestros desfallecimientos a lo largo de tan dilatado camino. ¿Qué escritor osaría, en conciencia, proclamarse predicador de virtud? En cuanto a mí, necesito decir una vez más que no soy nada de eso. Jamás he podido renunciar a la luz, a la dicha de ser, a la vida libre en que he crecido. Pero aunque esa nostalgia explique muchos de mis errores y de mis faltas, indudablemente me ha ayudado a comprender mejor mi oficio y también a mantenerme, decididamente, al lado de todos esos hombres silenciosos, que no soportan en el mundo la vida que les toca vivir más que por el recuerdo de breves y libres momentos de felicidad y esperanza de volverlos a vivir.
Reducido así a lo que realmente soy, a mis verdaderos límites, a mis deudas y también a mi fe difícil, me siento más libre para destacar, al concluir, la magnitud y generosidad de la distinción que acabáis de hacerme. Más libre también para deciros que quisiera recibirla como homenaje rendido a todos los que, participando en el mismo combate, no han recibido privilegio alguno y, en cambio, han conocido desgracias y persecuciones. Sólo me resta daros las gracias, desde el fondo de mi corazón, y haceros públicamente, en prenda de personal gratitud, la misma y vieja promesa de felicidad que cada verdadero artista se hace a sí mismo, silenciosamente, todos los días.

jueves, 2 de diciembre de 2010

El secreto del Nobel

Juan Carlos Onetti decía que todo periodista debería tener al lado una mano que le golpeara cada vez que estuviera a punto de escribir una estupidez, informativa o sintáctica.
A mí tendría que haberme golpeado fuerte esa mano cuando conté en mi libro Egos revueltos que el académico sueco Knut Ahnlund, acompañado de su amigo el periodista Gabi Gleichman, había ido a ver a Camilo José Cela antes de que este recibiera la noticia de que él iba a ser Nobel de Literatura. Se infería en ese texto que el escritor español pudo haber sabido de antemano que iba a ser premiado. Eso es imposible, y haberlo dado a entender es, como digo, una estupidez que deploro. La visita se produjo luego, y la memoria, que actúa, como decía Fernando Arrabal, en golpes de teatro, puso antes lo que fue después, causando un embrollo que ahora aclaro.
Dicho esto, con mi gratitud retrospectiva a la mano de Onetti, que vino tarde pero que vino gracias a Ahnlund y a Gleichman, diré por qué es imposible que esa ensoñación falaz de mi memoria tenga que ver, antes, ahora o quizá jamás, con la realidad.
El premio sueco, que ahora la Academia le ha otorgado a Mario Vargas Llosa, se basa en un código absoluto de confidencialidad, y ese secreto es parte integrante de su galardón. La naturaleza de las fichas que manejan los académicos, el tenor de sus discusiones, e incluso el estilo de la Academia, mantiene esa confidencialidad hasta tal punto que los escritores que son galardonados, cuando reciben la noticia, preguntan incluso cómo fue y reciben como respuesta una de esas sonrisas evasivas que han ganado para el gesto el apodo que tiene esta sueca manera de ser: hacerse el sueco.
Vargas Llosa contó en un artículo ahora célebre, Catorce minutos de reflexión, cómo le llegó la noticia, mientras estaba leyendo un libro de Alejo Carpentier; y que su sorpresa fue tan grande, en él y en su mujer, Patricia, que durante 14 minutos, hasta que no sonó la voz oficial de la Academia diciendo que era Nobel de Literatura, no fue plenamente consciente de que lo podía contar.
Mi compañero Sealtiel Alatriste y muchos más editores de José Saramago estábamos en Fráncfort, en 1998, con el autor portugués la noche anterior a que le concedieran el mayor galardón literario de todo el mundo. Y ni Saramago supo nada esa noche, nadie le alertó de nada, ni al día siguiente, cuando marchaba con su gabardina por el aeropuerto de la ciudad alemana, tuvo idea del acontecimiento que se le vino encima hasta que le avisó una azafata de que le requerían para darle esta buena noticia. Fue entonces cuando se encontró con su editora Isabel de Polanco y se fundieron ambos en un abrazo que lamentablemente ya no puede rememorar ninguno de los dos...
El prestigio del Nobel se basa en el secreto. Y este es un cajón guardadísimo. Hay especulaciones, claro, y algunas de esas especulaciones a veces se hacen ciertas, por lo que luego hay gente que dice: "Ah, yo ya lo sabía". Se puede saber en el último estadio, quizá, cuando la maquinaria de la Academia se pone en funcionamiento, para traducir los méritos del que va a ser declarado Nobel o para buscar su teléfono sin que esa búsqueda alerte al propio ganador.
Es cierto que un año antes de que lo ganara Cela, el escritor español recibió una especulación periodística que le ponía en la lista de los que podían tenerlo el octubre siguiente. El acertijo era plausible, y se hizo verdad esta vez tan solo porque ese año los suecos de la Academia pararon ahí el giro de la ruleta, pero podía haber estado Cela esperando el turno que los entendidos creían, con razón, que tenía cerca.
La incertidumbre que genera este secreto a veces exalta y a veces disuade a los propios aspirantes. Borges hizo muchas bromas sobre el premio, que muchos dijeron que no tendría jamás por razones políticas.
El premiado más cercano, Mario Vargas Llosa, dijo que este año, cuando en efecto lo tuvo, fue cuando menos amigos lo llamaron para saber qué haría ese día en que a lo mejor... Y lo tuvo, y al principio se creyó que era una broma que incluía la palabra Estocolmo.
Cuando lo ganó Miguel Ángel Asturias, Pablo Neruda lo esperaba con tanta ansiedad que tuvo un amago de infarto al oír en la radio que su turno había sido sobrepasado por su colega guatemalteco. Su teléfono sonó algún tiempo más tarde. Octavio Paz lo esperaba cuando lo tuvo Cela, y hasta un año después no se recuperó de su zozobra.
La Academia sueca es un reloj perfecto; acierta o yerra en sus decisiones, pero sus dispositivos están engrasados al milímetro, y lo que más se cuida de esos mecanismos es el secreto. No es una manía, es parte del premio; se puede apostar, y de hecho se apuesta, pero el origen de esas apuestas es más el deseo que la información.
Los que quieran atreverse con un nombre propio, o con una confidencia sobre quién va a ganar el Nobel, deberían (deberíamos) tener al lado la mano de Onetti, golpeando para que no caigamos en la tentación de creer que se puede penetrar en el sacrosanto secreto de la Academia sueca.
Fuente: El País, Madrid.

El discurso de Estocolmo

La próxima semana, en Estocolmo, es la entrega del Nobel de Literatura. Como es usual en estos casos, nuestro compatriota Mario Vargas Llosa, leerá un discurso. Contrariamente a lo que se puede pensar, no se trata de un acto meramente protocolar. Son célebres los discursos de recepción de un Nobel. Y son comentados durante decenios. MVLL ya ha recibido premios y un número impresionante de honoris causa. Pero el Nobel y Estocolmo son algo más. Se otorga el Nobel, en ciencias, a un descubrimiento capital. En humanidades se premia la obra de toda una vida. Los laureados dicen, entonces, lo que piensan de la literatura, el mundo y la vida misma. No suelo utilizar este concepto, pero será un momento trascendente. Muchos reparan en el agasajo, son los que todo lo ven fiesta. Otros repararemos en el texto, el discurso, el sentido de las cosas. Cada quien ve el mundo como le parece.
¿Qué dirá, en efecto, Vargas Llosa? O mejor dicho, ¿qué tema elegirá? No poseemos información sobre la idea central; y, casi está demás decirlo, eso solo lo sabe MVLL. Para proseguir, no cabe para este caso una proyección, eso se lo dejamos a los economistas. Tampoco un diagnóstico, eso se lo dejamos a la sociología. Ni un análisis sobre fuerzas sociales en conflicto, eso se lo dejamos a la política. Solo nos queda el sentido común, la libre y conjetural razón y lo que desde el gran siglo de la literatura española se llama el arte de la agudeza. "Capacidad para entender la naturaleza de las cosas, especialmente las complicadas o confusas". Oh Quevedo, oh Baltasar Gracián. (El autor de estas líneas viene de una escuela pública, cuando se estudiaba el Siglo de Oro, antes que los tecnócratas lo eliminaran del sílabo. ¡Oh, qué mutilación!).
Quizá convenga proceder por deslindes. El tema del porvenir del libro impreso ante lo virtual, ya lo abordó, en respuesta a Bill Gates. Y también la novela, los derechos humanos, las libertades. Un amigo muy inteligente me recuerda que en el Rómulo Gallegos se le ocurrió dedicar su discurso a Carlos Oquendo de Amat y sus Cinco metros de poemas, ante el asombro de un público más bien internacional. Si eso es un antecedente, podría acaso evocar al uruguayo Onetti. Ya ha dicho del mismo "su mundo es un universo de un pesimismo que supera gracias a la literatura". Pero pienso que acaso Jorge Luis Borges. Que no tuvo el Nobel. Borges, padre de todos. Nos enseñó a escribir en un castellano escueto. "Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche", dice de un mago en "Las Ruinas circulares". La noche "unánime", la canoa, el fango sagrado. ¿Será sobre la lección de economía verbal de Borges?
¿Y qué han dicho otros? García Márquez hizo una de las suyas, comenzó con estas palabras, "Antonio Pigafetta, un navegante florentino que acompañó a Magallanes, a su paso por nuestra América meridional, contó que había visto cerdos con el ombligo en el lomo". Es decir, el realismo mágico. Octavio Paz, en cambio, "Las lenguas son realidades más vastas que las entidades políticas e históricas que llamamos naciones". Paz, "la búsqueda del presente". La primera frase, como al inicio de cada gran novela, da el tono del discurso. "En un lugar de La Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme...".
Para un escritor, llegado al punto que ha llegado MVLL, el gran diálogo es con los clásicos. Con los del canon literario, como lo entiende el profesor Harold Bloom, es decir, "los libros preceptivos", en lengua inglesa Shakespeare, o Dickens; en lengua francesa, Montaigne y Molière; y en la nuestra, sin vuelta, Cervantes. ¿Será el tema en Estocolmo? Pero de nuevo el enigma de las interpretaciones. ¿Abordará Mario por qué don Alonso Quijano se realiza solamente si huye de la aldea y toma la célebre adarga y monta sobre Rocinante? ¿Y cuál de los dos es el más significativo, el Quijote o el propio Cervantes, que murió pobre, fugitivo de sus propias miserias? Kafka decía que el que se volvió loco con los libros de caballería era Sancho. Ya veremos qué elige, el ganador del Nobel.
Fuente: La República, Lima.